¿Cómo son las epifanías de los de la generación yo-yo? Suceden cuando somos conscientes del titubeo de nuestros productores, cuando aparece el boom en nuestro YouTube, cuando los guionistas mal pagados vuelven a escribir después de discutir un rato. Cuando se abre la carpeta de spam emocional. También sucede cuando los escritores deciden insertar un flashback de temporadas anteriores para rellenar el espacio.
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Episodio arranque de la nueva temporada. Despierto a las 6:30 de la mañana. Yo vuelvo al ambiente oficina. Tráfico, cafecito, rosca de Reyes, pastel de cumpleaños. Los KFGC planeamos el lanzamiento de nuestro volumen: Todos son pendejos menos el que vomita, también nos preparamos para un show venidero en la Casa del Poeta. Pensamos en López Velarde, en si le caemos bien o nos detesta. Veremos si se hace presente esa tarde.
Los roomates tenemos un conflicto. Debido al atraco de la temporada anterior, debatimos si es bueno o no mudarnos de casa. Yo argumento hueva legítima. Decidimos pensarlo. Mientras la vida de oficina continúa, comienzo a saborear la noche, tanto en clave de calma como en desenfreno. Es interesante la ecuación, a menor tiempo mayor actividad. Voy a donde me inviten o si no, me quedo en casa a sacar textos pendientes. A cambio de fantasías e ilusiones, comienzo a experimentar placer por el transcurrir del día a día. Mi adicción a Twitter, cosa que aún no acepto, crece al grado de convertirme en un divulgador de sus buenas nuevas en cada reunión, festival o peda.
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Hago una aparición especial en la serie de Estrella. Es en el episodio final de temporada. Ella se despide del departamento de la colonia Del Valle, de su doceavo piso. La vista es espectacular. Aparezco después de su epifanía, cuando ella mira la puesta en escena y los guionistas se acarician la barbilla. Entra una secuencia editada de sus mejores momentos. Mi intervención es algo cursi para bajarle intensidad al capítulo, le digo que en ese espacio la miré crecer en cada conversación. La abrazo. Destapo la última caguama de la manera en que ella me enseñó a hacerlo (con el encendedor) y revisamos los dibujos que dejamos en la pared. Son caras felices con ojos en forma de círculo.
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Como se había adelantado, la ambigüedad de algunos personajes comienza a aclararse. A diferencia de temporadas anteriores, ésta inicia con todos los roles bien definidos. Sé quiénes son mis amigos, tanto los de siempre como los que aparecieron el año pasado, sé también quiénes son amigos colegas y quiénes son parte de la ambientación. Yo estoy soltero y quiero con todas mis amigas, pero son nada más y nada menos que mis amigas. No hay enamoramiento a la vista. ¿O sí?
Cada mañana despierto con la noticia de que soy redactor. Me gusta mi trabajo. Vivo de escribir. Sí, hay que entrevistar a popperos y empresarios. Sí, hay que redactar sobre coches y la insoportable superficialidad del internauta y el telespectador. Pero me agrada hacerlo. Disfruto las entrevistas. Hay una parte de mí que se refleja en todas. Son como una libreta de dibujos. Ahí están mi ansiedad, mis inseguridades y mis deseos.
(Me entrevisto con Agustín Fernández Mallo y me transformo en un groupie de los peores. Después de revelar mi obsoleto apego a Hegel, confieso que me importa dejarlo porque quiero inscribirme al posmodernismo tardío. Me firma mis libros y le entrego una copia preliminar de Todos son pendejos menos el que vomita.)
Los roomates festejamos el cumpleaños 81 de Martin Luther King con mezcal, vino y cerveza. Después de comer el gusano del fondo de una botella, tengo mi primera experiencia con viajes en el tiempo. Al otro día, sin comunicárnoslo verbalmente, decidimos continuar en el mismo departamento. Los productores han optado por ahorrarse el presupuesto de la nueva escenografía. Sólo espero que lo utilicen en contratar mejores guionistas.
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En el epílogo hay dos viñetas:
Una breve conversación de Messenger. El Joce me confirma la fecha de su boda. No puedo creer que ese hippie siente cabeza. ¿Podré hacerlo yo algún día? Me pone contento la noticia pero una multitud de preguntas me aparecen luego en el tráfico, en el metro, en la mirada puesta en el techo. ¿Yo esto?, ¿yo aquello?, ¿yo lo de más allá? El Joce dice: Luego vendrán los hijos, y serás el tío loco.
Suena el teléfono mientras escribo. Es mi mamá. Hablamos de Haití. Luego me pasa a Sofía, mi sobrina. Hola, me dice, te quiero mucho tío, ¿porque no has venido? Es una niña de cinco años, todavía cree en Santa Claus (y espero que no esté leyendo esto). Desvío la conversación para evitar que me siga conmoviendo. Oye Sofy, ¿y cómo te va con Yorch? (el niño que le gusta). Ay, ya no lo miro tanto… es que le va al América… jum, no es cierto, tío, le va a las pumas. (Sabe que es lo único que me preocupa) Me alivia.
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Homérica remix número 2: Ah, ¿sí? ¿Qué vas a hacer? ¿Soltar las diatribas? ¿O las abejas? ¿O diatribas con abejas en la boca que cuando ladren salgan las abejas disparadas?





