(…)

18, 09 f

Despierto. Miro el celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje de texto, son las nueve de la mañana. Un nuevo ronquido sale de mi pecho y me cubre como sabana.

…»

Abro los ojos. Son las once. Cruzo mis manos por detrás de mi cabeza. Doy media vuelta sobre el colchón y volteo la mirada hacia la bruma de mis sueños. Miro unas escaleras. Hace calor. Sube, me dicen, aquí hay aire. Camino. Me pierdo en mis brazos.
…»

Abro los ojos de nuevo. Me levanto asustado, con taquicardia. Ya es la una de la tarde. No sé a qué le tengo miedo. Siento el sudor en la cara y vuelvo a echarme sin remedio. Abro un libro que ya he terminado. La cabeza me duele, las palabras ya no entran. Puedo aceptar que todos mis días son “libres”, o que su contenido está siempre en mis manos. Y este domingo no es la excepción, así es que enciendo la tele. Por caprichos de la vida, estoy en Cancún, en lo que muchos consideran el paraíso. La idea de pasar este domingo, entonces, encerrado en la lectura o en la televisión, francamente parece una pendejada. Cierro los ojos, doy otra vuelta sobre el colchón y digo: arghhh. Pienso en mi vida en el DF de los últimos meses. Domingos sin ir a los museos, sin ir al centro a tomar un café, domingos sin visitar a nadie, domingos sin salir de casa, domingos que oscurecen de prisa. Domingos como este.

…»

En la televisión transmiten un partido de futbol, España-Nueva Zelanda, un partido de la copa confederaciones. Recuerdo que en la última versión de ese torneo, hace exactamente cuatro años, yo estaba en Buenos Aires; específicamente, en algún boliche, tomando una cerveza Quilmes mientras México le ganaba a Brasil con gol de Borgetti. Qué rápido se traga el tiempo cuatro años. En un día como este, México le ganaba a Brasil y yo deambulaba en una ciudad desconocida, entraba a sus bares, a sus museos, tomaba café y caminaba sin la necesidad de visitar a nadie. Tanto recuerdo me ha dado hambre.

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Mientras como y antes de volver a casa, me gana la curiosidad por mis recuerdos. Entro a un café Internet. Me busco en Google. Abro mi blog. Busco los archivos del 2005. Abro junio. Me leo sin pudor y noto cómo disfrutaba de las palabras. No es que me recuerde en esa dicha, en ese momento, sino que es algo que reconozco a la distancia; como si ese yo, ese yo de hace cuatro años, ese yo de los días en Argentina, fuera otro.

…»

He leído junio del 2005 y luego julio.  Luego agosto y septiembre. Y octubre, noviembre y diciembre. Sin importarme la calidad o el contenido, he leído a alguien que realmente goza del posteo. No puedo controlar mi sonrisa. Siento un hallazgo feliz.  Como cuando entras a una fiesta de desconocidos y, después de deambular con una cerveza tibia en la mano, te encuentras a un amigo que no veías en mucho tiempo.

…»

Leo que un día como este, hace cuatro años, me decidía a viajar a Neuquén. Viaje que se convertiría en caminar por las pampas, que más tarde sería caminar por las faldas nevadas de los Andes. Recuerdo todas las ciudades por las que he caminado solo, y me siento patético en un café Internet. Y más con la terminal de autobuses enfrente. Todo lo que he caminado ha sido solo, no tendría por qué esperar a que alguien me acompañe a la playa. Cruzo la calle. No traigo nada conmigo, salvo los 200 pesos que saqué de mi mochila antes de salir del cuarto; los 200 pesos menos la torta de cochinita; menos la media hora de Internet. Entro en la terminal y veo que me alcanza para la próxima corrida.

…»

He llegado a Playa del Carmen hace un rato. Me entero que España le ha ganado a Nueva Zelanda y camino hacia el mar.

…»

La costa blanca luce pequeña frente a la turquesa inmensidad del Caribe. He encontrado un espacio entre tanta gente emborrachándose a placer. Me recuesto. Me quito las chanclas y escarbo en la arena con los pies. Fresco. Cerca de mí está un grupo formado por tres chicas y dos chicos. Parecen tener el momento de sus vidas. Por el bronceado, puedo imaginar que llevan ya una semana por aquí. Una de ellas destapa una cerveza, se le derrama sobre las piernas y todos se carcajean. Miro hacia el mar y pienso en todas las cervezas que he visto derramarse. Pienso en todas esas piernas. Una pareja cuarentona me esquiva y se detiene a mi lado. Deciden entrar al mar. Tengo cruda moral por echar la hueva toda esta semana en mi cuarto, con este paraíso a cuarenta pesos de distancia. Los cuarentones se alejan al son de las olas. Me digo que ese podría ser yo en unos quince años. Con ese indicio de canas, en esta playa y con alguien que me abrace dentro del mar. Me recuesto y descanso. Cierro los ojos. El sol hace que mire anaranjado dentro de mí. Siento mi cuerpo ligero. Una ola llega hasta mi espalda. Floto. Luego la arena. Tengo cruda moral por haber pasado este año encerrado; encerrado en mí, temiéndole a la desesperanza; encerrado, temiéndole a la falta de asombro; temiéndole a quién sabe qué chingados con todo el tiempo en mis manos; en realidad, ni más ni menos que en mis manos, todo este año. Abro los ojos. Me entran ganas de regresar al pasado; pero mejor, en retribución y en vista de que es imposible, decido meterme al mar sin pretextos. Me saco el pantalón, la playera y los lentes. Camino hacia el mar en calzones. Entro. Está frío. El grupo de bronceados bebe cerveza mientras me mira sonreír.

…»

Es mi imaginación o alguien grita mi nombre desde una palapa lejana.


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12, 09 f

Este es un post reciclado que iba a subir en abril, antes de la influenza. Les iba a contar que un día como ese, dos años antes, había despertado por una llamada telefónica, llevaba dos meses sin trabajo y un año sin novia:

Acaba de morir Vonnegut, dijo la voz del teléfono, murió Vonnegut no mames. No mames, dije yo, no mames y colgamos. Aquella noticia me tenía sin cuidado, en realidad no sabía de quien hablaba. El día que murió Bonegud, quien quiera que haya sido, yo dormía en la paz del desempleado.

En esa época despertaba sin agenda, sin saber qué hacer con el resto del día. No tenía internet ni cablevisión, y me mantenían unos exiguos ahorros en el banco. Esa mañana, antes de que fuera cotidiano y después de colgar el teléfono, decidí caminar para pensar en mis superficialidades, cerré la puerta y caminé hasta llegar al fondo, de cultura, económica.

Había algo de ritmo en la gente que habitaba una librería a las once de la mañana. Unos tomaban café, otros leían de pie y cambiaban cada tres segundos de página, otros miraban lomos mientras contestaban el teléfono para enterarse de la muerte de Bonegud. Pensaba que quizá acababan de renunciar a su empleo y no podían gastarse sus ahorros, o quizá tenían años sin pareja. Ese ritmo de mecedora llevaba una cadencia extraña, parecida a la de mis días sin agenda, un patrón de tiempos que modificó paulatinamente el tono de mi voz interior.

Entré directamente a buscar a Bonegud. El autor no existe. Vo-nne-gut, el autor existe pero ya está agotado, dijo el empleado y luego me ofreció a Asimov. Le dije que no iba por recomendaciones, que iba por el morbo de conocer a un autor apenas muerto, apenas frío, un autor apenas desalmado; ver su fotografía, hojear el libro y observar el desglose de ideas en un cerebro, en un mundo que iba desapareciendo. Boooo-neeee-guuuud. Bonegud o Bo-nne-gud, quien te pida hoy a Bonegud, pide eso.

Como sea, los cincuenta pesos que había destinado para ese día, en realidad sólo alcanzaban para ojear libros. Luego tomé un café y cuando me dio calor, me quité el suéter.

Apunte 2. Idea para película en formato de TV

Doce huérfanos, compiten por el amor de una familia célebre. Padre y madre deben convivir en todos los escenarios, y deben designar los parámetros y las pruebas. Así, si para el padre la deslealtad vale 15 puntos, quizás para la madre, lavar bien los platos valga 40.

Hacia el final, la película sufre su clásica vuelta de tuerca; cuando el huérfano ganador se convierte en hijo, los padres se divorcian y deben luchar juntos por anular el contrato con la televisora.


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25, 09 f

1

Por esta ocasión, se cierra el capítulo de la nueva influenza. El chiste se gasta. La preocupación se va asimilando, el miedo pierde sentido y la especulación, brío. Nos volteamos a mirar en la calle, las bocas están en nuestra cara. La reacción, haya sido intensa, fría, indiferente o agresiva, la recordaremos en la próxima epidemia.

2

En el Oxxo. Yo sin tapabocas, buscó Nescafé mientras me aprieto la nariz. Señora con tapabocas al cuello, en voz baja, a su hijo: ojalá le dé influenza. Sin intensión de ofender a nadie, soy un provocador, soy un maldito. Ahora conozco lo que se siente ser una costa sin mar. No río con sorna, pero veo que la vibra negativa puede saborearse con una cínica sonrisa.

3

Ya sin influenza en las calles, amanezco tarde todavía. Yo y mis vacaciones permanentes. No quiero salir a la calle. No quiero ver a nadie. No tengo nada qué hacer en casa. Mi ahorro se acaba en quince días. Me entran ganas de levantarme pero cierro los ojos. El ruido de afuera vuelve a la normalidad. La gente camina con prisa, habla, se abraza; los coches se pitan. Como siempre, lo veo después de vivirlo: Encerrado en casa, los días de influenza pudieron ser productivos; las compras de pánico pudieron ser divertidas, una mujer de pánico, inspiradora.

4

Lapsus en entrevista televisiva:
Presidente: La gente puede estar en casa, por ejemplo, haciendo sus propios sus pasamontañas caseros, digo, tapabocas caseros.

5

Urgidos de rutina, caminan todos de vuelta al trabajo. ¿A dónde caminaba yo?, ¿de qué me interrumpió la influenza? Mientras busco ocuparme en algo, aprovecho el fin de temporada para salir a caminar por la ciudad, para volver al trabajo. Aprovecho la distracción para volver a mordisquear sonrisas y escribir sin sentido.

6

Siento cómo vuelves a esconderte, desapareces de la TV, nuestra saliva y nuestras mentes. Me encanta estornudar al despertarme, poco a poco vuelvo a hacerlo sin pensarte.


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4, 09 f

1

Acabo de escribir un post. Decía que quizás cambiaría el espíritu en cada transcripción. Y lo decía porque justo, mientras redactaba, miles de ideas cruzaban por mi cabeza:

2

Teorías conspiratorias, teorías cortas como cortinas de humo, teorías exageradas sobre el verdadero origen del virus, argumentos simplones, frescos, oscuros, chistes pendejos y chistes absurdamente negros.

3

Me han acostumbrado a ser escéptico, pero también a tratar a la salud por encima de todo. Hay que cuestionar cada evento, hasta cierto punto, si no seguiríamos en las cavernas. Un diagnóstico, lo mismo, sólo es una verdad hasta cierto punto, si no seguiríamos en las cavernas. Es una encrucijada interesante, si tomamos en cuenta que no puedo entregarle mi fe a los medios masivos de comunicación, me siento extraviado. En un sólo día, con un sólo paso, viajo de la crisis sanitaria al cinismo político. Digo que no descarto la idea de que la Historia sea la historia de las cortinas de humo, mientras lavo las llaves de mi lavabo. Y digo que eso lo sabe cada político, mientras bebo como si mi hígado fuera inmortal.

4

Estoy confundido. Mi semana será como todas. Sólo un poco más de TV. Más periódicos internacionales y menos cantina.

5

Con tanto ruido cerca, es difícil distinguir los susurros.

6

Reflexión ante las cifras: Aunque la influenza (porcina) es un virus nuevo, debemos cuidarnos de la influenza estacional, lleva más muertos. Otra: En este país, en esta ciudad, nos morimos de virus que ya han sido descubiertos. Un virus nuevo significa un nuevo habitante, alguien más de quien cuidarse.

7

En TV.

Señor: ¿Y ahora, qué hago en casa toda la semana?, díganme.

Conductora: Puede disfrutar de nuestro canal las 24 horas.

Doctor, sonriendo: Es un buen pretexto para reflexionar, para preguntarnos en dónde estamos, hacia dónde vamos. Para convivir como seres humanos.

9

Ahora todos viven encerrados, trabajan desde casa. Sociabilizan por internet. Mandan sus archivos por e-mail. Se enteran de los eventos por el Facebook. Se coquetetan en Twitter. Se mandan besos por Messenger. Salen de casa únicamente para buscar comida. Me sorprende que mucha gente se desespere y que lo exprese. Empiezo a preguntarme sobre mi estilo de vida.

10

Visita. ¿Tienes gripa? No. Mano entonces. ¿Tú, tienes fiebre? No. Beso entonces. Sólo, por precaución, no deberíamos lamernos.

11

Viene un fotógrafo por libros. Él me extiende la mano. No quiero responder al gesto. Sonríe. Entrego los libros. Cierro la puerta. Mientras subo a casa, pienso: visiblemte no estaba enfermo. Discrimino a quienes vienen de la calle.

12

Los doctores sonríen. Están hartos de repetir lo mismo, están cansados de decir que nos lavemos las manos, cansados de repetir que una diarrea no es influenza. En TV, otra vez:

13

Señora: Oiga, ¿es cierto que no sirven los cubrebocas?

Doctor 1: Claro que sirven, siempre y cuando sean de los que sirven.

Señora: ¿Cuáles no sirven?

Doctor 1: Mire, todos sirven. Todos sirven como un símbolo de cortesía. Pero, obviamente, si yo veo que la persona a mi lado está congestionada y tiembla de fiebre, me cambio de lugar. Repito, así debería ser siempre.

Doctor 2: Es más, yo iría más lejos. Si yo, trabajador, estoy enfermo de fiebre, no debería salir de casa. Así todo sería menos complicado. Se nos olvida que la influenza es un peligro todos los años.

14

Entramos en un restaurante de comimda rápida. Los empleados traen cubrebocas. Una mujer limpia el pasamanos de la escalera eléctrica. Volvemos y nos lavamos las manos. Díganme paranoico pero: ¿no debería de ser así siempre? Yo no sé qué pedo con la influenza porcina, lo que si sé es que, al menos esta semana, a huevo sobrevivo a la influenza estacional, la gastritis, la amibeasis, la salmonelosis, la neumonía, la varicela, la depresión y las mujeres.

15

Por fin platico con Diana por Skype hasta Barcelona. Conclusión: somos unos azotados, nos gusta morirnos de gripa. Y la ciencia ficción es un gran género literario.

16

Y sí. Pasaron leyes rarísimas, la gente dejó de comprar puerco, la venta de antivirales y cubrebocas se disparó, de nuevo le debemos un chingo de varo al FMI sin saberlo, Tigres o Necaxa bajará a la segunda división, el Real Madrid y el América se hunden, no fui a la playa en puente a gastar mi dinero y la ciudad está llena de policías y militares que no sabemos si desaparezcan algún día.

Pero, si algo nos enseñó Poe, es que no hay que buscarle mucho para encontrar la carta robada: está siempre ante nuestros ojos.

Fin de la segunda transcripción.


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27, 09 f

1

Finalmente me decido a postear sobre la influenza porcina, que en realidad es sobre nuestros días. No quería hacerlo sin la certeza del virus, pero algo me dice que ésta no es época de certezas. Es muy probable que cambie el espíritu en cada transcripción, en realidad nadie sabe nada.

2

La situación es jocosa, es el tema de las fiestas y las comidas. Estamos nerviosos.

3

Viernes en casa: Comienzo a sentirme parte de algo. La cerveza sabe mejor cuando es aderezada de paranoia colectiva. Somos los personajes. Nuestra intuición nos tiene relajados, sabemos que al final, antes de los créditos, todo volverá a la calma. Seremos distintos. Pero iguales. Todo está en la estructura dramática. Este día llegaría, les digo. La crisis económica, el agua, la violencia. Era ya tiempo de la nueva peripecia.

4

¿Existe?, ¿no es una cortina de humo? Y si existe, ¿por qué?, ¿quién?, ¿se dio de forma natural o en laboratorio? Y si no existe, ¿cuál es la razón para asustarnos? ¿Cuál es la teoría conspiratoria que embona todo?

5

Desde el sábado he estornudado unas cuarenta veces. Me ha dolido la cabeza, incluso me han dolido las articulaciones, pero les puedo asegurar, sin ir al médico, que no soy parte de la epidemia. No tengo la certeza de que esas cifras que sacan en televisión sean en realidad muertes, al menos muertes por la influenza. Sabemos, y muy bien, que la gente muere todo el tiempo en esta ciudad. Algo me impide confiar en los medios, ni en los locales ni en los globales. Es la versión posmoderna de Juanito y el Lobo. Pero no logro leer entre líneas. Y lo peor: no sé si ocultan o exageran.

6

Sea como sea, algo sucede en esta ciudad. Me asomo a la ventana y es un rompecabezas. Las calles se ven vacías. Soldados brotan en las banquetas. Señoras emocionadas con las compras de pánico. Tapabocas en extinción. Crecimiento exponencial del precio de tapabocas en las esquinas. Ambulancias. Cines con la cortina hasta abajo. Restaurantes con sólo meseros cruzando los brazos. Gente en casa, después de cada flash informativo, viendo películas sobre guerras biológicas, sobre invasiones extraterrestres o sobre amores adolescentes. Ansiedad por contar buenos chistes en la red. Gobiernos pidiendo prestado, una vez más, al banco mundial. Medios en un doble discurso: pidiendo calma con el oscuro deseo de que esto sea real. De que por fin seamos los protagonistas del mundo.

7

Sea como sea, algo sucede en la red. Los mensajes del messenger traen el mismo tufo que en las comidas. Facebook es un soporte casi espiritual, Twitter un desahogo. Reímos. Dentro de nuestras casas, no estamos solos, estamos en el mismo delirio.

8

Pedíamos que algo sucediera, yo escuché los gritos.

9

James Cole no pudo, ¿lo recuerdan?

10

Tengo escasas referencias para atar los cabos. Dos amigos me lo advirtieron: el cine de zombies, las novelas de CF no eran pérdida de tiempo, eran educación sentimental para los nuevos tiempos. Mi sentido del humor también está mutilado.

11

Preguntas que me hice dentro de un vagón del metro:

¿También yo tengo ese oscuro deseo? ¿Soy yo o somos todos? ¿Qué pasaría si mañana nos dicen que ya todo está controlado? ¿Me sentiré aliviado o decepcionado?

12

No vuelvo a entrar en el metro. No pienso pertencer a una aglomeración. No tengo a quien besar. Como pase todo, lo que sea, yo seguiré en casa leyendo, trabajando desde casa, escribiendo desde casa, escuchando música desde casa, comunicándome desde casa. Como todos los días pues.

Fin de la primera transcripción.


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17, 09 f

Tengo 12 años. Es el cumpleaños de una tía. Termino de comer y entro a mi recámara. No tengo un solo póster pegado. Mi mundo es blanco, como las paredes que me rodean. Juego en mi boca con unas pastillas de menta. Prendo la televisión. En MTV siguen con el unplugged de una banda que juzgo vieja, a pesar de que mi camisa es idéntica a la que oculta el vocalista debajo de un suéter verde. Something in the way, mmmmmmjmm/ Something in the way, yeah, mmmmmmmjmmm.

Voy a casa de E para hacer la tarea. Su hermano mayor está sentado en las escaleras. En su playera, un bebé nada hacia un billete de dólar. Me ve y tira su cigarro. Levanta una guitarra acústica y comienza a tocarla.
Subo y E me ve distinto, me ve como si tuviera una pepsicard que yo nunca he visto. No quiere hacer la tarea, me dice. Al parecer no le encuentra sentido.

Cuando bajamos, su hermano sigue con sus canciones. E se sienta. Ellos son ellos. Yo soy yo, y debería seguir en la comida de mi tía. E quiere estar con su hermano que canta con desánimo. Something in the way, mmmmmmmmmjmmmm/ Something in the way, yeah, mmmmmmmmmjmmmm. Es la misma canción que escuché en mi casa y, sorprendido, lo digo: es la misma canción que escuché hace rato en mi casa. ¿Cómo puede ser eso? No me ven. Ellos son ellos.

Una semana después mi hermano compra los casettes de Nevermind y Nirvana MTV Unplugged de un jalón y sin chistar. Con nuestra mesada. Lo agradezco en silencio. Nosotros también somos nosotros. Las paredes, por fin, encuentran sus imágenes.

Con el tiempo, ninguno de los dos toca la guitarra. Pero, también con el tiempo, uso los mismos tenis que el hermano de E, y  estoy siempre al tanto de una nueva muerte, una muerte que sí me pertenezca.

***

Apunte 1: Idea para show de TV

12 actores mediocres, entre los 20 y los 60 años, con al menos un intento de suicidio comprobable, luchan cada semana por un estelar en el cine mexicano. Dichas contiendas se llevan a cabo en calles mal iluminadas del centro histórico. Sin reglas, sin límite de alcohol. El ganador interpreta la vida de, digamos, Emilio Charles Junior.

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El rey del biutiful.


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9, 09 f

Pensé que hoy bajaría a deshacerme de los puntos suspensivos, a comprarme algo en el mercado, a caminar hacia algún sitio.

Y sí bajé pero la calle estaba vacía. Un mediodía seco y caluroso, de autos estacionados en una ciudad sin agua. Prefiero estar en mi recámara. Eso es hoy.

Decidí desempacar la ropa, colgarla. Decidí desempacar los libros mientras tomo café soluble, mientras me hiero poco a poco el estómago. Antes decidí desperidiciar el tiempo acostado en la cama, mirando el techo, escribiendo mentalmente el pasado y el futuro. Encender la televisión como sonido de fondo.

Justo ayer iba a decir lo siguiente: el andar de los días es tan carveriano. Y en seguida leo, en Todo Nada, de Lozano: “Luego de leer a Carver los momentos cotidianos le pertenecen a Raymond Carver, no a la vida”. Ya no diré eso del andar de los días. Digo esto mientras me levanto a desempacar.  Cuelgo mi sudadera favorita. Tiene una quemadura.  Por cierto, una vez me quemaron con un cigarro, recuerdo muy bien quien. Terrible: mientras más leo, más ganas de escribir tengo.

Uno de los personajes de Todo Nada odia que su interlocutor hable de Borges. ¿Por qué? Porque no lo ha leído. Todo lo que no ha hecho le recuerda la ausencia, la presencia de la muerte. Yo no he hecho muchas cosas, pero creo que las haré de un momento a otro. Soy yo. No he desempacado los libros, por ejemplo. No he ido a la India. Mis ejemplares de Borges siguen en la oscuridad, encerrados en un caja improvisada. Un día amaneceré en Calcuta. Digo esto mientras le doy un trago a mi café soluble, un trago bien amargo que siento ahora, caliente, en el estómago. Una pequeña dosis de fin. Eso es hoy.


____:

7, 09 f

De pronto me vuelven las ganas de postear. O, lo mismo: de pronto pierde importancia quien me lea. Y no es que desprecie al incauto que pierde el tiempo conmigo, sino que no pretendo dar a entender nada. No hay mensajes ocultos, esta vez no hay referencias secretas. Los postes comunican, ya lo sabemos, a través de cables. Pero el verdadero discurso está en el camino que trenzan.

De pronto quiero decir: Nada. No pasa nada. Perec: no pasa nada, cabrón. Beckett: no pasa nada. Amigos: nada pasa, ¿se dan cuenta? ¿Eso quiere decir que todo está por ocurrir?, o que la nada es para gozarse. Saludar a la nada, nadar en la nada. Y todo ocurre, mientras tanto. Y cuando esté a punto de cumplir cien años, me vas a preguntar cómo estuvo la nada. Te diré, parafraseando a Carrington: Creo que bien, ya ni me acuerdo, fue hace mucho tiempo.

Y, como saben, me asomo a la ventana. En comparación con mi vida, el ritmo es vertiginoso: Un policía lee el periódico sentado en una silla. Una nube tapa la luz del sol. Un trailer atraviesa el eje 3. El policía dobla el periódico. Ve la calle, se moja el bigote con la lengua. Vuelve al periódico. La nube se va.


…»

3, 09 f

Confieso mi fascinación por la convergencia de universos paralelos. Cuando un superhéroe de Marvel aparece en D.C., por ejemplo, o cuando el personaje de un cuento viejo aparece en una novela contemporánea. Ese choque de lógicas me emociona.

Hoy en la noche abrí los ojos. Salgo de una enfermedad de labios resecos y cuerpo cortado. Me eché un regaderazo. Me preparé un té que tomo sentado en la cama, con la ventana abierta, absorto en el nuevo paisaje, un paisaje de luces artificiales. Las ventanas. No sé qué quiero decir de las ventanas pero me traen una idea que no puedo desarrollar. Bebo té. La multitud de ventanas encendidas me eriza la piel. Me rasco la mejilla. Sonrío. ¿Por qué? Los audífonos, el iTunes parece de acuerdo conmigo. Vemos las ventanas. No sabemos qué decir, pero es correcto. Bebo el último trago de té. Pasa un coche, entra un poco de frío. Escucho el viento.

¿En qué consiste esa fascinación por el choque de universos paralelos? ¿En lo inesperado?, ¿en lo imposible?, ¿en lo no lineal? ¿De qué me asombro? Es quizás un aburrimiento por la vieja linealidad. ¿Puedo desplazarme a otro universo paralelo? ¿Puedo morir y aparecer en una nueva saga de mi existencia? ¿Cuántas veces he muerto?, ¿estaré viviendo mi existencia más feliz?, ¿la más larga? ¿O la más corta? O quizás me fascina la pérdida de lógica, el desperdicio de trama en universos sin sentido. La trama como un apego.

La oscuridad del universo es encandilada por la luz de las ventanas. Una perspectiva corta, claro está. Desde dónde estoy sentado, desde mi cuerpo reactivado, desde mi cambio de casa, desde de mi existencia, esta es mi perspectiva. La luz de las ventanas. No puede ser de otra manera. ¿O sí? No sé exactamente qué pienso. El iTunes se pone sentimental, ya no quiere ayudarme más. El viento enfría. Se me antoja un nuevo té.

Me veo sentado en la cama, por ejemplo, apegado a una trama sin sentido, iluminado por la luz de las ventanas, pensando en preparme un té. Me veo y me entran ganas de romper la lógica, presentarme como una existencia paralela, chocar. Pero estoy seguro de que me dará miedo. Si me presento a mí mismo, instaurando la convergencia de universos paralelos, es posible que me prescriba esquizofrénico. No es el momento de hacerlo, no es el momento de perder esa lógica. Quizás no debo saber cuántos somos en realidad. Me veo haciendo un nuevo té.

Vuelvo con el té a sentarme en la cama. Presiento que alguien escucha mi mente, que hay alguien conmigo mientras miro por la ventana. Siento que hay algo, una idea, pero no logro descifrarla. Pasa un coche. Quizás prefiero seguir sin desarrollar esa idea, quizás es mi decisión que nada pase, que solo mire, que escuche al iTunes y salga de una enfermedad, con la piel erizada sin ninguna razón más que los tés y la espera de algo inesperado, algo imposible. En espera del asombro.


…»

30, 09 f

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Digan adiós.