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25, 07 f

Gombrowicz llega, por fin, en 1963, a la ciudad de sus pesadillas y sus más arrebatados sueños: París. No le sorprende la energía con que lo reciben y lo alaban, pero lo alivian. Odia a París y lo expresa: lo critica, lo despedaza, se burla del ensueño patético que envuelve a esa ciudad; sólo él sabe, y los que leemos su diario, que es la única forma, detestarla, según él, de que esa ciudad y sus habitantes lo sigan admirando. Es feliz: por fin lo ha conseguido y su pecho enfermo crece. Lo leo, pues, en su contradicción parisina y lo recuerdo a principios de la década de los 40, pobre, sin reconocimiento, refundido en Balavanera o en Once, en Buenos Aires, con su español polaco, sin verbos bien conjugados en su sentido del humor lacerante. Lo leo feliz en París, dando entrevistas, charlando con la gente que él admira, detestando y amando a Genet, y lo recuerdo 10 ó 15 años antes en su frustración de oficina, en su condición de empleado de banco, con la esperanza recóndita de que algún día su antipolinismo y sus ideas de inmadurez salgan al mundo, con la esperanza de que algún día su nariz esté pegada a la de otros en la vanguardia. Gombrowicz es altanero, ególatra, satírico y agresivo, seguro de su talento y su éxito. Sin embargo, en su diario, hay episosdios en donde se le contempla desde adentro, desde sus deseos y su miedos.

Un día cualquiera, en Buenos Aires, asisten, rodeados de especulación y de prensa, un grupo de escritores de moda en Europa, escritores que Gombrowicz conoce muy bien: les ha leído y les detesta. Este grupo da conferencias organizadas por el pen club porteño, y, obvio, a verlos acude la crema y nata de la vida literaria argentina; Gombrowicz, aunque arde en deseos de ir, se contiene y escribe en su diario que en realidad él tendría que estar ahí, en la mesa, respondiendo preguntas y fanfarroneando, él, él es el verdadero escritor de época sólo que desde Buenos Aires, y, supone él, no lo han invitado porque vive a dos cuadras y entonces el club no puede traerlo en barco desde su casa. La ciudad está agitada por la presencia de ese grupo de vanguardia, –del cual, por cierto, este neófito blogger, no conoce ni una línea– y Gombrowicz trata de mantenerse al margen, sin embargo, una tarde camina a solas cerca del hotel que los contiene, se detiene y mira la puerta, se decide a entrar con su aspecto de empleado de banco y su acento polaco, pero seguro de lo que es. Dentro, en el vestíbulo, los escritores dan entrevistas, ríen, conversan entre sí, fuman, mueven las manos sentados en sus sillones de cuero y envueltos en su humo intelectual y seductor. Detrás de la muchedumbre y el humo, Gombrowicz contempla su desgracia: lo lejano que está del mundo literario, de Europa y, cree él, del éxito. El bullicio nos impide escuchar sus ganas de llorar, nos impide asimilar el brote de saliva que pasa por su garganta mientras asume su condición de escritor provinciano; del otro lado de la cerca, ve cómo las vacas sagradas devoran su pasto y lo miran como extraño. Gombrowicz desea ser presentado, le duele aceptarse, según él, inferior, desea estrechar la mano de alguno de ellos, de algún escritor de moda parisina, de algún iluminado, desea ser parte del humo y le duele aceptarlo. Palmotea ese humo con sus manos, ve a los ojos a uno de ellos, que no lo reconoce y permanece parado, con el cigarro casi consumido en su mano. Dejemoslo ahí, estático, esa imagen me gusta.

Después de 24 años en Argentina, Gombrowicz por fin regresa a Europa, a París. En el barco lo sofoca su ansiedad, las ganas de ser vanagloriado, sus deseos de ser aceptado por la élite, sus deseos escondidos en diatribas hacia la vida parisina, sus habitantes y sus ingenuos artistas. Deja atrás la impotencia porteña y se prepara para la farándula. Gombrowicz, lo sabemos, es un ser humano.

100 páginas después leo a Gomrbowicz realizado, lo escucho mientras respira la noche desde una ventana parisina y siente en su pecho el desahogo de sus miedos. Mientras, extraña a Argentina, ese país ingrato, piensa, y su antiguo anonimato le corroe de nostalgia e imagina que es uno más de los mil millones de habitantes del mundo en 1964. ¡Gombrowicz está muerto! Murió en 1969. Lo leo vivo, más vivo que nunca y lo imagino en su tumba. Lo leo y me visita en el pensamiento, me habla, me narra su vida y su melancolía. Sólo es un costal de huesos húmedos y lleno de lombrices. Lo leo y lo veo en esa ventana enamorado de su recorrido, orgulloso de su estilo para brincar sobre los charcos, satisfecho de la fomra en que analiza cada percha o cada gancho, enamorado. ¡Huesos! Enamorado de su repudio hacia París, angustiado por la muchedumbre en el exilio creativo. ¡Gombrowicz está muerto! Cierro su diario, lo aviento y lo contemplo de lejos, como quien ha desenterrado a un muerto.

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