El domingo, mientras brincaba al son del instituto mexicano del sonido, mi dulce vocación sufrió un tropiezo. El lunes me enteré.
Saberse finalista de un concurso siempre es satisfactorio, pero cuando te avisan que has quedado a la orilla, se siente uno como cuando la selección mexicana falla los penalties. En fin que ya será para la otra.
Sin embargo, hoy me amargó la tarde una envidia chocante que sólo alivié hasta que me desconecté y salí de la casa. Caminé hasta el centro de Coyoacán, miré a la gente, la mayoría todavía de mi edad; compré una nieve, me senté en una banca a pensar con frialdad, me levanté, di una vuelta y decidí volver, volver a escribir.
Al cruzar Río Churubusco, casi me atropella un camión repartidor de Jarritos. El chofer frenó, y al ver mi rostro de idiota, sonrió. Ándele, ándele, pásele pues, me dijo con la mano; su sonrisa me contagió. Crucé y pensé en la felicidad del sujeto. Quizá era su primer día en un camión de tal envergadura y, después de años de conducir una motocicleta o un vocho, o de ser un simple repartidor de a pie, no lo sé, quizá después de tantos años cumplía el sueño de frenar y no destrozar a alguien. Subí a la banqueta, el camión avanzó con una velocidad insospechable, la alegría de ese pecho de chofer ya era mía. Me dio gusto, sobre todo porque la soberbia ésta que me enferma, a cada calle comenzó a diluirse.