Tengo al supertazón como fondo ambiental, mientras leo a Milorad Pavic. Se me cierran los ojos.
Y cuando los abro estoy dentro de la cancha. Las luces me encandilan. El pasto refulge, el aire es denso y huele a sudor, me pesa todo el uniforme en el cuerpo, me duelen las piernas y siento un poco de sangre en los labios. Una jugada está por iniciarse. Soy linebacker y mi objetivo es derribar al quarterback para que no lance la pelota. Entre tanto cuerpo y luces brillantes, lo busco con la mirada.
El quarterback es Milorad Pavic, quien, mientras nos acomodamos para iniciar la jugada, pinta la pelota con mucha dedicación. Yo quiero sangre, mi cuerpo pide un contacto agresivo contra él. Los linieros bufan como toros, seguros de evitar que pase sobre ellos. Pavic, deja su pincel en el suelo con mucha delicadeza, se escupe en las manos, las frota, se agacha.
Pitan, el centro le arroja el balón y yo arranco con toda la potencia de mis piernas con la intención de sembrar a Pavic en el pasto. Sus linieros me lo impiden, no puedo pasarlos, incluso me arrastran hacia atrás y Pavic se aleja, tiene todo el tiempo del mundo para lanzar la pelota a donde le plazca. No me dejan avanzar, le imprimo toda la fuerza a piernas y hombros. Pavic lanza y los linieros aflojan el cuerpo, se abre un hueco, mi propio impulso me avienta hacia adelante y me estampo contra unos asientos del metro.
Volteo a ver a los linieros, la sombra del casco me impide verles el rostro, me dicen adiós con la mano y se cierran las puertas. Estoy dentro de un vagón del metro, un vagón iluminado como hospital de serie gringa. Arranca, pierdo el equilibrio y caigo de nalgas. Me quito el casco y me siento.
Enfrente de mí, está otro yo. Toco su rostro a la distancia, como si mi campo visual fuera una pantalla, y se despliega una subpantalla que muestra todos su datos. Evidentemente soy yo, aunque me sorprenden mis estadísticas, llevo treinta yardas en promedio por cada acarreo después de una recepción. Me sorprendo. Doy clic en una simulación y me muestra otra pantalla en donde, efectivamente, recibo un balón y corro, me persiguen y tardan un buen rato en alcanzarme. Soy un buen jugador. Me siento en un videojuego.
Le doy clic a Play y se cierran todas las pantallas. Mi otro yo comienza a moverse un poco pixeleado para mi gusto. Se quita el casco. Se levanta y dice: A los jugadores de futbol americano se les tacha de pensamientos; unos somos toscos y servimos para bloquear, o abrirle hueco a los pensamientos rápidos, que son los que avanzan, son ligeros y tienen una velocidad impresionante para desmarcarse y poder producir. Estamos los pensamientos defensivos que intentamos derribar al quarterback, y los ofensivos que ayudamos al quarterback a lanzar el balón. Este videojuego no me gusta, pienso yo, tiene conversaciones largas y aburridas, además me sorprende mi voz, y también me sorprende verme vestido así. Al menos este es el juego que jugamos, me dice, así estamos programados en tu consola.
Se abren las puertas, llegamos a otra estación. Intento salir y me detiene como si fuera un liniero contrario. Eh, eh, eh, ¿a dónde?, dice y me avienta al suelo. Se cierran las puertas, me siento y me pongo el casco, seguro de que en la próxima estación logro pasarle por encima a este gordo. Se acerca a mí y me dice: Todos tus sueños forman parte de un río: el sueño de tu vida. Cada que sueñas, avanzas sin remedio un buen trecho de yardas, hasta que llega el momento de desembocar en el mar en donde, irremediablemente, desembocan todos los sueños.
Eso es de Pavic, le reclamo. Ah, ¿sí?, me responde. No lo he leído. De todas formas eso no quita que te empeñas en nadar contra la corriente, como si pudieras subir hasta el manantial. Se abren de nuevo las puertas del vagón. Amago levantarme y el sube el tono de su voz: es como el metro. Callamos, agacho la cabeza, se cierran las puertas y avanzamos.
Él sostiene su casco con sobriedad, lo mira y luego añade: Puedes salirte en la otra estación, sólo escucha: por más transbordes que hagas, llegarás a la base tarde o temprano; deja que las estaciones sucedan. Soy un pensamiento tosco, pero no estoy acá para bloquearte, sino para hacerte un hueco. La próxima estación tiene correspondencia con varias líneas. Tómate esta libertad con seriedad. Concluye. Este videojuego no es tan aburrido.
Se abren las puertas y, en efecto, no me impide salir. De todas formas salgo corriendo. Me recibe una nueva pantalla que me pregunta si decido continuar. Decido. Se desprende y vuelvo a la cancha. Las luces y el verde brillante. Veo mis estadísticas. Tercera oportunidad y gol en la yarda uno. Ahora estoy a la ofensiva, soy corredor de poder y tengo sólo una oporunidad para atrevasar la línea y anotar.
8, 08 f a 6:13 pm
hehe, que buena onda, me topo con este post justo el dia de hoy, en el que me he dado cuenta de que soy “onironauta” o algo asi, eso de el sueño lucido me gusta me gusta