Viene a mi mente una idea que apunté sobre una hoja blanca. ¿Sobre qué? No lo sé, sólo vacío los cajones para encontrarla, levanto el colchón, hojeo cada libro.
Y nada. Buscando esa hoja por todos lados, me percato de que tampoco he visto mi fólder negro. Ese en donde juntos conviven, desde mi acta de nacimiento hasta un examen apócrifo, todos mis documentos, mis reconocimientos, las constancias que comprueban cada uno de mis conocimientos. Barro, levanto cada libro, cada objeto.
Y nada. Buscando ese fólder, tengo todas mis pertenencias mirándome azotadas en el suelo. Mi ropa, los libros, dibujos, hojas de papel con apuntes inconexos, frases sueltas, cartas sin remitente, fotografías arrugadas, envolturas de chicle. Todo yo, menos el gran apunte, mi fólder negro y cuatro postales. ¿Qué tienen que ver Gunther Gerszo, Basquiat, Picasso y Joseph Beuys? Que son mis postales que no encuentro. Pedazos sueltos, atados sólo por su extravío.
Llevo cuatro meses viviendo en el nuevo departamento y no se me había ocurrido corroborar la existencia de mis postales, ni del fólder negro, ni del apunte. ¿Qué día iré a buscarme? Podría ser mañana, pero sé que no hay tiempo.
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Los sábados veía televisión toda la tarde. En la repetidora estatal del canal 5, en vez de comerciales de juguetes, nos acomodaban videos ochenteros. Quizá era 1993. Recuerdo a Michael Jackson bailando en una ciudad falsa, en una noche artificial. Ahí donde él ponía el pie, el suelo se iluminaba. Me asombró y, por esas extrañas conexiones de la mente, me puso a pensar en la fugacidad del presente.
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Perdí más de una cosa en mi última mudanza. Esta semana debo encontrar un hueco para ir a buscarlas a mi antigua casa. Tantas fechas de entrega se me amontonan en la garganta. El trabajo y la persona se deshilachan. Necesito tiempo.
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Es 2004. Estoy en el museo Franz Mayer. Miro fotografías premiadas por la prensa mundial. Tengo compañía, caminamos juntos. Me ve con reticencia, la abrazo. Estamos a punto de mirarlas todas, por fin podremos curarnos la cruda.
Una de las fotografías perdedoras llama su atención, me la señala. Al centro de la composición unos ojos rojos saben que están a punto de extinguirse. Un negro en harapos, arriba de una caminoneta de la policía haitiana, ve hacia la cámara. Le pide auxilio al fotógrafo -digo en voz alta-. No ves -dice mi compañía-, trata de guardarse a la vida en su memoria, pobre, como si se pudiera, seguramente ya está muerto.
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Salimos de un cine. No podemos con los pedazos sueltos de narración. Tendemos a buscarles el hilo conductor como quien busca una postal extraviada. Y nos preguntamos: ¿qué mierda quiso decirme esta película?
Los segmentos aislados nos ponen locos, necesitamos un lazo que los ate. Es todo ese espacio el que nos asusta.
En este siglo, ese hilo pierde importancia. Tendremos que aprender a aterrarnos.
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Mi vecino me mostró un libro con paisajes de Finlandia. Me emocionó ver grandes porciones de tierra cubierta de nieve. Quiero ir, dije. Luego lo cerró. Teníamos once años.
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Son las tres de la mañana. Trato de redactar mis pendientes. Quisiera correr a su edificio y verla a estas horas. No hemos ido a museos. No hemos pasado juntos un sábado entero. Visualizo febrero y las fechas de entrega brotan como hongos. Además debo encontrar un hueco para ir por ese fólder, mis postales extraviadas y ese apunte glorioso que no recuerdo que tenga forma de hilo. Necesito tiempo.
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Es sábado al mediodía y tengo todo el tiempo del mundo. No he dormido. Pienso en Erre. Estoy con Olinka sentado en una jardinera del centro. Le hablo de ella. Mientras me escucha, frente a nosotros, cuatro vatos levantan sus tambores africanos. Los tocan a discreción. A medida que nuestra conversación se acerca a sus conclusiones, los tambores aumentan su intensidad, absorben nuestra atención. Dos mujeres brincan y agitan las melenas, estiran los brazos al ritmo del eco de los tambores. La conclusión se queda en el aire y sólo escucho: tiempo, Andrei, tiempo.
Luego volteo y me concentro en la danza. El sonido convierte al movimiento en pinceladas. Un cuadro se pinta ante mis ojos. Entiendo que el momento es efímero, irrepetible, y como tal lo disfruto aunque me cueste trabajo. Me relajo al punto de sentir lágrimas en la garganta. La danza se intensifica y el tambor crece. Los cuerpos se concentran en sí mismos. El sonido se escucha a sí mismo. El tiempo me contempla. Me siento.
Alguien se atraviesa en mi visión. Un tipo con playera del América y mochila de los Lakers, graba el baile con el celular. Les enfoca como si fuera un arma. Sólo que no quiere matarlos, quiere registrarlos para siempre en su artilugio. Ganas de patearlo, ganas de agarrar el celular y aventarlo a la mierda. Ganas de gritarle: ¡eres un pendejo!
Me ha encantado tanto que hasta pareces sexy Andrei. (jajajaja) No mames me ha gustado mucho, la lentitud, la lentitud como de un líquido que se derrama del vaso sin remedio, pero sin remordimiento. (porque derramar irremediablemente se lleva con culpa, sera el exceso de psicoanalisis catolico)
Un abrazote!
yo me acuerdo de Michael Jordan, del basket ball, de los Chicago Bulls, de la secundaria.
… ¿Para qué Andrei?
para que tratar de perpetuar lo que vale porque es efímero….
¿Para qué? si después el tipo vaciará su memoria en la computadora…