Archivos para Mayo, 2008

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29, 08 f

Antes del choro que les viene encima, un comercial: me publicaron otro cuento en punto en línea de la UNAM. Me dicen qué onda.

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Hace un par de días, a partir de un post incendiario de la bella Ira [me gusta llamarla así porque suena oximoronioso] se desató una conversación virtual en el blog de Ernesto Priego.

Dentro del post, Ira firmó una carta a quien se ponga el saco en donde exige que el escritor debe armarla de pedo ante la cruda realidad que amenaza de cerca nuestro entorno. Todo esto a propósito del Encuentro de Escritores de Oaxaca al que tuve oportunidad de cubrir (gracias a ella), y en donde presencié la apatía y el desinterés (no) de (todos) los escritores, a los que ella alude en su carta. Publico aquí un mail que sólo iba para ella, pero que ya entrado en ánimos comprometidos, les dejaré leer a todos.

Ira:

Si el encuentro hubiera sido privado, claro que la oportunidad de abrazarse y felicitarse está chingón, ¿a poco no? Tomar con escritores fue a toda madre, pude compartir unos mezcales con un amigo, por ejemplo, y crear algunos lazos. Sin embargo se le convocó al público en general, y ahí estoy de acuerdo contigo. Opino que el escritor, si bien no tiene todas las respuestas ni es el salvador de la humanidad, debe comenzar a dialogar ante lo desconocido. (Esta carta la escribo como diseñador gráfico).

Estoy seguro de que hasta los escritores tienen una opinión como todos nosotros, pero, quizá por no comprometerse con nada, por temor a quemarse, por el miedo al ridículo, no la hacen pública y ponen el viejo escudo de que el escritor debe estar comprometido con la literatura. Por supuesto que sí, lo contrario sería el colmo, pero también deben preguntarse cosas que la gente normal se pregunta, ¿no es cierto? Ellos son los que piensan que el escritor debe ser sabio, intachable, cuando tiene que ser el más confundido de todos. ¿Entonces por qué el temor a externar su confusión?, ¿por qué subir pedos a la mesa?, ¿por qué el temor a equivocarse? Por un ego del tamaño del mundo que les hemos colocado. Resultado: ausencia de convicciones: un presente anodino: un futuro pusilánime.

Nomás si quiero aclararte que eso sucede en todo el país, en todos los encuentros, no nada más en el que organiza Almadía (cuya labor no tengo que decirte que admiro, ya lo saben todos), y que no todos los escritores se comportaron como dices, de algunos escuché reflexiones parecidas a las tuyas. Pero también quiero decirte que tu carta es congruente con lo que pide. Más allá de si está bien redactada o es clara o si generaliza, ha provocado un diálogo, una discusión, más de uno se ha quemado por tu culpa (incluyéndome).

En este país, no sólo los escritores, le tenemos miedo a la confrontación. Se nos ha dicho que es malo discutir sin saber que del choque se produce algo nuevo, hacia arriba. ¿ Y quienes tienen la voz para dialogar entre ellos? Cierto: los escritores. Yo no pido nacionalismo, ni izquierdismo, ni compromiso político férreo y congruentísimo. Pido ánimo de entrar al debate. O cuando menos dejar de pensar que ser apolítico o apático significa estar por arriba de todo. Ser apartidista no tiene por qué significar ser huevón. ¡Ni siquiera quisieron polemizar sobre el diccionario de Chirstopher Domínguez! ¿ A qué le temen? Quizá estés equivocada, Ira, (como seguramente lo estoy yo), pero has provocado que más de uno se pregunte sobre sí mismo (mira que es difícil: incluso pienso que no tomaré cuando me toque discutir en público). Y esa es la esencia. Te expusiste en público, y creo que todos, por introspectiva que sea nuestra ficción, tenemos que dejar de temerle a la exposición, debemos asumir las consecuencias del acto de escribir. “Al escritor en México se le ha enseñado a ser una apagafuegos -me dijo un maestro hace poco-, cuando debería de ser el fuego mismo”.

Tengo un amigo (José Eduardo) que ni siquiera ha pretendido ser escritor. Él firma con su nombre textos comprometidos con su estilo, pero también con su opinión (puede equivocarse a veces, eso se le agrradece), en una ciudad con escasa libertad de expresión. Pienso en mucha gente cercana, pero sobre todo en él, ajeno al glamour literario (no porque no sea glamouroso, sino porque el suyo está en otras partes), mientras termino de redactar esta carta.

Andrei

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Justo cuando comienzo a redactar la carta anterior, Agnieszka me dice por messenger que la viene persiguiendo la siguiente frase: “Las milanesas son el peor invento del mundo”. Elucubraciones respecto a eso, en próximos posts.

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25, 08 f

Es madrugada de domingo. Ahora debería estar emborrachándome como siempre, pero por razones ajenas a mi voluntad incial, me he quedado a escribir frente a la computadora.

Salió mejor, por fin terminé varios textos pendientes y he recalado en este post. El blog es para desembarcar, para vender fresco lo pescado en el mar de lo inmediato.

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Eso me recuerda una vez que le dije a una amiga que sus palabras me aterraban. Le dije:

-Oye amiga, tus palabras me aterran.

-Ya era hora, siempre que te hablo estás en el aire.

Es fascinante esto del lenguaje. Desde entonces, cuando alguien me dice que algo le aterra, pienso en que vuelve a la tierra.

-Oye Andrei, ese tipo de películas me aterran.

-Está bien, ya es hora de que te enteres del planeta en el que vives, zopenca.

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Hace poco un libro me aterró. Escribí hoy esta reseña. Lean y me dicen qué les parece.

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Tengo dos amigos que tienen nombre de beisbolista. Siempre los imagino en ese atuendo, el de beisbolista, empuñando el bat con un vaivén profesional. Los dos escriben o intentan hacerlo. Los dos, también, son tremendos bateadores. Los dos ya saben el tipo de pitcher que quieren enfrente. Me sorprende la tranquilidad con la que esperan la bola. Su concentración está en disfrutar del vaivén.

Tal vez es porque me junto mucho con ellos, pero últimamente he imaginado que tengo nombre de beisbolista.

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Tengo otro amigo que no es beisbolista pero es una excelente persona y, a pesar de lo que él cree, me cae rebién nomás por su nombre.

Se llama Pablo Mata.

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Tengo sueño. Mañana termino este post.

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16, 08 f

Despertarse temprano ha sido difícil. Me he desacostumbrado a la rutina y, sin una figura de autoridad que me lo pida, es casi imposible levantarme, sólo hasta que siento el hastío de permanecer horizontal. Ahí radica un primer enigma: cómo conseguir hacerme caso.

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Hace tres años un amigo me visitó con su novia. Cruzamos insurgentes y entramos en un bar de la colonia Condesa. Algo tenía ese ron que me convertí en un especialista en política interior. Hablé de economía y formulé un par de hipotesis para transformar al mundo. La mirada de ella se desviaba con admiración hacia mí; los celos (matizados por una rara especie de orgullo) de mi amigo, no muy acostumbrado a que yo fuera el centro de atención, intensificaron mi elocuencia.

Al final nos corrieron del bar y caminamos hacia mi casa. En el camino compramos unas caguamas en un Oxxo. Las destapamos y en medio de la calle bebíamos impunemente hasta cruzar insurgentes de nuevo. Una patrulla se detuvo delante de nosotros. Bajaron sonrientes Godínez y Rubio.

Cometíamos un delito grave bebiendo en la calle, dijeron. No lo sabíamos, respondimos. Somos de Oaxaca, dijo ella como si eso fuera un atenuante. Los policías rieron y amagaron con subirnos a la patrulla.

-De ninguna manera -dije-, esto se puede resolver facilmente, miren, tapamos nuestras botellas hasta llegar a la puerta de mi casa. Vivo a dos cuadras.

-Claro que no, jovenazo -dijo Godinez-, la ley es la ley.

-A menos -interrumpió Rubio-, a menos que paguen la multa que de todas formas van a pagar en la delegación.

-¿Ah sí? -dijo mi amigo-, ¿y de cuánto es esa multa? -500 pesos -Menos mal -dijo ella mientras se hurgaba en el bolso.

De ninguna manera -dije no sé de dónde-, no permitiré este atraco.

Godinez y Rubio voltearon a verse antes de decirme que aquello era una ofensa, que estaba calumniando a la autoridad. Ya ya, decía mi amigo mientras ella les mostraba desesperada el billete.

-¿Qué no sabe lo que es una calumnia? -les pregunté con tono pedante.

-Claro que sí -dijo Godinez.

-Fue una pregunta retórica, señor -interrumpí-, una calumnia es imputarle un delito a alguien que no lo ha cometido. Y ustedes sí están atracándonos.

Godinez y Rubio callaron un momento como si les hubiera planteado un acertijo. De pronto, Rubio, sin decir nada, me tomó del brazo.

-Esto es un atraco -grité-, seguramente van a sembrarme cocaína.

-Pero qué pendejadas dices -dijo ella-. A ver, acá tienen el dinero.

Godinez miró a Rubio.

-Nomás porque está usted chula -dijo Rubio mientras me soltaba.

-Además el atraco no es forzozamente un delito -dije con tono sabio- de ninguna manera fue una calumnia.

-Ya cállate -dijo ella.

Godinez y Rubio me aconsejaron checar el diccionario, dijeron que tenía suerte de tener a buenas personas como amigos. Luego arrancaron la patrulla en busca de nuevo desafíos del lenguaje.

Mis amigos y yo, por fin, pudimos cruzar insurgentes. Adentro, nos terminamos las caguamas en silencio. Ella checaba sus mails, él veía la televisión. Yo miraba fijamente el diccionario. Al otro día olvidé todo, como siempre, los fui a dejar a la terminal y al volver le marqué a Brenda.

-¿Verdad que no soy un pedante?- le pregunté sin saber de dónde.

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En el insomnio, las palabras arrastran la letra erre, la restriegan en el rostro.

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Esto de aceptarse pesca imágenes cursis en el olvido. Mientras viajo en un taxi de regreso a casa, me llega un olor a hule. Mi hermano y yo teníamos un ritual al inicio de los cursos. Recortábamos imágenes de revistas y las pegábamos junto con nuestro nombre sobre las pastas de los libros que nos daba la SEP, antes de envolverlos con hule. Mi hermano interrumpía sus compromisos sociales, como aventarle corcholatas a los coches o trepar árboles, para pasar un rato conmigo. Yo le copiaba el estilo y pegaba tremendas nalgas o automóviles incendiados sobre mis libros de historia y español; también imitaba su caligrafía al redactar mi nombre: Andrei Ley, 3° “B”. Luego, cuando él se iba a cumplir su rol en la colonia, yo me quedaba a leer sus libros. Cosas emocionantes me esperan en el futuro, penasba yo mientras leía, y respiraba el hule en mis manos.

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No me gusta lavar los trastes porque me recuerda al mito de Sísifo. Debería trapear más seguido.

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En el cine, vemos “Vía Láctea”, una película húngara.

Nada sucede.

Salimos. A mi no me gustó, digo en voz alta. Pues a mí sí, dice Lulífera. Su amigo calla. Luego nos despedimos de él.

Mientras caminamos hacia su coche, ella me cuenta que su amigo, antes de entrar en el cine, se topó en la entrada con un muerto. Así, un muerto, ni más ni menos. Así, horizontal, pálido, apestoso, así, pues, obstaculizando la entrada, un hombre muerto.

Aquello me deja pasmado. Caminamos hacia su coche todavía y me percato de que pertenezco a “Vía Láctea”, soy un personaje que se mueve, insignificante, con una lentitud inverosímil. Algún húngaro nos contempla y dice: no sucede nada; menos mal que la húngara a su lado, tras darle un codazo, responde: sucede todo.

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Últimamente pienso en una fábrica abandonada. Veo fantasmas, cuerpos que se desintegraron por un producto descontinuado. Ahora charlan, discuten sobre el momento en que todo perdió sentido. Realmente nadie puede decir cuándo. Parece que ellos ensamblaban el tiempo.

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6, 08 f

Ya regresé.

Rara semana en Oaxaca. Mañanas de autodescubrimiento, tardes de aguda percepción y cenas convertidas en borracheras. La primera entrevista que hice estuvo media pendeja en comparación con la última, ya bastante aceptable. La entrevista es un género fregonazo, también es una proyección de tu interior. Con las dos últimas frases ya dije todo.

La hoja en blanco, para bien o para mal, se derrumbó en este nuevo retorno. Una vez que se deja de pensar en el otro y se escribe para sí, desenlodándose, las ideas fluyen. El otro es este instante, es la autoridad que tengo que sacudirme. Sacudirte.

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Hoy, hace 30 años, mis papás se casaron.

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En una cena me encuentro con Jorge Harmodio. Lo conocí en París el año pasado. En ese entonces él había decidido no tomar hasta terminar su novela, así qué, al calor de mi cerveza y su refresco de menta, hablamos de narrrativa antes de que empezara el futbol; y le conté sobre la novela que escribía. Por eso ahora, después de saludarme, me pregunta sobre mi nivola (por aquello de Unamuno) que le había parecido una buena idea. La he abandonado, le digo mientras busco un refugio. Pero no importa, pienso yo, de alguna forma sigo siendo Andrei.

Tres días después, en otra cena, volvemos a platicar de narrativa y pregunta: ¿Por qué dejaste de escribirla? Era sobre la indeterminación, le digo, después de una serie de falsos inicios e indescifrables intermedios, me di cuenta de que necesitaba demasiada determinación para escribir sobre la indeterminación. Llegan los mezcales. Entonces no dejes de escribir diario, concluye él antes de comenzar a beber.

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Hace una semana no me percibía completo. Me diluía en percepciones, en ilusiones ópticas para el ojo del otro. ¿Cómo entonces -decía yo en un borrador- escribir un post de principio a fin? Ahora, con mis ojos, alcanzo a descifrarme un cuerpo descuidado, aún así y por eso, los posts permanecerán fragmentarios, hasta que una nueva forma se desplace en silencio.

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Cuando terminé de ver No Country For Old Man, mi primera sensación fue el ser humano como desperdicio, la vida al servicio de una empresa inútil, vanos intentos por obstaculizar fuerzas que ni siquiera podemos magnificar. Más tarde sentí ganas de leer la novela y luego un falso arrepentimiento por haberla comprado pirata. Y luego hambre, pero mejor cerré los ojos por ocho horas.

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Hace un año decidí buscar la estética de la indeterminación, de la indecisión. Creía que por eso mis cuentos eran pusilánimes, chatos, indecisos. El nombre de este blog obedecía a lo mismo. No es el arte de la fuga, es el falso arte de la fuga. La fuga en falso pues, la que no se da, las decisiones que no se toman, que se atascan en el lodo, en el miedo.

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Borges, dice Vicente Verdú que en sus últimos días, dijo: Mi único error es no haber sido feliz.

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Con la intención siempre en una estructura original, en una situación extraña o en una imagen contradictoria, he producido textos flotantes, sin tierra. Últimamente, gracias al taller con los 1440, comenzaron a acorralarme dudas respecto a mi búsqueda. Jorge, por ejemplo, desde la crudeza de su sensibilidad, siempre me hace pensar en los motivos de mis personajes, en sus preocupaciones. En un mail, en otras palabras, llegó a esta conclusión: quien no tiene motivos es el narrador.

Al principio yo creía que era por mis pretensiones estéticas ya mencionadas, sin darme cuenta que el mal no era la indeterminación de mis personajes, sino la mía.

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En el mismo correo, el mismo personaje de los 1440 aplaude la actitud de mi blog, su forma, su voz. Y es raro, porque converge con esto -escuchado media hora antes-: “algo original no es una ocurrencia nueva, es lo que se ha orginado dentro de ti”.

Si me pongo a revisar, deben de haber miles de bloggers con mi estilo, no puedo decir que sea mi invento o que yo haya llegado primero. Lo que sí puedo decir es que no lo miré, ha surgido de mí. Así como asumo mis carencias, debo reconocer mis pasos, esta forma que lees es el resultado de cuatro años de posteo cotidiano. Este cuerpo ha surgido del mío.

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Antes del viaje, decidí despertar temprano a mi regreso, hacer ejercicio y luego escribir sobre cualquier cosa.

Ayer fue el primer día. Me levanté entusiasmado. Preparé un café. Revisé los periódicos en línea. Un ciclón en Myanmar mató a cuatro mil personas (ahora quince mil) mientras dormía. La imagen que ilustra la nota es un monje budista esquivando árboles caídos. El banner que la patrocina, vende camionetas cuatro por cuatro, mientras el texto que parpadea dice: Estamos en la recta final, compra ya.

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La semana pasada asistí a un curso de ensayo impartido por Heriberto Yépez. Logró que yo mismo me enseñara. Mis resacas estuvieron acompañadas por la franqueza. Fui duro conmigo, pero llegué a conclusiones sensatas. Número uno: erradicar fantasías. Así que no diré más.