Archivos para Julio, 2008

22, 08 f

Hace tres años, Guillermo Vega me recomendó leer Bartleby y Compañía, una novela-notas del catalán Enrique Vila-Matas que si no has leído podrías comenzar a planteártelo. El año pasado, cuando cerré El Viento Ligero en Parma, me pregunté si algún día podría platicar con él en persona, con Vila-Matas; y me lo pregunté porque estaba enfrente de su casa, en una calle de Barcelona, y porque es el autor vivo de quien más libros he leído. Pero no lo vi. Seguí por la avenida diagonal rumbo a las ramblas y pensaba que quizá, si no se moría él antes, o yo, podría preguntarle, entre otras cosas, si ahí dónde estuve parado es en realidad su casa. Eso pensaba de la misma manera en que uno se pregunta qué hacer con un una pelota de badminton.

Como seguramente ya saben, el escritor catalán estará en la ciudad la próxima semana. Sostendrá un encuentro con sus lectores (entre los cuales me incluyo) y también concederá entrevistas a periodistas previamente asignados (entre los cuales también me incluyo). El Andrei tendrá media hora para platicar con uno de sus escritores favoritos, con Enrique Vila-Matas pues. Ya que el blog es uno de los temas que quiero platicar con él, me interesa que sea parte de la forma. Si se les ocurre alguna pregunta, pónganla en los comments (ahí arriba) y así hablamos varios con él. Ojalá se les ocurra algo.

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Me llegó este meme a través de Ía.

Ahí arriba está el lugar donde trabajo. Pueden ver el sillón en el que estoy, ya sea de ocioso o de chamebador, la mayor parte del tiempo. Al lado derecho de la pantalla desde donde los leo, está una de las bocinas y luego la taza que me trajo Regina de San Telmo (cada que comienzo un proyecto, no lavo la taza hasta terminarlo). Arriba están los libros de consulta y al fondo la cama en donde duermo todas las siestas que se requieren a lo largo del día. ¿Cuál es mi trabajo? Un día escribo una reseña o un artículo y al otro día diseño un logo o propaganda o algún proyecto editorial o un interactivo. Y lo normal, hay días en que sólo leo blogs.

Pues resulta que ahora debo nombrar a otros 5 para que hagan lo mismo. Y digo, si a alguien se le antoja: hágalo y luego nos avisa.

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Hace poco recordé esto. Una de esas mañanas de 2002, estoy sentado en la cafetería de artes de la ENAP. Me siento aquí porque es donde me encuentran mis amigos si me buscan, el café me sabe mejor y hace un poco más de frío. Leo El Malentendido de Camus. A dos mesas alcanzo a ver a un chica. Ella trata de leer el título de mi libro. La miro: envuelta en una chamarra azul, tiene el cabello rojo amarrado, cejas pobladas, anteojos, una nariz pequeña y labios carnosos. Me atrapa con una sonrisa. Como soy muy tímido, escondo mi sonrisa en el libro y no la despego. No entiendo lo que leo pero tampoco entiendo su mirada. Sigo con los ojos en las palabras, almas, amor, llamada del ser. Siento su presencia, puedo oler su shampoo de cítricos. El frío es cada vez menos. Un reflejo azul me ilumina la página. Hola, dice ella, ¿puedo sentarme? Las palabras se atraviesan, la quijada me tiembla. Levanto la cabeza. No, respondo. Ríe ella. No, no puedes. Vuelvo la mirada a la página y los diálogos de nuevo fluyen. Dentro de mí, escucho que unos pasos se alejan pero el texto se pone interesante: ¿Me ha llamado usted?, pregunta el anciano con voz clara y firme.

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Un día como hoy, hace 29 años, apareció mi hermano en la tierra. Recuerdo cuando cumplió 19 como si fuera ayer. En ese entonces él volvía a Oaxaca después de su primer año en el DF. Casi en la euforia, me contó que había caminado desde la colonia Roma hasta Plaza Inn, para comprarse unos trucks en ball skate. Seguramente alardea por un par de cuadras, pensaba yo en mi ignorancia.

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18, 08 f

Qué dijeron, al Andrei ya se le secaron lo sesos. Pues es cierto. Me he sumergido en una ficción sin sentido atorada por un par de años. Me puse el overol y no he soltado la compu. Tal vez por eso los días se han fugado. De nuevo insomnios productivos, mañanas desperdiciadas en el sueño y viceversa: mañanas productivas e insomnios desperdiciados en el sueño. La memoria me miente, me engaña en las madrugadas y en los atardeceres imagino. La regadera del baño sigue goteando y no sé si las conversaciones que he tenido han sido con personas concretas. De insomnio a insomnio y de sueño en sueño me muevo por la ciudad, converso, visito a los amigos, acompaño en las borracheras.

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Reunión de los bateadores emergentes. Mientras el juego está en la cancha, la pelota en el pitcher y el público aplaude en las gradas, platicamos en torno al futuro. Movemos el bat hacia el choque con una pelota imaginaria. ¿Qué errores cometemos ahora que no podemos evitar y que aparecerán frente a nosotros tarde o temprano, tal vez en cincuenta años? ¿Eso se sabe algún día? Miro al juego con mis nuevos ojos y el cesped me muestra su textura. ¿Traeré los zapatos indicados? Puedo leer el marcador desde lejos, puedo leer el nombre de los contrarios y de mis compañeros e incluso los rostros encandilados de algunos en el estadio, puedo leerlos. Uno de ellos, un niño, sostiene con severa atención su juego de video portátil. Le digo a uno de mis compañeros: ¿ves a ese niño?, no mira a la cancha. Es porque está concentrado en su juego de beisbol, ahí él es quien batea todas las bolas. Qué triste, dice uno a mi lado, quizá no conozca el placer de ser un bateador emergente.

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Fue Agnieszka a Argentina porque le dijeron que ahí trabajaría en su obra. Es artista visual. Se encontró en Avellaneda rodeada de fábricas abandonadas, curitembres y paredes decarapeladas donde alguna vez hubo industria y florecimiento. Precisamente la atmósfera ideal para el fondo de su obra. Esta vez se concentró en el abandono de una región otrora indispensable para la historia, para el desarrollo porteño. Ese abandono le provocó relfexiones en torno al desempleo del ser y la desfachatez de la historia: vidas enteras han servido solo para un momento de esplendor industrial y después son sustituidas por ruinas y depresión. Creó un censo, expuso y repartió mapas del desencanto y proyectó las imágenes que resultaron de sus expediciones. Imaginó, también, en esas ruinas, voces atrapadas en un proceso interminable. Me pidió que le ayudara a capturar esos diálogos con textos fragmentarios. Aquí un par:

Trance

-Mirá, vos, Esteban, ¿Esteban te llamás, cierto?

-…

-Bueno, me gusta mi trabajo. Disfruto del aire denso y la peste a grasa y pelo que nos hace sudar.

-…

-Disfruto el sonido que producimos cuando ablandamos las pieles o cuando las azotamos mientras las apilamos. El proceso es tan repetitivo que a veces entro en trance. Sólo escucho el plaf, pum, plaf, pum. Mirá, en ocasiones cierro los ojos, nuestro vapor se vuelve el aire que respiramos, el mundo se detiene y sólo somos nosotros apilando pieles, plaf, pum, plaf, pum; ni siquiera abro los ojos para saber que las pieles caen en su lugar, justo en el centro, una arriba de otra. Somos y sonamos a una máquina, che, como un reloj, como el racing del 67. El movimiento, el ritmo, la fuerza precisa, plaf, pum, plaf, pum, una tras otra, como máquina. Luego todo termina, abro los ojos, vuelvo del trance y estamos acá, en una fábrica en Avellaneda.

-…

El murmullo

-Pero que boludeces, las tuyas. ¿Decís que te sentís observado, che?, ¿por quién?

-No lo sé. Alguien nos vigila, nos ve pequeños, aquí, charlando mientras limpiamos.

-¿Cómo es eso?, ¿te referís al todo poderoso?

-No, es sólo un observador. Nos escucha, ahora, mientras hablamos de él.

-¿Y podés hablar? ¿No sentís miedo?

-Silencio.

-Sí, escucho. Escucho el murmullo del trabajo diario.

-Eso es, boludo, es lo que escucha nuestro observador. Somos el murmullo del trabajo.

-¿Y qué piensa de eso?

-Lo que vos y yo pensaríamos. Que somos aburridos, tan predecibles como un puente.

-Y bueno, yo no estoy con ánimo de sorprender a nadie, que lo sepa.

-Yo sí. Le daré lo que a mí me gustaría ver.

-¿Para qué?

-No sé, para tener de qué pensar un momento.

-¿Por qué te detenés, loco?

-…

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Ahora que estuve en Oaxaca, les ayudé a mis compas de la galería Arte Cocodrilo con el texto de su más reciente inauguración:Vatio. Si están por ahí en estos días, vayan a darse una vuelta.

Está puesta la escena. La galería Arte Cocodrilo se convierte en una bóveda oscura por la que somos guiados, gracias a Vatio, hacia el estremecimiento. Compuesta por una docena de lámparas, Vatio es la potencia de la luz de una docena de artistas del grabado. Con la forma geométrica del hexaedro como cuerpo y con la luz como espíritu uniforme, cada una de las lámparas es una visión personal de la plástica, una manera particular de interpretar el espacio y una muestra amorosa del trío técnica-estilo-superficie. Vatio es la potencia del grabado.
Me viene a la mente Virilio y digo que Vatio es un desplazamiento lumínico del arte de la inscripción. Entendiendo a la inscripción como el cuerpo de la lámpara -sus trazos, su fuerza, el color, la expresión, la composición de seis caras, lo que nos ha traído aquí-, y a la luz como la fuente y el pretexto, la localizadora de dicha inscripción.
La exposición oscila entre la función práctica y la apreciación estética del grabado. También es una reflexión en torno a la calidad plástica y utilitaria del objeto de arte. Cada lámpara abraza a la luz, por lo tanto, cada obra abraza a la función: la iluminación. Vatio es Iluminación de autor.
Está puesta la escena. Nosotros, los espectadores, intervenimos no sólo en la contemplación y la reflexión, sino, al ser iluminados, nos convertimos en el objetivo; y más tarde, dándole nosotros la luz a través de la corriente, en continuadores de la obra.

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Al regreso: Buenas noticias. Una anécdota de los días en la universidad. Además una descripción con fotografía, a petición de Ía, del lugar donde trabajo.

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8, 08 f

Presunción de última hora: Tengo en mis manos el libro-blog de Vila-Matas: Dietario Voluble.

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De vuelta la casa me parece más grande. Me han mandado libros, Oli ha regado las plantas, mi recámara me espera para largas siestas. Acaban de abrir un Jarocho en la esquina y creo que me volveré adicto, no a sus cafés, a sus tortas.

Dos anuncios: Esta reseña sobre Vidas Perpendiculares de Álvaro Enrigue que escribí originalmente para mis amigos sonorenses de la revista Shandy. Y ésta otra, en Periódico de Poesía de la UNAM, sobre el poemario de mi estimado Sergio Loo.

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En la ya legendaria entrevista:

Maristain: ¿Cuál es su equipo de futbol favorito?

Bolaño: Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasma.

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Yo conozco a un equipo fantasma. [Detonado por: un post zombie]

Es el torneo de verano de 1997. Estoy a punto de cumplir quince años, la preparatoria asoma su ansioso rostro barroso y en unos días leeré por primera vez a Kafka. En mi familia estamos optimistas, se presienten aires renovadores a causa de la inminente victoria de Cárdenas en el Distrito Federal; acaba de morir Emilio Azcárraga Milmo, símbolo de la oligarquía y el sistema apendejador; Gran Bretaña devuelve Hong Kong a China después de 156 años de colonia y un vecino ha visto en el cine La Vida en el Abismo.

En las canchas de futbol, el ojitos Meza conduce a un equipo que no entiende cómo, pero mete goles cada que él parpadea. Se llaman los Toros Neza. Su volante ofensivo es Antonio el turco Mohammed, con el pelo oxigenado y la panza retacada de gansitos y suadero, tiene el toque más sofisticado de la liga. Su portero es el flaco Pablo Larios Iwasaki, custodiado por un espigado y desabrido pelirrojo: Federico Lussenhoff. Los serios Memo Vázquez y López Meneses en la contención, Carlos Germán Arangio y el pony Ruiz en la delantera, Miguel Herrera y Javier Saavedra por las bandas, y los otros dos, completan a este equipo desconcertante. Unas veces con la euforia de golear, y otras con la euforia de ser goleados, saltan a la cancha palmeándose la espalda. De su vibra se proyecta la alegría y la desfachatez de su juego. Yo no sé muy bien qué estilo es. No sé si bailan o hacen deporte. Intuyo que el espíritu que los impulsa es distinto al de los otros equipos. Me identifico con ese espíritu. No tardo en encariñarme. Quiero dejarme el pelo largo. Decido disfrutar, como ellos, de lo que sea que me toque hacer en la vida, eso incógnito e indescifrable. Sigo, entonces, sus partidos. Festejo sus goles. Y me divierto, también, en los reveses. Por azares de la estadística, entran en la liguilla y, tras golear a todos, dar un espectáculo singular y contagiar su desparpajo, llegan a la gran final.

El rival: las chivas rayadas del Guadalajara. Así pues: Toros Neza versus el campeonísimo. La improvisación versus la tradición. La espontaneidad versus el aparato convencional. El desenfado versus el conformismo. La chispa versus lo establecido.

Quienes le vamos a Toros Neza, en el fondo sabemos que es una oportunidad histórica. Una revancha que llevamos en el inconsciente. Algo nos deben esos de enfrente. Los Toros Neza nos representan. El momento es irrepetible.

El Guadalajara gana 6 a 1 en el estadio Jalisco. Impulsado por un espíritu irreconocible, el gusano Napoles tiene la tarde de su vida, la única: anota cuatro goles.

No sabemos bien por qué, pero estamos tristes. Mohammed nunca volverá a ser el mismo. Buscaremos esa vibra en casi cualquier actividad que topemos. Sobra decir que, una vez apagada la chispa, ese equipo desaparecerá con los años. No sabemos de qué, pero querremos ser los Toros Neza de algo. Golearemos y seremos goleados. Buscaremos, de nuevo, esa final.

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Un conocido en Oaxaca: Como tenemos varios amigos en común, siempre coincidimos en las fiestas. Nos saludamos, nos estrechamos la mano. Se rumora que los dos somos lectores. Cada quien se entera por su lado. Una noche no nos queda de otra que platicar. Oye, me dice él, la banda cree que tú eres un lector. Lo soy, le respondo, ¿y tú? También, Alfonso Reyes es el mejor escritor mexicano y César Aira el mejor latinoamericano contemporáneo. Me cae bien su presentación. Hablamos como si nuestro tema fueran las hemorroides. Después de una hora, me confiesa: Cuando murió Bolaño, fui con mi primo a Blanes, a su departamento, a buscarlo. Tocamos el timbre y nadie nos abría. Dos horas intentándalo, sabrás, pues nos rendimos. Bajamos la escalera y una sombra flacucha se escondió detrás de un muro. ¿Y?, le pregunté yo a mi amigo. Esa sombra fumaba, contestó.

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La ganadora del comentario 555: Cuquita la Pistolera. Le debo dos regalos. Ahí viene el 666. Por cierto, los comentarios son arriba.

…,

1, 08 f

Primero apareció para entrentenerme en la oficina. Gradualmente entró en mi casa hasta que, casi sin darme cuenta, era parte esencial de la post peda; luego del precopeo; y algunas veces es el alma de la fiesta. Pero seguía sin tomar conciencia de su presencia. Parecía un continuador de la conversación, un soporte visual, un generador de carcajadas. Ayer, en domingo familiar, hizo acto de presencia sin recato ni indiferencia. ¿Cómo este compañero de farra había entrado en la casa familiar? Desfachatado, sin pena, como si siempre hubiera sido parte de nosotros; como un primo que por fin ha llegado con noticias de la ciudad, o un abuelo que sabe el secreto de todos. En realidad es Funes el memorioso, es la base de datos sin tiempo, la biblioteca de babel, el ojo del fin del mundo. Como si siempre hubiera sido parte de nosotros, guió la comida familiar hacia donde nuestro inconsciente colectivo quería. Es un juguete asombroso. Empezó con chistes, ridículos ajenos y canciones viejas. Avanzó hacia relatos extravagantes, lugares exóticos y gente importante. Terminó con supuestas verdades que nos dieron miedo. Cada quien volvió a su casa con precaución, mirando al cielo, con ganas de volver a tener una comida familiar de los nuevos tiempos. Todos frente a la pantalla, como si fuera el fuego, guiados por un hilo secereto entre el azar y las palabras. ¿A quién quemará ese fuego?, ¿quién escuchará todo lo que tenga que decir y que recuerde?

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Tengo que volver al DF. Se me hace imposible vivir en Oaxaca en cuanto los recuerdos me acorralan. Me angustia olvidar mi presente y quedarme atrapado en el pasado. Oaxaca es parte de mi presente, pero sólo en pequeñas dosis. No más de cinco borracheras, no más de tres reencuentros, no más de una charla larga, no más de tres juegos en play station, no más de diez paseos por la colonia, no más de una sonrisa; o me tengo que tragar la nostalgia y digerirla. Aunque ahora ha sido distinto, de alguna manera el trabajo simboliza un refugio de mi presente. encerrarme en la computadora, bloguear, checar el mail es no soltarle la mano al ahora. Es abrir los ojos.

Y los recuerdos me acorralan. Una noche, cuando yo tenía menos de seis años, llegó mi papá con una televisión nueva a color y con 28 pulgadas. Le había costado mucho, nos quería tanto, éramos felices. Me dio rabia. Conseguí un clavo y con la punta grabé una diagonal en la pantalla. El sonido me satisifizo a pesar de que el nuevo material oponía una resistencia entre vidrio, plástico y tape. Pensé que nadie, nunca, se daría cuenta. El mismo día, mi papá encendió la tele y la imagen se dividía en dos. Cuando encontró el clavo en mi recámara, sin verme ni esperar reacción alguna, agarró uno de mis coches de juguete y le hizo incisiones por todas partes. Esa diagonal fue mi primer tag. También el primer texto dedicado a mi padre: /

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Una tarde Natalia me abrazó. Yo le di unas palmadas en la espalda. Al despegarnos, dijo: qué arisco eres, tus abrazos son fingidos. Ya me lo habían dicho antes. Me cuesta trabajo demostrarle mi afecto a la gente. Hay personas que han desaparecido de mi vida sin haberles abrazado nunca. Y me arrepiento. Le dije, entonces, a Natalia: es cierto. Lo acepté de inmediato. Detrás de nosotros, un gato cazaba una paloma. Fue a comérsela a mi lado. A partir de entonces soy conciente de mis abrazos.

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Los recuerdos me acorralan y en seguida los distorsiono. Todo era calma. Los empleos seguros de mis padres, su aparente estabilidad emocional frente a nosotros, las buenas calificaciones, mi vida de colonia tranquila de ciudad tranquila, no me dejan mucho espacio para el azote. Así que quizá éstas sean mentiras. Una tarde mi madre me dijo mentiroso y no pude hablar en semanas. Después de decirlo, no me dolió tanto el insulto como que no me creyera capaz. ¿Es difícil creer que cuando tu hijo brinca de una escalera, vuela un poquito? Ese fin de semana iría con mi padre a Veracruz, me lo había prometido por teléfono. Pasaría por mí el viernes en la noche y viajaríamos en carretera. Yo contaría los kilómetros mientras él contaría la historia de nuestra familia. Empaqué toda la semana. Hice sandwiches de tres capas. Con mayonesa. Estrenaría un pepsilindro. Casi podía ver los señalamientos en mi mente, sentir el frío de la niebla y oler el zorrillo muerto del camino. No llegó a las ocho, pero tal vez llegaría a las nueve. No llegó a las diez pero tal vez saldríamos al otro día en la mañana. A las once de la noche sonó el teléfono. Tenía miedo de contestar. Era él. Algo se le había atravesado, cosas importantes que entendería en el futuro. Cuando colgué conocí la impotencia, el grito húmedo en la garganta, la violencia contenida en el cuerpo, el rostro caliente hundiéndose en la almohada.

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Los dos trabajaban y estudiaban. Por eso, antes de los ocho años, convivía la mayor parte del día con mi nana. Decía que me quería mucho, me apapachaba, me peinaba y me vestía bien elegante. Cuando salíamos a la calle le decía a sus comadres que era mi mamá. Ella sabía muy bien que nadie le creía. Y continuaba diciéndolo. A mí nunca me confundió, pero me guiñaba el ojo y luego me decía: ¿verdad que sí eres mi nene? No sé a quién le recordaba, que me amaba y me odiaba al mismo tiempo. Cuando volvíamos de los paseos, me jalaba las orejas, me obligaba a comer una cebolla entera o me aventaba al agua helada de la regadera.