Hace tres años, Guillermo Vega me recomendó leer Bartleby y Compañía, una novela-notas del catalán Enrique Vila-Matas que si no has leído podrías comenzar a planteártelo. El año pasado, cuando cerré El Viento Ligero en Parma, me pregunté si algún día podría platicar con él en persona, con Vila-Matas; y me lo pregunté porque estaba enfrente de su casa, en una calle de Barcelona, y porque es el autor vivo de quien más libros he leído. Pero no lo vi. Seguí por la avenida diagonal rumbo a las ramblas y pensaba que quizá, si no se moría él antes, o yo, podría preguntarle, entre otras cosas, si ahí dónde estuve parado es en realidad su casa. Eso pensaba de la misma manera en que uno se pregunta qué hacer con un una pelota de badminton.
Como seguramente ya saben, el escritor catalán estará en la ciudad la próxima semana. Sostendrá un encuentro con sus lectores (entre los cuales me incluyo) y también concederá entrevistas a periodistas previamente asignados (entre los cuales también me incluyo). El Andrei tendrá media hora para platicar con uno de sus escritores favoritos, con Enrique Vila-Matas pues. Ya que el blog es uno de los temas que quiero platicar con él, me interesa que sea parte de la forma. Si se les ocurre alguna pregunta, pónganla en los comments (ahí arriba) y así hablamos varios con él. Ojalá se les ocurra algo.
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Me llegó este meme a través de Ía.
Ahí arriba está el lugar donde trabajo. Pueden ver el sillón en el que estoy, ya sea de ocioso o de chamebador, la mayor parte del tiempo. Al lado derecho de la pantalla desde donde los leo, está una de las bocinas y luego la taza que me trajo Regina de San Telmo (cada que comienzo un proyecto, no lavo la taza hasta terminarlo). Arriba están los libros de consulta y al fondo la cama en donde duermo todas las siestas que se requieren a lo largo del día. ¿Cuál es mi trabajo? Un día escribo una reseña o un artículo y al otro día diseño un logo o propaganda o algún proyecto editorial o un interactivo. Y lo normal, hay días en que sólo leo blogs.
Pues resulta que ahora debo nombrar a otros 5 para que hagan lo mismo. Y digo, si a alguien se le antoja: hágalo y luego nos avisa.
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Hace poco recordé esto. Una de esas mañanas de 2002, estoy sentado en la cafetería de artes de la ENAP. Me siento aquí porque es donde me encuentran mis amigos si me buscan, el café me sabe mejor y hace un poco más de frío. Leo El Malentendido de Camus. A dos mesas alcanzo a ver a un chica. Ella trata de leer el título de mi libro. La miro: envuelta en una chamarra azul, tiene el cabello rojo amarrado, cejas pobladas, anteojos, una nariz pequeña y labios carnosos. Me atrapa con una sonrisa. Como soy muy tímido, escondo mi sonrisa en el libro y no la despego. No entiendo lo que leo pero tampoco entiendo su mirada. Sigo con los ojos en las palabras, almas, amor, llamada del ser. Siento su presencia, puedo oler su shampoo de cítricos. El frío es cada vez menos. Un reflejo azul me ilumina la página. Hola, dice ella, ¿puedo sentarme? Las palabras se atraviesan, la quijada me tiembla. Levanto la cabeza. No, respondo. Ríe ella. No, no puedes. Vuelvo la mirada a la página y los diálogos de nuevo fluyen. Dentro de mí, escucho que unos pasos se alejan pero el texto se pone interesante: ¿Me ha llamado usted?, pregunta el anciano con voz clara y firme.
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Un día como hoy, hace 29 años, apareció mi hermano en la tierra. Recuerdo cuando cumplió 19 como si fuera ayer. En ese entonces él volvía a Oaxaca después de su primer año en el DF. Casi en la euforia, me contó que había caminado desde la colonia Roma hasta Plaza Inn, para comprarse unos trucks en ball skate. Seguramente alardea por un par de cuadras, pensaba yo en mi ignorancia.
