Archivos para Septiembre, 2008

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30, 08 f

El sol, de nuevo, pega como fuego en las ventanas de mi departamento. Eso quiere decir que ya llevo un año viviendo aquí. Chingados, no sé qué me pasa que no puedo escribir en el blog, yo que útlimamente me la he pasado diciendo que eso de la hoja en blanco es una mamada. Como que la felicidad no va con mi pulsión creativa. O quizás es porque mi mente camina en otra ciudad.

Pero es que siento que nada vale la pena. O más bien, sólo un pensamiento lo vale. Y eso que en el país se abren mútliples conversaciones en torno a la violencia, al crimen organizado, a la delincuencia empresarial y a la inminente crisis financiera. Todos hablan de diferentes temas y todos me parecen el mismo. En mi imaginación, la caída económica de Estados Unidos va de la mano con el crimen organizado en el pais. Caminan por el parque, se avientan los libros, se meten coca juntos. Ambos fueron presentados en el mercado por una tal capitalismo bien salvaje, después de la segunda guerra mundial. Y me parece que son uno mismo, han crecido paralelamente, se quieren, no se conciben el uno sin el otro. Hacemos mal en ver a nuestro crimen organizado sólo como un problemático local, bien malo y embustero, hijo solo de nuestros desacuerdos. El crimen en nuestro país proviene de una familia con negocios en todo el mundo. Una familia que ha aprovechado las leyes del mercado y las guangas leyes de los estados caducos para instalarse a sus anchas y crecer como una fiera. Una fiera que es combatida con agallas en los estaditos caducos, mientras se ríe, pues es parte de una familia grande, multinacional, llamada globalización. El crimen en nuestro país pertenece a un modelo parelelo global, con sus propias leyes de mercado, empleo y explotación. Un modelo que convive a un lado de los estados y sus leyes y sus contribuyentes incautos. Nuestro mundo está esquizofrénico. Y no puedo quitarme de la mente que la caída económica de un estado que abandera el modelo convencional, va de la mano con el crecimiento del modelo paralelo en un estadito caduco. Pasean por el parque, se miran a los ojos. Algo está por engendrarse. Pero, quizás porque estoy enamorado, soy optimista. El mundo esquizofrénico se prepara para morir.

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20, 08 f

No se me duerman.

Hoy al despertar pensé, por extraño que parezca y a pesar de mi conocida angustia al paso del tiempo: Deseo que el año se termine ya, ahora. Que todos estos días desaparezcan, que se esfumen, que se vivan a mis espaldas.

Y salí a caminar.

Una señora ve que el sol no da directamente sobre la acera derecha. Toma a su hija de la mano y cruzan la callle corriendo. El taxi que viene de frente se frena. Detrás de unas gafas oscuras, el conductor sonríe, mira el recorrido, se prende de las piernas de la hija. Las dos, cerca de la banqueta, brincan. Están a salvo. Continúa entonces la señora, su caminata apresurada, ahora en la sombra. La hija se suelta, voltea hacia el taxi. Las gafas oscuras, fijas en ella unos segundos. Los autos detrás, en la demora, no pitan. Esperan pacientes. El taxista sonríe, acelera de nuevo, paulatinamente se aleja de este momento del mundo. A su paso, uno a uno, los demás continúan su camino.

Un payaso come en las quesadillas rifadoras. Tiene una servilleta en la mano derecha. No sabe si limpiarse o no, siente que algo en los labios le molesta. El sol hace brillar la pintura sobre su rostro. El rojo es pálido ya.

Una pelona me mira feo. Es muy punketa.

Un niño corre hacia mí. Está disfrazado de superhéroe. Cree que me ha espantado. Brinco para hacerlo feliz.

Afuera de una iglesia protestante, dos señoras en traje sastre. El mismo perfume en ambas. Una a la otra: el otro día te vi en pantalones, en un centro comercial. La otra se rasca la oreja.

En la cocina económica. Hay milanesas, hay picadillo, chiles en nogada, tinga, mole negro, dice la señora. ¿Qué se le antojaría a ella? Se me hace raro que haya mole negro, el rojo es el famoso. Mole negro señora.

En la fila de las tortillas. Un muchacho pide cuatro kilos, los guarda en una servilleta de tela. Una señora pide dos kilos y medio, se lo envuelven en una toalla, sonríe al dejar la fila. Otra señora, en pantalones, pide ocho kilos en papel, el papel tiene costo extra señora, no le hace, los mete en una mochila de estudiante de secundaria. Ahí adentro hay salsas, carne, se asoman unas cebollas. Yo pido un cuarto de kilo, por favor, envuelto en un pedacito de papel.

Compro un kilo de duraznos. Se me ocurre guardar todos los huesos en una bolsa ziploc. Juntarlos de aquí a diciembre. Nunca he sido coleccionista de nada.

Vuelvo a casa. El iTunes ha seguido sonando en presencia de nadie. Me siento a la mesa. Un cuartito son diez tortillas. Mientras me preparo el primer taco, me asomo al ventanal. Los cerros se ven tan lejanos. Pero he estado ahí, adentro, en el follaje de sus árboles. Existen entonces, y seguramente están llenos de gente.

No quiero que pasen estos días a mis espaldas. De hecho debo vivirlos más concentrado que nunca. Cada día será importante. Pondré todo el cuerpo en el asador.

[.-

8, 08 f

Quién sabe qué diré. En plenitud, no sé si triste o feliz. La única forma de romper el silencio es dejándome llevar por el sonido del teclado.

De vuelta a la normalidad. Por fin, un inicio de semana cotidiano. El cielo en el gris y el frío. Las sábanas que se aferran a terminar un libro antes de beber el primer café. Sabanas que pesan de nostalgia. Y el fin del 2008 que se asoma inminente.

Este último mes, agosto, le pone impulso a la memoria. Mientras Estados Unidos perdía los olímpicos ante los ojos del mundo, puestos en China, y el país entraba en paranoia frente a una inseguridad que se les planta a quemarropa, tronando la indiferencia y el confort que les vendaba los ojos; mientras todo eso ocurría, yo iniciaba el primer mes de mis veintiséis años lleno de coincidencias y eventos que son un inspirador presagio del resto de mi vida.

Empapado de pánico, hace unos meses desperté preocupado por no recordar la emoción de lo inesperado. De lo exento de tensiones, de lo despreocupado y libre. De lo que fluye y adopta su propio ritmo, sin filtros ni interrupciones. En ese sudoroso pánico, temía que nada volviera a ocurrirme.

Hoy me siento aliviado y despierto, aunque preso de la nostalgia y la ansiedad, con ganas de beber café, con ánimo de no perderle detalle a los días. Ese ritmo ha vuelto y tiene secuelas en mi organismo, escalofríos, torrentes sanguíneos que se adaptan como si siempre hubieran pertenecido a mi cuerpo. Siempre que el asombro va de la mano de la espontaneidad, recupero estados olvidados en la adolescencia.

Ahora salgo a la calle. Las motivaciones, menos confusas, le quitan ceguera a este recorrido hacia el negro absoluto.

***

Con dos caguamas encima y el rostro encendido en el frío post lluvia, entro en un vagón del metro. Tengo ganas de escuchar el canto de quien sea, ¿dónde están los vendedores de música pirata? Siento algo en la garganta que quiero saborear. Tristeza, encanto, impulso, añoranza, desasosiego, fuerza. La gente me mira, quizá intuyendo que el sol de la playa ha resquebrajado mi piel anterior. Fresco, medio borracho, viajo hacia las conversaciones, disfruto el paso de la ensoñación hacia el mundo real, que ya no es el mismo. Entra un vendedor de música pirata. Rancheras, las canciones. Quiero cantar pero ninguna expresa lo que siento, gratitud y melancolía, plenitud y ausencia. Mi emoción no encaja con el contenido de las letras. Quiero dibujar a la niebla en mi memoria, cuerpo y evanescencia. La incertidumbre siempre me ha puesto.