Quizás porque he dormido con muchas ganas, pero estas noches he tenido sueños muy clavados, en los que elaboro conversaciones y los personajes parecen reales.
Ayer, por ejemplo, soñé que me secuestraban. El taxista involucrado en el atraco, me explicaba sus razones. Yo lo entendía, pero hacía las cuentas y trataba de explicarle que mi familia no podría juntar el dinero que exigían. Él no aceptaba mis argumentos, parece que me habían confundido con alguien más. Pues ya sin escucharme, y a punta de pistola, me llevaba al sitio en donde me guardarían. Era en el mismo edificio en el que vivo. El espacio era igual sólo que con muebles distintos. Una señora sería la encargada de cuidarme, me la presentaba, era su mujer.
En el mismo sueño, aplastado en el colchón de los secuestradores, me daba cuenta de que llevaba meses ahí adentro sudando. Había bajado de peso. Lo extraordinario es que me miraba en un espejo de cuerpo entero y me reconocía, en realidad era yo pero con la piel pegada al hueso, algo difícil de imaginar. Entraba la señora con unos tacos de milanesa y frijoles, me decía que lo sentía, que mi familia era muy necia y no soltaban la feria. Tal vez sí nos equivocamos, decía ella. Pues claro que se equivocaron, ¿por qué me escogieron a mí? No lo sé, pasaste por ahí tal vez, a mí me secuestraron hace dos años, mi marido tuvo que pedir prestado para pagar el rescate y comenzó a secuestrar para cubrir las deudas, a lo mejor tu familia debería hacer lo mismo.
Según mi sueño, pasaban meses y yo permanecía dormido en el mismo colchón sin sábanas. Afuera, mientras se secuestraban unos a otros, mi familia seguía sin conseguir el dinero y yo comenzaba a extinguirme. Un día dejó de llegar la señora con comida. Algo dentro de mí sabía que había sido secuestrada de nuevo. Pasaba días sin comer, me convertía en un hueserío lánguido. Comenzaba a alucinar y a recibir visitas de escritores muertos. En una de esas, a lado de mi colchón sudado sin sábanas, Gombrowicz y Borges discutían sobre dejar de aparecerse en los sueños de la misma persona, estaban hartos de coincidir, se suponía que no sería así. Poco a poco el cuarto comenzaba a llenarse, treinta o cuarenta personas que ya no sabía quiénes eran, dejaba de reconocerlos, eran sólo gente sin rostro que discutían con efusividad, todos al mismo tiempo, eran puro ruido. De pronto se me acercaba uno de los tantos sin rostro, me decía que era mi papá. No podía ser, todos ellos estaban muertos. ¿Estás muerto?, le preguntaba yo entre resignación y cansancio. No, no lo estoy, levántate, vámonos. Pero ya no existía el cuarto, ni el colchón, ni las paredes ni las puertas. Todo era un gentío en la intemperie, todo era ruido, no había espacio. ¿Vámonos a dónde? Fuera de aquí. Pero si no estamos adentro de nada. Entonces mi supuesto padre sin rostro me cargaba. Yo bien sabía que no pesaba ni un kilo, ni siquiera tenía que relajar mi cuerpo. Él caminaba y en efecto, no salíamos de nada, todo eran voces, presencias. Sin embrago, parecía que aquella caminata podría durar milenios. Aún cuando no hubiera una puerta, ni un límite, gente y más gente, puro ruido, mi papá seguía. ¿A dónde vamos? Fuera de aquí. Pero si no estamos en ninguna parte. Cansado de insistir en ello, me decidí por cerrar los ojos y desperté en mi cama agitado. sonaba el teléfono. Me levanté. Una puerta, paredes, un pasillo, un ventanal con el mundo afuera. Contesté. Era mi papá.
