Archivos para Diciembre, 2008

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19, 08 f

Quizás porque he dormido con muchas ganas, pero estas noches he tenido sueños muy clavados, en los que elaboro conversaciones y los personajes parecen reales.

Ayer, por ejemplo, soñé que me secuestraban. El taxista involucrado en el atraco, me explicaba sus razones. Yo lo entendía, pero hacía las cuentas y trataba de explicarle que mi familia no podría juntar el dinero que exigían. Él no aceptaba mis argumentos, parece que me habían confundido con alguien más. Pues ya sin escucharme, y a punta de pistola, me llevaba al sitio en donde me guardarían. Era en el mismo edificio en el que vivo. El espacio era igual sólo que con muebles distintos. Una señora sería la encargada de cuidarme, me la presentaba, era su mujer.

En el mismo sueño, aplastado en el colchón de los secuestradores, me daba cuenta de que llevaba meses ahí adentro sudando. Había bajado de peso. Lo extraordinario es que me miraba en un espejo de cuerpo entero y me reconocía, en realidad era yo pero con la piel pegada al hueso, algo difícil de imaginar. Entraba la señora con unos tacos de milanesa y frijoles, me decía que lo sentía, que mi familia era muy necia y no soltaban la feria. Tal vez sí nos equivocamos, decía ella. Pues claro que se equivocaron, ¿por qué me escogieron a mí? No lo sé, pasaste por ahí tal vez, a mí me secuestraron hace dos años, mi marido tuvo que pedir prestado para pagar el rescate y comenzó a secuestrar para cubrir las deudas, a lo mejor tu familia debería hacer lo mismo.

Según mi sueño, pasaban meses y yo permanecía dormido en el mismo colchón sin sábanas. Afuera, mientras se secuestraban unos a otros, mi familia seguía sin conseguir el dinero y yo comenzaba a extinguirme. Un día dejó de llegar la señora con comida. Algo dentro de mí sabía que había sido secuestrada de nuevo. Pasaba días sin comer, me convertía en un hueserío lánguido. Comenzaba a alucinar y a recibir visitas de escritores muertos. En una de esas, a lado de mi colchón sudado sin sábanas, Gombrowicz y Borges discutían sobre dejar de aparecerse en los sueños de la misma persona, estaban hartos de coincidir, se suponía que no sería así. Poco a poco el cuarto comenzaba a llenarse, treinta o cuarenta personas que ya no sabía quiénes eran, dejaba de reconocerlos, eran sólo gente sin rostro que discutían con efusividad, todos al mismo tiempo, eran puro ruido. De pronto se me acercaba uno de los tantos sin rostro, me decía que era mi papá. No podía ser, todos ellos estaban muertos. ¿Estás muerto?, le preguntaba yo entre resignación y cansancio. No, no lo estoy, levántate, vámonos. Pero ya no existía el cuarto, ni el colchón, ni las paredes ni las puertas. Todo era un gentío en la intemperie, todo era ruido, no había espacio. ¿Vámonos a dónde? Fuera de aquí. Pero si no estamos adentro de nada. Entonces mi supuesto padre sin rostro me cargaba. Yo bien sabía que no pesaba ni un kilo, ni siquiera tenía que relajar mi cuerpo. Él caminaba y en efecto, no salíamos de nada, todo eran voces, presencias. Sin embrago, parecía que aquella caminata podría durar milenios. Aún cuando no hubiera una puerta, ni un límite, gente y más gente, puro ruido, mi papá seguía. ¿A dónde vamos? Fuera de aquí. Pero si no estamos en ninguna parte. Cansado de insistir en ello, me decidí por cerrar los ojos y desperté en mi cama agitado. sonaba el teléfono. Me levanté. Una puerta, paredes, un pasillo, un ventanal con el mundo afuera. Contesté. Era mi papá.

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18, 08 f

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Entre depresión, alegrías, cervezas y melancolía, así está la cosa.

Hay alguien más en la familiy. Es mi nueva MacBook. Este es su primer post. Aún no sé cómo nombrarla pero mírenla, así me ve.

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12, 08 f

Este año fue raro.

Lo inicié en Oaxaca. Subí con Olinka al coche de Chendo, en dónde él fue copiloto, y su hermano condujo hasta la playa.

Yo estaba enamorado de Erre. O creía estarlo. En el viaje imaginé que pasaría el resto del año abrazado a su cintura, y quince días después lo arruinaría de nuevo. Traía escritos tres capítulos de una novela que no tenía pies ni cabeza. No sabía qué haría al volver a la ciudad de México, era el primer año que lo recibía desempleado y sin planes. El nuevo año era una avenida amplia y vacía.

Cuando íbamos en el punto más alto de la sierra, nos encontramos con un congestionamiento. Nadie quería avanzar. El hermano rebasó la hilera de autos hasta llegar a una curva maldita. Los vientos azotaban durísimo contra la montaña, todo se movía, los árboles se meneaban, objetos volaban, el cable de alta tensión arriba de nosotros parecía la cuerda de un gigante imaginario que brincaba con alegría.

Pero ya estábamos hasta adelante. O nos echábamos de reversa a nuestro sitio, o nos animábamos a seguir rumbo a la playa. Cada cierto tiempo, la fuerza del viento bajaba. Era entonces cuando algún auto amagaba con avanzar, pero de inmediato frenaban. ¿Nosotros? Yo pensaba que en cualquier momento vería a algún lugareño volar y el viento empujaba a nuestro pequeño Tsuru, como animándolo a avanzar.

¿Nos aventamos?, preguntó el hermano. No sé, dijo Chendo y luego se volteó a preguntarnos. Va, dijimos. El hermano aceleró y en segundos recorrimos la curva, otra y luego otra, soportando la amenaza del viento y la fuerza de nuestras mandíbulas. El viento mostró su presencia con estruendos y leves empujones al chasis. Pensaba que en cualquier momento el auto se voltearía y rodaríamos hasta estamparnos contra el abismo. Y yo lo había aceptado, no sé cómo, pero ya había aceptado mi muerte.

Un minuto después, la fuerza del viento desapareció por completo. Puro silencio. Por la carretera había ramas tiradas, troncos, plátanos, ropa. ¿Habíamos entrado o salido? Creí que íbamos a morir, le dije a Olinka. Yo también. Y yo. Y yo igual, dijo el hermano al volante.

¿En qué transe estábamos que, frente a los ventarrones, decidimos aventarnos? Por alguna razón estaba ese tráfico, la gente prudente había decidido no arriesgarse. ¿Qué pretendíamos con ese viaje?, ¿por qué teníamos tanta prisa por llegar?

Ya en la playa, al calor de las cervezas, hablamos con más calma sobre el asunto. Nos habíamos arriesgado cabrón, y los cuatro habíamos estado de acuerdo. ¿Y si nos hubiera pasado algo? En la radio hablaban de accidentes en la carretera a causa de los fuertes vientos. Las olas del mar hablaban en su idioma. Nos reímos. Fue la primera borrachera de un año extraño. Las palmeras se agitaban con alegría, el viento estaba húmedo, amable. Me quedé dormido en una hamaca tratando de imaginar cómo sería el resto del año. No tenía ni puta idea de lo que sería, pienso eso en este momento, y de alguna manera me alegra.

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5, 08 f

Ya regresé de Guadalajara.

Ya me voy.

Gracias al Workhouse Fesitval-Oaxaca en Vivo, los niños perdidos del turno por fin leerán y beberán en Oaxaca. Mañana, Anuar, Sosa y el Andrei, al parecer, después de las siete de la noche en el café Comala.

***

Desde hace meses tengo una gotera en la regadera. Lleno tres cubetas al día. No he tenido la paz para arreglarla con calma. Cada que salgo de la ciudad tengo que subir a la azotea para cerrar la llave de paso.

No quiero que agua desperdiciada inunde mi conciencia.

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4, 08 f

El insomnio me quiere. No quiero dormir. Quiero permanecer despierto por siglos. Nada tiene sentido.

((. .))

3, 08 f

El insomnio sigue en mi cama. Lo único que puedo decirles, es que salgo de un torbellino emocional para entrar en otro. No podré decir que el 2008 no fue intenso.

El torbellino que dejé atrás fue el concurso Caza de Letras. Cada día era el hombre más feliz y desgraciado del mundo. Cada día quería esconderme, no salir jamás de casa y luego salir y caminar con la respiración calmada. Por fortuna llegué hasta la final, empaté en segundo lugar con S3co. Mi pseudónimo fue Falso y mi novela se llama Los elefantes del Kilimanjaro. Agradezco a todos los que se enteraron y votaron por mí o comentaron. A todos los que enviaron mensajes de aliento. Y, sobre todo, a quienes tuvieron que soportarme hablar sin parar de esa novela cuando aún eran ideas inconexas.

No me puedo quejar, por llegar a la final se pudo leer mi novela entera y conocer las reacciones no sólo del público, sino de Alberto Chimal, Mónica Lavín y Álvaro Enrigue. En términos generales no me fue nada mal, la novela está casi a punto. Fueron dos meses muy intensos de pensar sólo en la novela, en sus personajes y, en alguna medida, en los lectores. Los cien mil pesos me motivaban, también la publicación en Alfaguara, no lo niego. Pero lo fascinante fue ver cómo se transformaba mi novela, aún hoy lo hace, sin perder la expedición que había decidido emprender desde el comienzo. Fue viajar una y otra vez a un rincón insospechado de mi interior. Y a cada visita descubría nuevas cosas. En una de esas retranscripciones, me di cuenta que en esa parte de mi interior se habían generado nuevos interiores ficticios. Y cada expedición es ahora un tanto adictiva. Podría no terminar nunca esta novela. O, mejor dicho, podría no parar de escribir siempre una novela distina. Quienes me detestan, ya se chingaron.

Pero el concurso ha quedado atrás, ha pasado a un segundo término y no puedo volver a la normalidad tal cual. Es decir, hay cosas más importantes que perder un concurso. Sigo en un torbellino. No sé en dónde voy a parar. No sé si caeré de pie o sentado o de cabeza. No sé cuáles sean las consecuencias. No sé si se convertirá en una tormenta. Cada que pueda asomar la cabeza, aquí me tendrán, diciéndoles las chingaderas que cada tiempo se me ocurren. Como hasta ahora, este blog será el respiradero. De torbellino en torbelllino, este falso arte de fugarse de la realidad, continúa. La vida está repleta de vientos azarosos y nosotros, personas tan frágiles, caminando como si nada. Bienvenidos los torbellinos, pues, las tormentas, los tsunamis emocionales. Bienvenidos los vientos, que de ellos es el reino de la ficción.

Pues eso.