Archivos para Enero, 2009

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28, 09 f

Mi amigo de la infancia se llama E.

Éramos vecinos. Aprendimos todo juntos hasta el día en que su padre tuvo un infarto que lo llevó al hospital por semanas. E, entonces, mi amigo, durmió esas semanas en mi recámara. Se acostaba boca abajo y encendía su walkman. No se quitaba los audífonos hasta la hora en que despertaba. Con el silencio de esas horas, me era imposible no esuchar su música, incluso tararearla. Aunque la costumbre la he perdido, salvo en noches con mucho estrés, sí tengo varias de esas canciones nocturnas en mi playlist. Canciones que en el fondo, por cierto, aún traen el acecho de la pérdida a mis sienes. Me era imposible pues, en ese entonces, no escuchar la música que alcanzaba a fugarse de la almohada de E, me era imposible no sentir su miedo, ni soportar el peso de la oscuridad en su espalda.

Además, como iba en el mismo salón que E, pasábamos todo el día juntos, hacíamos la misma tarea. Compartíamos el tiempo. Menos las noches en que E cenaba con su mamá, quien le daba noticias de la salud de su papá y entonces volvía con comida y las mejillas hundidas.

Una de esas noches, E se quitó los audífonos y se levantó de la cama. Me dijo: ¿me acompañas? Y nos salimos a escondidas de mi casa. Caminamos cuadras en el frío. Era la primera vez que veía la madrugada fuera de mi recámara. Todo era distinto. Similar, pero distinto. Le pregunté por qué habíamos salido. No lo sé, dijo, ganas de que pasen cosas. Caminamos pues, vimos una taquería, vimos un perro. Nos sentamos en una jardinera. En otra colonia. No pasaba nada. De pronto un coche lejano. Me entraron ganas de que algo ocurriera, de que valiera la pena el riesgo, quizás ver alguna mujer, quizás tocarla y correr, tal vez con algo así se animaría mi amigo. Hay que caminar más, le dije, hasta el centro. Pero E se quedó callado, con los ojos abiertos. Nel, yo me regreso, dijo. No tenía sentido su respuesta. Para qué caminamos hasta acá, ¿para nada? Qué tiene de malo, dijo E levantándose, me siento mejor. ¿Con nada?, pregunté con ánimos de acción. Teníamos once años. Regresamos a escuchar, en sus audífonos, a un locutor que, igual que nosotros, no dormía. La mañana siguiente fue horrible.

Seis años después, en una fiesta, recordamos las sesiones de música en la madrugada. Era madrugada también y la fiesta era un escándalo. No éramos los únicos en la calle, no estábamos solos, no teníamos ya once años. Le recordé nuestra caminata estéril, en pos de nada, incluso le recriminé enfrente de todos. Es intenso cuando no pasa nada, respondió E, tiene sentido caminar en la madrugada hacia una jardinera, algún día te darás cuenta.

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20, 09 f

Aunque ha sido una lucha contra las sábanas, no ha estado mal esta semana. Duermo kilómetros y con el frío las mañanas se han ido como taza de café, o sea rico. El cielo encapotado me ha inspirado a caminar y soy un cliché, eso pienso mientras ando, guardo mis manos en la chamarra y luego respiro. Me doy mis vueltas. Miro los semáforos, la gente quejándose en sus trapos pesados, los rastros de sol, el vapor y el viento con ganas de agredir a la garganta. Ah, suspiro, el frío a las dos de la tarde, nada como eso. Hay situaciones que uno no entiende y pasan, se ausentan del pensamiento, se olvidan y en fríos como este vuelven llenos de lógica. Disfruto el frío.

El otro día, en una de esas caminatas, vi a un señor asomándose detrás de una cortina, viéndome deambular. Cuando lo volteé a mirar, se escondió. Me recordó al primer cuento que leí de Carver, el del fotógrafo de fachadas. Pensé en el personaje del cuento, cuando ve la foto de su casa y le perturba su silueta en la cocina. Está solo, se da cuenta. No es tan malo, creo que le responde tranquilo el fotógrafo, por cierto, un fotógrafo sin manos. No es tan malo, le dice. Toman café. Al personaje le entran ansias, quiere un chingo de fotos de su casa. No recuerdo el trato, pero el fotógrafo las toma y en su aparente tranquilidad, está aún más perturbado. Tal vez por eso lo apedrea el dueño de la casa. ¿O no es así? En fin, pinche Carver.

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13, 09 f

Antes de que este post se ponga aburrido voy a hablarles claro. Después daremos el asunto por terminado y seguiremos adelante. Chillaré ahora, sólo para dejar de hacerlo de inmediato: Yo estaba enamorado y el futuro resplandecía, tan cursi como suena. Por azares del tiempo, por coincidencias inevitables, por razones dolorosamente válidas y porque la vida no tiene sentido, el resplandor perdió la intensidad suficiente. Cuando uno pierde ese lugar, el lugar sin tiempo  donde todo resplandece, es entendible cierto dejo de amargura.

Pero para no amargarme más he aceptado que no todo está en mis manos, y lo que estuvo, lo hice lo mejor que pude. Aprendí que cuando uno está en el lugar sin tiempo, e imagina que ese lugar sin tiempo será eterno, es urgente deshacerse de esa idea y pensar, con la serenidad puesta en los hombros, que tal lugar es eterno sólo en ese momento, relajarse y disfrutarlo como si todo acabara al otro día, que es una probabilidad.

O sea que me lleva la chingada, eso, pero ya estoy en proceso de asimilación de la realidad. La memoria quedará fasinada con los restos.  Creo que voy a gritar.

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Luego, por extraño que parezca, haré una presentación en el Pecha Kucha del 22 de enero en el MUFI, en Oaxaca. Después les digo de qué trató.

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Y el 6 de febrero leeré en Donceles 66 a las 8 de la noche. Será la presentación de la antología Escritores Seriales de Kala Editorial. Estarán también el Anuar, Antonio Ramos, Anitzel Díaz y Deborah Hadaza.

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Ya fui a gritar a la azotea. Me siento mejor, gracias.

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10, 09 f

No tengo mucho qué decir. O sí. No sé.

Al final del 2008 mi vida se complicó y se puso fácil. El fracaso, la plenitud, el amor, la desazón, la frustración, el jolgorio, la pena y la inspiración juntas. Todas estas fuerzas chocando, acariciándose con una frecuencia cabrona, a quemarropa. He aprendido, es lo único que sé. Y al mismo tiempo pierdo las ganas de hablar sobre mí. Así que no sé hacia dónde irá esta fuga. Si hacia adentro, hacia afuera o hacia ninguna parte.

El 2009 tiene todo para ser un año sorprendente. Pues no sé nada de él, ni le he visto siquiera en la mente. Ahí viene nomás. Ya está aquí. Sólo sé que me deben un alfajor.