Mi amigo de la infancia se llama E.
Éramos vecinos. Aprendimos todo juntos hasta el día en que su padre tuvo un infarto que lo llevó al hospital por semanas. E, entonces, mi amigo, durmió esas semanas en mi recámara. Se acostaba boca abajo y encendía su walkman. No se quitaba los audífonos hasta la hora en que despertaba. Con el silencio de esas horas, me era imposible no esuchar su música, incluso tararearla. Aunque la costumbre la he perdido, salvo en noches con mucho estrés, sí tengo varias de esas canciones nocturnas en mi playlist. Canciones que en el fondo, por cierto, aún traen el acecho de la pérdida a mis sienes. Me era imposible pues, en ese entonces, no escuchar la música que alcanzaba a fugarse de la almohada de E, me era imposible no sentir su miedo, ni soportar el peso de la oscuridad en su espalda.
Además, como iba en el mismo salón que E, pasábamos todo el día juntos, hacíamos la misma tarea. Compartíamos el tiempo. Menos las noches en que E cenaba con su mamá, quien le daba noticias de la salud de su papá y entonces volvía con comida y las mejillas hundidas.
Una de esas noches, E se quitó los audífonos y se levantó de la cama. Me dijo: ¿me acompañas? Y nos salimos a escondidas de mi casa. Caminamos cuadras en el frío. Era la primera vez que veía la madrugada fuera de mi recámara. Todo era distinto. Similar, pero distinto. Le pregunté por qué habíamos salido. No lo sé, dijo, ganas de que pasen cosas. Caminamos pues, vimos una taquería, vimos un perro. Nos sentamos en una jardinera. En otra colonia. No pasaba nada. De pronto un coche lejano. Me entraron ganas de que algo ocurriera, de que valiera la pena el riesgo, quizás ver alguna mujer, quizás tocarla y correr, tal vez con algo así se animaría mi amigo. Hay que caminar más, le dije, hasta el centro. Pero E se quedó callado, con los ojos abiertos. Nel, yo me regreso, dijo. No tenía sentido su respuesta. Para qué caminamos hasta acá, ¿para nada? Qué tiene de malo, dijo E levantándose, me siento mejor. ¿Con nada?, pregunté con ánimos de acción. Teníamos once años. Regresamos a escuchar, en sus audífonos, a un locutor que, igual que nosotros, no dormía. La mañana siguiente fue horrible.
Seis años después, en una fiesta, recordamos las sesiones de música en la madrugada. Era madrugada también y la fiesta era un escándalo. No éramos los únicos en la calle, no estábamos solos, no teníamos ya once años. Le recordé nuestra caminata estéril, en pos de nada, incluso le recriminé enfrente de todos. Es intenso cuando no pasa nada, respondió E, tiene sentido caminar en la madrugada hacia una jardinera, algún día te darás cuenta.