Cuando era niño, volver de la siesta era un desconcierto total. Vivía enfrente de una primaria. Me despertaban los gritos de salida del turno vespertino. Abría los ojos y no sabía exactamente quién era, mi cuerpo sudoroso deambulaba en la penumbra, envuelto en un uniforme incómodo, rodeado de objetos sin significado. Poco a poco, mientras caminaba hacia la puerta de mi casa, hacia los gritos de los otros niños, me iba acordando de todo, de que no entendía quién era.
Este inicio de año no he podido dormir sino hasta el amanecer. Hoy me dormí a las 5 de la mañana, por ejemplo. Cuando abrí los ojos a las 12 del día, mi recámara era irreconocible. Según mi entresueño estaba en las montañas. No sabía exactamente cuáles, pero tenía cosas qué hacer en ese bosque, varias. Y primero iría a caminar por el rumbo, a respirar el ambiente. Me levanté entusiasmado con la idea, me tambaleé contento hacia el baño. Sólo hasta que abrí la llave de la regadera me reencontré con mi nombre. Me topé con la realidad de una gotera que no he reparado, con una mudanza que no he comenzado y miles de pedazos desperdigados de la persona que intento ser. El paseo por el bosque, las montañas, se me fueron olvidando en el transcurso del día. Existen en otra parte, en donde mi nombre seguramente es otro.


