Archivos para Junio, 2009

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18, 09 f

Despierto. Miro el celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje de texto. Son las nueve de la mañana. Un nuevo ronquido sale de mi pecho y me cubre como sabana.

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Abro los ojos. Son las once. Cruzo mis manos por detrás de mi cabeza. Doy media vuelta sobre el colchón y volteo la mirada hacia la bruma de mis sueños. Miro unas escaleras. Hace calor. Sube, me dicen, aquí hay aire. Camino. Me pierdo en mis brazos.
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Abro los ojos de nuevo. Me levanto asustado, con taquicardia. Ya es la una de la tarde. No sé a qué le tengo miedo. Siento el sudor en la cara y vuelvo a echarme sin remedio. Abro un libro que ya he terminado. La cabeza me duele, las palabras ya no entran. Puedo aceptar que todos mis días son “libres”, o que su contenido está siempre en mis manos. Y este domingo no es la excepción, así es que enciendo la tele. Por caprichos de la vida, estoy en Cancún, en lo que muchos consideran el paraíso. La idea de pasar este domingo, entonces, encerrado en la lectura o en la televisión, francamente parece una pendejada. Cierro los ojos, doy otra vuelta sobre el colchón y digo: arghhh. Pienso en mi vida en el DF de los últimos meses. Domingos sin ir a los museos, sin ir al centro a tomar un café, domingos sin visitar a nadie, domingos sin salir de casa, domingos que oscurecen de prisa. Domingos como este.

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En la televisión transmiten un partido de futbol, España-Nueva Zelanda, un partido de la copa confederaciones. Recuerdo que en la última versión de ese torneo, hace exactamente cuatro años, yo estaba en Buenos Aires; específicamente, en algún boliche, tomando una cerveza Quilmes mientras México le ganaba a Brasil con gol de Borgetti. Qué rápido se traga el tiempo cuatro años. En un día como este, México le ganaba a Brasil y yo deambulaba en una ciudad desconocida, entraba a sus bares, a sus museos, tomaba café y caminaba sin la necesidad de visitar a nadie. Tanto recuerdo me ha dado hambre.

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Mientras como y antes de volver a casa, me gana la curiosidad por mis recuerdos. Entro a un café Internet. Me busco en Google. Abro mi blog. Busco los archivos del 2005. Abro junio. Me leo sin pudor y noto cómo disfrutaba de las palabras. No es que me recuerde en esa dicha, en ese momento, sino que es algo que reconozco a la distancia; como si ese yo, ese yo de hace cuatro años, ese yo de los días en Argentina, fuera otro.

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He leído junio del 2005 y luego julio.  Luego agosto y septiembre. Y octubre, noviembre y diciembre. Sin importarme la calidad o el contenido, he leído a alguien que realmente goza del posteo. No puedo controlar mi sonrisa. Siento un hallazgo feliz.  Como cuando entras a una fiesta de desconocidos y, después de deambular con una cerveza tibia en la mano, te encuentras a un amigo que no veías en mucho tiempo.

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Leo que un día como este, hace cuatro años, me decidía a viajar a Neuquén. Viaje que se convertiría en caminar por las pampas, que más tarde sería caminar por las faldas nevadas de los Andes. Recuerdo todas las ciudades por las que he caminado solo, y me siento patético en un café Internet. Y más con la terminal de autobuses enfrente. Todo lo que he caminado ha sido solo, no tendría por qué esperar a que alguien me acompañe a la playa. Cruzo la calle. No traigo nada conmigo, salvo los 200 pesos que saqué de mi mochila antes de salir del cuarto; los 200 pesos menos la torta de cochinita; menos la media hora de Internet. Entro en la terminal y veo que me alcanza para la próxima corrida.

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He llegado a Playa del Carmen hace un rato. Me entero que España le ha ganado a Nueva Zelanda y camino hacia el mar.

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La costa blanca luce pequeña frente a la turquesa inmensidad del Caribe. He encontrado un espacio entre tanta gente emborrachándose a placer. Me recuesto. Me quito las chanclas y escarbo en la arena con los pies. Fresco. Cerca de mí está un grupo formado por tres chicas y dos chicos. Parecen tener el momento de sus vidas. Por el bronceado, puedo imaginar que llevan ya una semana por aquí. Una de ellas destapa una cerveza, se le derrama sobre las piernas y todos se carcajean. Miro hacia el mar y pienso en todas las cervezas que he visto derramarse. Pienso en todas esas piernas. Una pareja cuarentona me esquiva y se detiene a mi lado. Deciden entrar al mar. Tengo cruda moral por echar la hueva toda esta semana en mi cuarto, con este paraíso a cuarenta pesos de distancia. Los cuarentones se alejan al son de las olas. Me digo que ese podría ser yo en unos quince años. Con ese indicio de canas, en esta playa y con alguien que me abrace dentro del mar. Me recuesto y descanso. Cierro los ojos. El sol hace que mire anaranjado dentro de mí. Siento mi cuerpo ligero. Una ola llega hasta mi espalda. Floto. Luego la arena. Tengo cruda moral por haber pasado este año encerrado; encerrado en mí, temiéndole a la desesperanza; encerrado, temiéndole a la falta de asombro; temiéndole a quién sabe qué chingados con todo el tiempo en mis manos; en realidad, ni más ni menos que en mis manos, todo este año. Abro los ojos. Me entran ganas de regresar al pasado; pero mejor, en retribución y en vista de que es imposible, decido meterme al mar sin pretextos. Me saco el pantalón, la playera y los lentes. Camino hacia el mar en calzones. Entro. Está frío. El grupo de bronceados bebe cerveza mientras me mira sonreír.

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Es mi imaginación o alguien grita mi nombre desde una palapa lejana.

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12, 09 f

Este es un post reciclado que iba a subir en abril, antes de la influenza. Les iba a contar que un día como ese, dos años antes, había despertado por una llamada telefónica, llevaba dos meses sin trabajo y un año sin novia:

Acaba de morir Vonnegut, dijo la voz del teléfono, murió Vonnegut no mames. No mames, dije yo, no mames y colgamos. Aquella noticia me tenía sin cuidado, en realidad no sabía de quien hablaba. El día que murió Bonegud, quien quiera que haya sido, yo dormía en la paz del desempleado.

En esa época despertaba sin agenda, sin saber qué hacer con el resto del día. No tenía internet ni cablevisión, y me mantenían unos exiguos ahorros en el banco. Esa mañana, antes de que fuera cotidiano y después de colgar el teléfono, decidí caminar para pensar en mis superficialidades, cerré la puerta y caminé hasta llegar al fondo, de cultura, económica.

Había algo de ritmo en la gente que habitaba una librería a las once de la mañana. Unos tomaban café, otros leían de pie y cambiaban cada tres segundos de página, otros miraban lomos mientras contestaban el teléfono para enterarse de la muerte de Bonegud. Pensaba que quizá acababan de renunciar a su empleo y no podían gastarse sus ahorros, o quizá tenían años sin pareja. Ese ritmo de mecedora llevaba una cadencia extraña, parecida a la de mis días sin agenda, un patrón de tiempos que modificó paulatinamente el tono de mi voz interior.

Entré directamente a buscar a Bonegud. El autor no existe. Vo-nne-gut, el autor existe pero ya está agotado, dijo el empleado y luego me ofreció a Asimov. Le dije que no iba por recomendaciones, que iba por el morbo de conocer a un autor apenas muerto, apenas frío, un autor apenas desalmado; ver su fotografía, hojear el libro y observar el desglose de ideas en un cerebro, en un mundo que iba desapareciendo. Boooo-neeee-guuuud. Bonegud o Bo-nne-gud, quien te pida hoy a Bonegud, pide eso.

Como sea, los cincuenta pesos que había destinado para ese día, en realidad sólo alcanzaban para ojear libros. Luego tomé un café y cuando me dio calor, me quité el suéter.

Apunte 2. Idea para película en formato de TV

Doce huérfanos, compiten por el amor de una familia célebre. Padre y madre deben convivir en todos los escenarios, y deben designar los parámetros y las pruebas. Así, si para el padre la deslealtad vale 15 puntos, quizás para la madre, lavar bien los platos valga 40.

Hacia el final, la película sufre su clásica vuelta de tuerca; cuando el huérfano ganador se convierte en hijo, los padres se divorcian y deben luchar juntos por anular el contrato con la televisora.