Este es un post reciclado que iba a subir en abril, antes de la influenza. Les iba a contar que un día como ese, dos años antes, había despertado por una llamada telefónica, llevaba dos meses sin trabajo y un año sin novia:
Acaba de morir Vonnegut, dijo la voz del teléfono, murió Vonnegut no mames. No mames, dije yo, no mames y colgamos. Aquella noticia me tenía sin cuidado, en realidad no sabía de quien hablaba. El día que murió Bonegud, quien quiera que haya sido, yo dormía en la paz del desempleado.
En esa época despertaba sin agenda, sin saber qué hacer con el resto del día. No tenía internet ni cablevisión, y me mantenían unos exiguos ahorros en el banco. Esa mañana, antes de que fuera cotidiano y después de colgar el teléfono, decidí caminar para pensar en mis superficialidades, cerré la puerta y caminé hasta llegar al fondo, de cultura, económica.
Había algo de ritmo en la gente que habitaba una librería a las once de la mañana. Unos tomaban café, otros leían de pie y cambiaban cada tres segundos de página, otros miraban lomos mientras contestaban el teléfono para enterarse de la muerte de Bonegud. Pensaba que quizá acababan de renunciar a su empleo y no podían gastarse sus ahorros, o quizá tenían años sin pareja. Ese ritmo de mecedora llevaba una cadencia extraña, parecida a la de mis días sin agenda, un patrón de tiempos que modificó paulatinamente el tono de mi voz interior.
Entré directamente a buscar a Bonegud. El autor no existe. Vo-nne-gut, el autor existe pero ya está agotado, dijo el empleado y luego me ofreció a Asimov. Le dije que no iba por recomendaciones, que iba por el morbo de conocer a un autor apenas muerto, apenas frío, un autor apenas desalmado; ver su fotografía, hojear el libro y observar el desglose de ideas en un cerebro, en un mundo que iba desapareciendo. Boooo-neeee-guuuud. Bonegud o Bo-nne-gud, quien te pida hoy a Bonegud, pide eso.
Como sea, los cincuenta pesos que había destinado para ese día, en realidad sólo alcanzaban para ojear libros. Luego tomé un café y cuando me dio calor, me quité el suéter.
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Apunte 2. Idea para película en formato de TV
Doce huérfanos, compiten por el amor de una familia célebre. Padre y madre deben convivir en todos los escenarios, y deben designar los parámetros y las pruebas. Así, si para el padre la deslealtad vale 15 puntos, quizás para la madre, lavar bien los platos valga 40.
Hacia el final, la película sufre su clásica vuelta de tuerca; cuando el huérfano ganador se convierte en hijo, los padres se divorcian y deben luchar juntos por anular el contrato con la televisora.
14, 09 f a 2:23 pm
Me gustó mucho.
Debíamos hacer una colección de posts de “dónde te agarró…” o “con quién estabas cuando te enteraste de…”
¿No sería lindo?
(Por cierto, se ve extrañísimo escrito así, en fonética suave ‘bonegud’, quién será ese escritor persa o macedonio, quién erá ese tan chingón que no necesita ni siquiera un nombre o una nacionalidad).
15, 09 f a 9:09 am
man leía en el pesero un libro de tapas amarillas y pensaba: esto es de la familia del andréi, leo el post y es cierto, Centuria de Manganelli
17, 09 f a 3:27 pm
Qué bueno que rescataste esto del baúl… si ahora pasara algo así te agarraría en Cancún, qué delicia… tengo ganas de ir a la playa, cuando cumplamos 30 deberíamos festejar en una playa.
17, 09 f a 3:28 pm
Ah, y pinches padres, cualquiera de los 12 huérfanos resultaba al final mucho mejor que ellos…
18, 09 f a 2:25 pm
Replays:
Ira: Sí, está poca madre esa idea. De hecho yo lo pondría como ejercicio de taller. Te suelta la mano y uno tiende a inventar. Lo de Bonegud es porque así lo pronuncio. Que chingón es ese tipo, ¿no? Después lo descubriría.
Costa: No lo he leído man. Pero pues rólalo al Manganelli.
Lularife: Muchas gracias. El post se había perdido por culpa de la influ. Y sí, pinches padres, jejeje.