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18, 09 f

Despierto. Miro el celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje de texto. Son las nueve de la mañana. Un nuevo ronquido sale de mi pecho y me cubre como sabana.

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Abro los ojos. Son las once. Cruzo mis manos por detrás de mi cabeza. Doy media vuelta sobre el colchón y volteo la mirada hacia la bruma de mis sueños. Miro unas escaleras. Hace calor. Sube, me dicen, aquí hay aire. Camino. Me pierdo en mis brazos.
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Abro los ojos de nuevo. Me levanto asustado, con taquicardia. Ya es la una de la tarde. No sé a qué le tengo miedo. Siento el sudor en la cara y vuelvo a echarme sin remedio. Abro un libro que ya he terminado. La cabeza me duele, las palabras ya no entran. Puedo aceptar que todos mis días son “libres”, o que su contenido está siempre en mis manos. Y este domingo no es la excepción, así es que enciendo la tele. Por caprichos de la vida, estoy en Cancún, en lo que muchos consideran el paraíso. La idea de pasar este domingo, entonces, encerrado en la lectura o en la televisión, francamente parece una pendejada. Cierro los ojos, doy otra vuelta sobre el colchón y digo: arghhh. Pienso en mi vida en el DF de los últimos meses. Domingos sin ir a los museos, sin ir al centro a tomar un café, domingos sin visitar a nadie, domingos sin salir de casa, domingos que oscurecen de prisa. Domingos como este.

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En la televisión transmiten un partido de futbol, España-Nueva Zelanda, un partido de la copa confederaciones. Recuerdo que en la última versión de ese torneo, hace exactamente cuatro años, yo estaba en Buenos Aires; específicamente, en algún boliche, tomando una cerveza Quilmes mientras México le ganaba a Brasil con gol de Borgetti. Qué rápido se traga el tiempo cuatro años. En un día como este, México le ganaba a Brasil y yo deambulaba en una ciudad desconocida, entraba a sus bares, a sus museos, tomaba café y caminaba sin la necesidad de visitar a nadie. Tanto recuerdo me ha dado hambre.

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Mientras como y antes de volver a casa, me gana la curiosidad por mis recuerdos. Entro a un café Internet. Me busco en Google. Abro mi blog. Busco los archivos del 2005. Abro junio. Me leo sin pudor y noto cómo disfrutaba de las palabras. No es que me recuerde en esa dicha, en ese momento, sino que es algo que reconozco a la distancia; como si ese yo, ese yo de hace cuatro años, ese yo de los días en Argentina, fuera otro.

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He leído junio del 2005 y luego julio.  Luego agosto y septiembre. Y octubre, noviembre y diciembre. Sin importarme la calidad o el contenido, he leído a alguien que realmente goza del posteo. No puedo controlar mi sonrisa. Siento un hallazgo feliz.  Como cuando entras a una fiesta de desconocidos y, después de deambular con una cerveza tibia en la mano, te encuentras a un amigo que no veías en mucho tiempo.

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Leo que un día como este, hace cuatro años, me decidía a viajar a Neuquén. Viaje que se convertiría en caminar por las pampas, que más tarde sería caminar por las faldas nevadas de los Andes. Recuerdo todas las ciudades por las que he caminado solo, y me siento patético en un café Internet. Y más con la terminal de autobuses enfrente. Todo lo que he caminado ha sido solo, no tendría por qué esperar a que alguien me acompañe a la playa. Cruzo la calle. No traigo nada conmigo, salvo los 200 pesos que saqué de mi mochila antes de salir del cuarto; los 200 pesos menos la torta de cochinita; menos la media hora de Internet. Entro en la terminal y veo que me alcanza para la próxima corrida.

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He llegado a Playa del Carmen hace un rato. Me entero que España le ha ganado a Nueva Zelanda y camino hacia el mar.

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La costa blanca luce pequeña frente a la turquesa inmensidad del Caribe. He encontrado un espacio entre tanta gente emborrachándose a placer. Me recuesto. Me quito las chanclas y escarbo en la arena con los pies. Fresco. Cerca de mí está un grupo formado por tres chicas y dos chicos. Parecen tener el momento de sus vidas. Por el bronceado, puedo imaginar que llevan ya una semana por aquí. Una de ellas destapa una cerveza, se le derrama sobre las piernas y todos se carcajean. Miro hacia el mar y pienso en todas las cervezas que he visto derramarse. Pienso en todas esas piernas. Una pareja cuarentona me esquiva y se detiene a mi lado. Deciden entrar al mar. Tengo cruda moral por echar la hueva toda esta semana en mi cuarto, con este paraíso a cuarenta pesos de distancia. Los cuarentones se alejan al son de las olas. Me digo que ese podría ser yo en unos quince años. Con ese indicio de canas, en esta playa y con alguien que me abrace dentro del mar. Me recuesto y descanso. Cierro los ojos. El sol hace que mire anaranjado dentro de mí. Siento mi cuerpo ligero. Una ola llega hasta mi espalda. Floto. Luego la arena. Tengo cruda moral por haber pasado este año encerrado; encerrado en mí, temiéndole a la desesperanza; encerrado, temiéndole a la falta de asombro; temiéndole a quién sabe qué chingados con todo el tiempo en mis manos; en realidad, ni más ni menos que en mis manos, todo este año. Abro los ojos. Me entran ganas de regresar al pasado; pero mejor, en retribución y en vista de que es imposible, decido meterme al mar sin pretextos. Me saco el pantalón, la playera y los lentes. Camino hacia el mar en calzones. Entro. Está frío. El grupo de bronceados bebe cerveza mientras me mira sonreír.

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Es mi imaginación o alguien grita mi nombre desde una palapa lejana.

10 comentarios para “(…)”

  1. Chozz! Dijo:

    Andreeeeeeeeeeei!!!


  2. No sé si has disfrutado estas palabras. A mí me parece que sí. Por cierto, yo las disfruto cada vez que te leo. En serio. Verdaderamente en serio.

  3. jube Dijo:

    hehehe pinche andrei, que de buenas me ponen tus postes (sorry por la confianzudes) Saludos!!!

  4. lulífera Dijo:

    Ya ves chingá, y tú dices por celular que “no es como lo imaginas”… Qué riiiico Andrei, revuélcate en la arena.

  5. MARIA SOLEDAD GOMEZ Dijo:

    VAYA SI QUE ESTAS DE VACACIONES. QUE BIEN.
    SALUDOS.

  6. Ag Dijo:

    Que bien me hace leerte, no lo hago muy seguido, pero siempre que entro a buscarte encuentro lo que necesito, de alguna manera leo lo que me gustaría escuchar para mi.
    Ojalá puedas tocar el arena con tus pies durante un largo rato mientras la luna aparece, por mi vale?.

  7. Ag Dijo:

    Por cierto yo grité desde la palapa…

  8. oliverhi Dijo:

    la playa, el paraiso caribeño hermano, también es un sueño, un largo letargo de juventud, belleza y bronceado . . . bebete una cerveza y veras cómo sabe a vida

    un abrazo carnal

  9. costasinmar Dijo:

    un regalito en el bló


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