(…)

10, 09 f

Lucy

Ayer vi a Lucy. Ni más ni menos que la cara de Lucy frente a mí en una cafetería. Detrás de la pantalla de su laptop, se tocaba la nariz y se limpiaba el sudor de la frente para que yo no la identificara. Y yo no soy necio. Aunque me hubiera fascinado contarles la historia de un fracaso, la verdad no tenía ánimo de apelar a la memoria de nadie: Oye Lucy, ¿me recuerdas?, yo era quien te atendía en ese café internet, cuando acababas de llegar a México, ¿te acuerdas?

…»

Sí, sí, ya lo he dicho antes. Mi primer empleo fue como encargado de un café internet. Tenía 19 años y esperaba que la UNAM me aceptara en sus gordas filas. En ese momento no lo sabía, pero ahora lo veo claramente: era una especie de cantinero. Lucy era una de los tantos extranjeros que me pedían su dosis de país nomás atravesaban la puerta. Era una de tantas, pero Lucy era bella. Blanca y delgada, pecosa, nariz aguileña y pelo corto, con una cabeza tan grande que sus ojos brillaban en desproporción de su cuerpo. Lucy me gustaba pues. Verla sonreirle a la pantalla era más estimulante que la carpeta de porno en mi escritorio. No tenía amigos en ese entonces, era nuevo en el DF y el café internet era mi universo, una burbuja estacionaria en el tiempo y en mi carácter.

…»

Vi a Lucy en dos comerciales.

En el primero la dejaban plantada en un restaurant. Su garbo y las pecas en su espalda eran la dignidad misma.

En el segundo le redecoraban el departamento. Vestía un overol color rosa. Sonreía y luego se aventaba a una cama de colcha blanca.

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Lucy era de San Martín Tucumán. Una bruja de su ciudad le había dicho que sería actriz. Ella me lo platicó una tarde que se acercó al mostrador porque tuve que reiniciar el módem. La bruja era su tía y le había recomendado viajar a México. Sería la primera estación rumbo a Hollywood y la consagración universal. A pesar de ser demasiado flaca y bajita, en sus palabras, ya estaba escrito. Esa tarde Lucy me leyó la mano: no tendrás este empleo toda la vida. Eso veo, dije yo. El módem se reinició y la conversación se desvaneció en monosílabos.

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A Lucy le escribí un poema:

Quiero tus sueños en mi oreja

sueño tu ceja

alzándose

y pidiendo mi presencia

…»

Como dije, ayer no tuve ánimo para abordarla. No quise enterarme de otra profecía que no ha sido cumplida. Su garbo aún me inmoviliza. Mi fisonomía es distinta y ella seguramente escribía a San Martín. Se me ocurrió decirle que ya no trabajo en un locutorio, pero reconozco esa sonrisa y sé muy bien que interrumpirle la encabrona. Siempre le escribe mentiras a su tía la bruja.

3 comentarios para “(…)”

  1. Alisma Dijo:

    Hola, Falso, perdón, Andrei:

    “…la verdad no tenía ánimo de apelar a la memoria de nadie”, pero, ¿quedarse con la duda no es peor?

    Saludos.

  2. costasinmar Dijo:

    Desde hace meses ninguno de tus post me conmovía. Será que permanecías inmóvil: ensimismado. Aquí cada una de las viñetas me dice cosas, cada uno de los escenarios me hacía ver situaciones y ambientes. Pero la última línea es la que me da vueltas en la cabeza. Allí hay una historia por desarrollarse, o no, en esas cuantas palabras está cifrado un personaje. Muchas referencias literarias y cinematográficas.

    (verás cómo correrán a escribirte neoplaqueta)

  3. ERRRE Dijo:

    Ya postea más no?
    Sino q hago en la chamba?
    Se te extraña.


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