Arte antiguo
Puedo decir que me tocó vivir la guerra fría. En casa el mundo se dividía en dos: lo establecido (los pinches gringos, el PRI, la iglesia católica, las telenovelas de Televisa), y lo contrario (que en ese entonces representaba la posibilidad de vivir un mundo distinto). Mis papás estaban en ese bando de lo distinto (viajaban a Europa Oriental, trabajaban para el partido socialista unificado o el sindicato universitario, buscaban su espiritualidad lejos del catolicismo, zizageaban con la programación de una ineludible TV abierta). Por añadidura, aprendí a irle a los villanos en las películas de Hollywood. Aprendí a verlos como seres humanos que quizás tenían ideales, fuera de sus estereotipos brutales. Después de todo, en mi mundo, los noretamericanos eran los verdaderamente malos. Crecí en las derrotas. Tanto las de ficción como las de la cruda realidad. Arrastro una centena de infantiles resentimientos contra lo establecido.
Eso fue la infancia. En la pubertad los contrastes del mundo se matizaron en casa. Quizá mis padres dejaron el impulso de la juventud. Quizá el fin de la guerra fría neutralizó sus deseos. Sin perder el espíritu crítico, comenzaron a expandir sus argumentos. Tanto así que pisamos el suelo norteamericano. Durante las dos semanas que estuvimos en Nueva York, mis emociones se movieron por imágenes que aún conservo. Vi a mi papá discutir en inglés con personas de dos metros. Vi a un ruso colorado conducir dentro de un taxi amarillo maloliente. Vi un graffiti. Conocí chinos, negros, guatemaltecos. Vi mujeres altas envueltas en abrigo. Miré el mundo de las series de televisión, el escenario. Entré por primera vez a un McDonalds. Viajé vestido con una camisa hecha en Alemania Oriental, y regresé feliz con un Super Nintendo. De alguna manera, al volver sentí que íbamos asimilando el mundo que se había impuesto. Me di cuenta que la guerra había terminado. Mtv, la Coca Cola, los tenis Vans entraron a casa sin resistencia.
Todo esto para decir que un año antes de ese viaje, hubo una explosión en uno de los estacionamientos de las Torres Gemelas. Al parecer un coche bomba, musulmanes. Seis muertos, mil heridos. Cuando fuimos a visitar el WTC, todavía estaban rodeadas algunas áreas con cintas amarillas, algunos escombros y fierros asomaban, señales de una explosión reciente. Parecía la escena de un pequeño combate. Y yo estaba ahí, en el escenario de la película y por primera vez no sabía de que lado estaba; nadie en realidad de mi familia. Eso, realmente, fue nuevo.
***
El once de septiembre de 2001 yo tenía que entregar un texto para mi clase de Arte Antiguo. Un resumen de manifestaciones artísticas que iba desde las cavernas hasta el final del imperio romano. No había dormido en toda la noche. Al momento del primer avionazo yo dormía en un microbús que iba sobre Tlalpan, seguramente roncaba. Antes de llegar a la escuela, pasé a una papelería a engargolar mi trabajo. En la pantalla del televisor una de las torres humeba como cigarro. Eran imágenes del noticiario. Al ver mi cara de asombro, la empleada me puso al tanto. Un avión comercial se había estrellado. Mientras ella engargolaba, un nuevo avión se impactó contra la otra torre que, al instante y sin resistencia alguna, se desplomó antes mis ojos. ¿Estaba presenciando el fin del mundo? Eso era una guerra para mí, a primera instancia, la tercera guerra. Se habían chingado a los gringos. Fui a clase con una sensación de satisfacción contenida. La clase se suspendió, entregamos los trabajos y nos quedamos a especular tomando café. Unos decían que habían sido los rusos, otros que los árabes, incluso que los japoneses. Yo no tenía idea, sólo sentía que los gringos se lo habían ganado, y que me preocupaba su reacción. ¿Reacción contra quiénes? Quién sabe.
Al volver a casa miré con mi hermano miles de repeticiones. No me enorgullece decir que destapamos un par de cervezas para festejar el evento. Miles de resentimientos infantiles ardían en esos fierros. Era un símbolo. Entre nosotros había sido un sueño de niños. Un deseo culpable con los años. No sentimos temor, nos emocionaba lo que vendría. Nada iba a ser igual, claro, pero nos emocionaba. Después puse atención en las personas que se lanzaron al vacío desesperadas, escapando del fuego. Verlas suspendidas en el aire y haber reído un minuto antes, me provocó un sentimiento de culpa que cargo todavía. Esta fecha para mí es personal. Ya les he contado que ese momento es uno de mis sueños recurrentes. Esas personas que se avientan y mueren, resucitan en mis sueños. O caen paradas y sobreviven y me piden que no despierte, que no abra los ojos. O yo soy una de esas personas que se avienta y cae en pie y corre de los escombros. Es otro más de los símbolos que no he logrado descifrar. Quizás algo de mí se derrumbó con esas torres. Y algo intentó salvarse aventándose al vacío. O es el costo de un sueño cumplido que me persigue de cerca.