Archivos para Noviembre, 2009

( )

10, 09 f

Anuncio amigos

Leo mañana miércoles 11 a las 19 horas en la sala Adamo Boari, en Bellas Artes, dentro del ciclo Nuevas voces de la literatura mexicana. Presentará Marianne Toussaint. Y leeremos: Askari Mateos, Fernanda Melchor, Javier Said Estrella, Rafael Toriz y quien esto postea. Suena bastante bien la mesa. A ver cómo me va.
Me acaban de llamar para avisarme que se cancela la lectura. Esperemos que se reprograme pronto.

…»

4, 09 f

52404Perros amarillos

Miro la carretera, escucho a The Vaselines y siento que tengo algo que decir sobre perros amarillos. Cuando viajo me ocurre que no tengo otra cosa qué hacer más que pensar. Algo en el paisaje amarra una reflexión a un recuerdo y tengo que contener las ideas que se tensan a partir de ese nudo hasta poder apuntarlo. Son seis horas hacia Oaxaca. Suficientes para estructurar tres cuentos malos y olvidarlos. Esta sensación me angustiaba hace tres años, ahora yo mismo olvido traer una libreta a la mano. Imagino que escribo un post. Un poste inspirado en un poema leído apenas, un poema acerca de libros, escaleras y perros amarillos. He escrito sobre la ansiedad que me producen los libros apilados y sobre las escaleras que han habitado mi vida, pero nunca he hablado de perros amarillos. Y mi blog es un perro amarillo, uno que me mira a los ojos en medio de la madrugada, que camina a mi lado y pierdo de vista con frecuencia. Un perro amarillo que en este momento tengo amarrado al miedo, un perro que temo corra, se tropiece o muerda. Un perro amarillo que mato de hambre.

Intento atrapar el post en la mente, estructurarlo aquí mismo, en el autobús. Pienso en hablar primero sobre lo estimulante que es contener la inspiración en la carretera, luego citar el poema sin entrar en su contenido, hablar del descuido de mi blog y cerrar con una anécdota sobre perros amarillos. Busco un episodio de mi vida que pueda hilar todo aquello sin alterarlo demasiado. Pienso en las madrugadas en que E. me pedía que lo acompañara a caminar sin sentido.

Su padre acababa de morir. Me dejaban pasar la noche en su casa para animarlo. Teníamos trece años. El Nintendo nos aburría y aún no conocíamos la aparente calma de la cerveza. Cenábamos hamburguesas, mirábamos la tele hasta que terminaba la programación y ya intuíamos que dormir era triste. Salíamos entonces a caminar a las dos de la mañana.

No hablábamos. Yo no conocía lo que E. estaba pasando. Intentaba producirme su estado de ánimo pero mis padres dormían en casa, no sentía una necesidad auténtica ni propia para caminar en una madrugada tan peligrosa. Lo único que entendía era que E. necesitaba un observador. Miraba entonces nuestros pasos, los faroles, las paredes azules, los coches estacionados, miraba todo como si leyera un libro complejo que entendería en el futuro, un libro con palabras que estaba dispuesto a aprender.

Una noche se apareció un perro amarillo de ojos negros. Nos miró avanzar hacia su esquina. Nos siguió con la mirada y se levantó a caminar detrás de nosotros. Al principio no nos dimos cuenta, era normal que los perros indagaran cuando pasábamos cerca. Lo miramos después de una media vuelta que dimos los tres.

El perro nos siguió toda la madrugada. Sin que nosotros cambiáramos el paso, se adelantó a orinar en los postes y se detuvo a olfatear en los montones de basura, siempre esperándonos o alcanzándonos como si fuera su deber. Yo me sentí respaldado en mi labor de observador. E., me dijo después, se sintió protegido. A partir de entonces nos acompañó un perro callejero en nuestras caminatas, como si se hubieran pasado la voz: observar y cuidar a dos humanos callados en medio de la madrugada.

Sigo con la mirada en la carretera. Cuando me conmueve algo que leo, pienso en esos perros amarillos. Cuando siento empatía por algo que no alcanzo a comprender, aparece la mirada de esos perros en la noche. Como si desde entonces hubieran tratado de revelarme algo. Me entusiasmo con la idea de revivir a los perros que caminan a mi lado en las madrugadas mentales. Pienso que sería bueno llegar a casa cuanto antes y escribir esto, como si escribir fuera mirar el caminar de esos perros. Redactar y cerrar con una cita: Yo tengo poco que decir: libros, escaleras y perros amarillos.