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Postes pasados. Parte 2

Misma introducción. Misma advertencia. Mismo deslinde.

1 nov

Mientras atravieso de nuevo los 570 km, pienso que el blog es una carretera, camino también lleno de retenes, de curvas, de tramos en reparación y tráfico irritante; y los posts, ahora lo escribo, son los postes de teléfono que dejas atrás, uno tras otro, y que pasan tan rápido como la velocidad de tu vehículo lo permite. A veces uno es ciego. Leo pero no leo. En mis pantorrillas me encuentro moretones, mi garganta no dice nada.

Una noche antes, en un bar de la Roma, junto con Luza, Karime y yo revivimos viejas aventuras de quinceañeros. Somos una foto fija distorsionada por el tiempo. Seguimos con una cerveza en la mano. Me platican cosas que yo ignoraba de mí; recuerdan otras, y yo invento algunas. Duermo por momentos, ellas continúan con las carcajadas y, al final de la noche, sin querer me salgo sin pagar.

Horas antes: Karime habla por su teléfono celular antes de salir del palacio de los deportes. De las cuatro personas agrupadas a su alrededor, una me reconoce. Lo veo reconocerme y lo saludo mientras Karime grita. Yo grito y la abrazo. Todos gritamos. Las coincidencias, siempre lo he dicho, chingá, las coincidencias.

Minutos antes: Contagiado por la euforia colectiva, pero insatisfecho por el lapso de tiempo, salgo del concierto de Daft Punk con una sonrisa en la cara. No me había dado cuenta de lo fan que era hasta ahora, no dejé de brincar, de gritar al ritmo y la intensidad de sus sube y baja. Me emocioné como si fuera 1998, me sentí de nuevo en una etapa de la perpa. Volteo y abrazo a las dos mujeres a mi lado. Compartimos la misma euforia-insatisfacción. Me entra nostalgia. Salimos y antes de bajar por las escaleras: Karime, de lejos, hablando por su celular.

2 nov

Hay ausencias que completan. Que ayudan a rellenar el vacío.

1992. En ese entonces tenía un amigo que me llevaba a todas partes. Sus papás le habían prometido una mascota y ahí estaba yo, en casa de quien sabe quien, ayudándole a escoger, de entre media docena de cachorros, al que habría de ser su nuevo perro. Tal vez porque la madre era una chihuahueña llamó mi atención una borla blanca que, apartada a dos metros de los demás, panza arriba, mostraba con orgullo su diferencia. Atravesé la puerta del patio y caminé hacia la pelusa blanca, su panza rosa llena de pecas se estremeció al percatarse de mi sombra, se incorporó de inmediato y, viéndome con indiferencia, desvió la mirada hacia la nada. Cuando vi la mancha de su oreja izquierda, le dije a mi amigo: éste. Ah, pero esa es hembrita, dijo la dueña. Entonces no, dijo la mamá de mi amigo, luego es un relajo, ¿verdad?, además vinimos por un chihuahueño. Esa tarde, cuando volví a casa, sentí lo que después llamaría frustración. En ese entonces era berrinche y me sentía culpable. Llegué con la firme intención de pedirle a mi mamá ese perro. Pero no sabía cómo decirle, qué pretextos ponerle, que justificaciones darle. Nunca antes me había atrevido a pedir una mascota. Era algo imposible; mis alergias, la enfermedad, la higiene. Y para colmo era hembrita, como había dicho la dueña. Entré, pues, a mi casa, prendí la televisión y me quedé callado.

Hace un mes que estuve acá en Oaxaca, una noche, abrí el refrigerador y me preparé un sándwich. Al cerrar la puerta del refri, la Peke estaba ahí, viéndome con indiferencia. En su oreja izquierda, aquella mancha oscura, noté, parecía mugre. Me acordé tanto de la primera vez que la vi, que dije: ¿será la última vez que te veo, Peke? Ella me sostuvo la mirada, le ofrecí un poco de jamón y se dio la vuelta. Alcé los hombros y le di una mordidota desenfadada a mi sándwich.

Callado pues, seguí con la mirada en la televisión toda esa tarde. Al atardecer sonó el timbre. Abrí la puerta. Era mi amigo. Ven, me dijo. Enfrente, estacionada al lado del camellón, alcancé a vislumbrar la sonrisa confidente de su madre. Cruzamos la calle y, para no ser atropellados, nos paramos sobre el camellón de arbolitos recién sembrados. Mira, dijo la mamá, mientras su hijo caminaba hacia otra casa. Sacó una caja naranja. La tomé. Adentro: una perrita chihuahueña y la borlita blanca que me había mirado con indiferencia. ¡La pecosa!, dije yo. ¿La quieres? Sí, pero no me van a dejar. Dile a tu mamá que sólo son 50 mil pesos, que si no la van a dejar en la calle. No sabía qué hacer. Mi amigo volvió con mi vecino: mira, le dijo. Quizá del temor de ver a la pecosa en el patio de otro fue que saqué el valor de pedírselo a mi mamá. Tomé a la borlita blanca y le dije a mi vecino que la suya era la otra. Corrí a mi casa a pedir 50 mil pesos y, creo, quizá por la convicción con que pedí a mi pecosa, nunca nadie de mi familia, a pesar de mis alergias, puso ninguna objeción.

En febrero de este año cumplió quince años. No me dolió tanto su muerte como no haberme dado cuenta de ello. Ayer en la noche no me percaté de que no había una borla blanca rodeándome los pasos. En la madrugada escuché tanto ladrido de perro que al despertar le dije a mi mamá: ¿será que los perros saben que es día de muertos?, ¿por qué chingá ladran tanto? Hablando de eso, dijo, ¿no te hace falta nada? Pensé que insinuaba que los muertos habían bajado a robarse algo. ¿No te hace falta nada?, repitió. Su mirada estaba tan abierta que temí en serio. Imaginé que alguno de sus muertos se había materializado.

Sobra decir que la pecosa se convirtió en parte de la familia. Comenzamos a llamarle Peke y en algunas reuniones, cuando nos referíamos a ella, la gente pensaba que hablábamos de una persona. No quiero aquí explicar por qué para nosotros sí era un ser humano, pero puedo decir que era alérgico al pelo de perro, menos al de ella. Mientras viví en Oaxaca, durmió conmigo todas las noches. La primera vez que hablé por teléfono con una novia, ella estuvo en mis pies durante las seis horas seguidas. La primera vez que llegué borracho a casa, ella fue la que tardó en reconocerme. Y la inmensa mayoría de mis amigos entrañables la conocen, es decir, la conocieron.

Después de que mi mamá confesó la muerte de la Peke, la comida se convirtió en periódico. No pude creer mi terrible olvido. No me había dado cuenta de su ausencia, me sentía el más despreciable de los seres. Cómo podía decir que la quería; cómo podía, en mi imaginación, afirmar que extrañaba a mi mascota. Abrí la puerta y miré hacia el camellón. Al lado de ese árbol, señaló mi mamá, ahí la enterró tu hermano. Caminé hacia ella, hacia el montón de tierra. Guardé silencio. Miré hacia abajo. No supe qué hacer, ni qué decir, ni qué pensar; cualquier movimiento era terrible, no me había percatado de su ausencia, cualquier manifestación de dolor hería lo que de ella había en mi memoria. Decidí callar con sinceridad. Y, como patadas al estómago, me azotaron los recuerdos.

También fui niño, y alguna vez esa ausencia llenó mi mundo, pensé, tuve que llorar.

4 nov

Pumas ocho, Veracruz cero, alcanzo a escuchar desde el fondo de mi cama. La noche empezó con la tamaliza en casa de Karime. Me llamó la atención la mezcla extraña que hacemos sus amigos. De alguna manera, gracias a que Oaxaca es una ciudad pequeña, los he conocido por separado, en diversas circunstancias del tiempo y del espacio. La conversación era fluida, llena de recuerdos suculentos, pero escasa de ánimo por construir nuevos. Una noche antes la fiesta fue pesada para todos y, mientras degustábamos la masa del tamal, sentíamos el estómago crujiente y cansado. Uno que otro, de plano, bostezaba. Por ahí alguien se encontró un mezcal que nos sacó a la calle con las mejillas enrojecidas. A mí hasta ganas de bailar me dieron. Éramos todo ánimo y amistad.

Medio abro los ojos. ¿Pumas ocho? No he dormido lo suficiente, llegué apenas a las 8 de la mañana. Salimos de casa de Karime, toda la banda diversa, y tuvimos que ir al café central, que cumplía años y había anunciado salsa en vivo. Demasiado lleno y reticente para mi sensibilidad antrera. De plano a veces hasta nos azotaban la puerta. No sé cómo, después de media hora, logramos entrar, la mayoría se quejaron del precio y de que estaban los mismos de siempre. A mí me pareció bien la idea, pues a los mismos de siempre casi nunca los veo. Parecía la fiesta de alguien, una vez al año no hace daño conocer a todos en un bar, con ese fui a la primaria, ella es mi ex, ella también, él es amigo de mi prima. Las cervezas oscuras, los abrazos, los besos, casi nada de luz y casi todos expuestos. Yo, la compañía ideal, y el momento era perfecto.

¿Pumas ocho? Sudo, la cabeza me punza ligeramente. Después del bar regresamos a casa de Karime al recalentado. Platicamos sobre la noche, los anteriores cumpleaños, el graffiti, nuestras obsesiones tenuemente soslayadas por el paso del tiempo. Alejandro me contó una anécdota sin recordar que yo iba esa misma noche en la misma camioneta con la misma ambición de pintar el mismo muro de contención. Un sentido contrario en una autopista federal que nadie quería recordar. Curiosamente, a pesar de que en ese entonces ni siquiera nos dirigíamos la palabra, varios de los que estamos en el recalentado estuvimos esa noche, sin saber que nueve años después compartiríamos un amanecer tan extraño. Nadie quiso imaginar que es lo que pudo haber pasado. El mismo conductor de esa madrugada lejana, me llevó de nuevo a mi casa.

¿Pumas ocho cero al Veracruz? Aunque sólo haya dormido cuatro horas, eso tengo que verlo. Y me despierto.

6 nov

De regreso en el de efe. Ayer, todavía en Oaxaca, fui por mi sobrina a la escuela. Me dijo tío al verme, le sonreí y al verla tan tierna en su uniforme, a sus escasos tres años de edad, no pude evitar confesarle que le quedan, por lo menos, veinte años más de rutina escolar. La abracé, le di la mano. Vi la tarea para la próxima semana y no pude dejar de imaginar las toneladas de papel que le esperan. Cómo quiero a mi sobrina. Debo regar las plantas de la casa, ya están medio secas.

7 nov

Desde hace un buen rato que no publico nada en el blog. Y hay tantas cosas que he querido decir.

Se me ocurre escribir un post que enumere los días. Un exhaustivo ejercicio de memoria, pero crear la apariencia de haber sido escritos con el paso del tiempo y no en una sola sesión. Al paso de los días coserle una preocupación interior. Al impacto de los cambios, envolverle un sutil crecimiento.

Un post que haga olvidar la ausencia. Imágenes que oculten mi escondite. Palabras, sonidos que opaquen el verdadero silencio. Ideas que justifiquen mi pereza, mi torpeza, mi conformismo y la tristeza.

8 nov

Ayer terminé a las seis de la mañana el post-mes, le puse postes pasados parte 1 porque ya no pude más y todavía hay tantas cosas qué decir. Ya después escribiré la segunda parte. Al releerlo veo que me quedó muy cursi, pero es tarde para cambiarlo. Me parece que el blog es un género basado en la inmediatez, y sería cobarde corregirlo y repensarlo. Es como el presente, es el presente y en primera persona. Para eso están las fechas, si uno siente eso en ese momento, por muy idiota que parezca al otro día, creo, así debe quedarse, como testimonio del crecimiento o decrecimiento. Algo debe darle forma a las reflexiones. De algo debe estar hecho el tiempo.

9 nov

Mastico una torta de tres jamones diferentes. Me limpio la mayonesa en un cachete con una servilleta. Enfrente de mí, también mordiendo una torta, está Oscar. Hoy es uno de esos días extraños en que atravesamos la ciudad. Parecemos cansados. De la portales a la roma, luego a las lomas y de nuevo a la portales. El nuevo horario nos fatiga con su fugacidad. Pedimos la cuenta y, a lo lejos, Olinka camina con su sonrisa hacia nosotros. Parece contenta.

Seis y media. Metro portales hacia metro chabacano. Transborde a línea café hasta Pantitlán. Transborde a línea A hasta Santa Martha Acatitla. Odio decirlo, se me sale el fresa y me quejo. Caminamos hacia el microbús que nos deja en la ex cárcel de mujeres. Estamos hasta aquí por mí. Bajamos, atravesamos como podemos la avenida y entramos a una preparatoria. Llegamos tarde. Quizá sin saberlo, Oscar y Olinka son los testigos de mi primera lectura en público. Leen otros, me siento y luego viene mi turno. Tomo el micrófono y me transformo en el personaje de mi cuento.

Por primera vez dedico libros a gente que no conozco. No sé exactamente qué decirles, no puedo con tanto poder, ¿cuál debe ser el mensaje? Cree en Dios, se me ocurre, sigue el camino de tu corazón, sólo se vive una vez, consume drogas, gracias por venir a mi primera vez, viaja sin moverte de lugar, no dejes tu lugar, no dejes que Dios crea en ti, no dejes que las drogas entren a tu casa, lee para que yo también lea, algunas de las frases que, a quemarropa, alcancé a redactar. Tendré que pensarlo mejor para la próxima.

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Después de la lectura, asimilo algo extraño. No sé si he comenzado o terminado. Siento que estoy muy abajo, y todo el peso arriba me apachurra y me empequeñece. A la salida nos confunden con maestros. Dentro del camión, y dentro de mi egocentrismo exacerbado, me imagino en una mesa relatando esto.

Llegamos al centro de Coyoacán a la despedida de Osvaldo, despedida que al mismo tiempo se pospone, y entonces se convierte en el festejo post primera lectura.

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10 nov

Ayer en la noche presumí los años que llevaba sin sufrir una cruda. Y hoy amanecí con la peor de todas. Como no tomé demasiado, sospeché del trago que le di a mi nueva botella de mezcal. La cabeza me dolía como nunca y las náuseas me perturbaban. En la noche Lulú nos prestó su coche para llegar tranquilos a casa y, como se nos hizo tarde, en él nos fuimos a nuestras juntas. En el camino, en la calle de Mérida, de la nada, después de años de no hacerlo, quizá diez, me puse una botella de Gatorade en la boca y vomité. El tino que tuve fue sorprendente. Ni una gota derramada. Cuando Oscar pudo detenerse, bajé de inmediato y, a pesar de sentirme el ser más vil del universo, y frente a gente con la mirada aguzada, descargué todo el malestar sobre una inocente pared de la colonia Roma.

No obstante, o gracias a ello, el día se desenvolvió con normalidad.

Al desocuparnos, teníamos que llevarle el coche a Lulú hasta el estacionamiento del Colmex. Al entrar a insurgentes supimos que no sería fácil. Cuatro mil semáforos, millones de coches y tan sólo dos carriles, además del desconocimiento de rutas alternativas.

Oscar, Lulú y yo, cerca de la ENAH, tomamos un taxi. Hacia la refaccionaria Continental de la Joya, por favor, dice alguno de nosotros. Antes, después de pasar Churubusco, el coche de Lulú comenzó a entorpecer el cambio de velocidad, a sonar como carcacha, a calentarse por dentro y a apestar a gasolina. Nuestro conocimiento en mecánica, casi nulo, nos hizo pensar lo peor y, sin embargo, jamás nos detuvimos.

Compramos la bovina de encendido y entramos a una rifa prometedora: auto y viaje para todos en caso de ganar. Echamos los boletitos y volvemos al taller mecánico. Antes, en el momento de más preocupación, Lulú nos envió mensaje de mejor vernos en la ENAH, porque ya se le había hecho tarde. Pudimos habernos detenido y hablarle y confesarle la verdad, decirle que su auto jamás volvería a caminar, pero, entre pros, contras y nervios e indecisiones, llegamos a la ENAH con todo y cochecito, asustados, pero con todo y cochecito. Le platicamos, minimizamos el asunto, la acompañamos a sus pendientes e incluso nos tragamos unos tacos. Cuando volvimos al auto, al arrancar, el olor a gasolina era tan intenso como el calor adentro y tan tosco como el avance.

Un día largo. Teníamos que encontrar un mecánico cuanto antes. Dimos con uno dándole vueltas a las calles. Ya ahora volvemos con la bovina de encendido previamente diagnosticada, se la colocan y como si nada el auto vuelve a la vida.

11 nov

Fin de semana de tranquilidad, películas, lectura y televisión.

12 nov

Ya empezó la muestra y yo ni en cuenta y sin dinero. Esta vez, todo parece indicarlo, no veré tantas como quisiera. Seguramente el cheque saldrá hasta la semana que viene y además se avecinan todo tipo de gastos. Sólo dos no puedo perderme: de nuevo espero sorprenderme con Roy Andersson, y Wes Anderson es una garantía.

14 nov

Karla, en visita relámpago, me platica sus problemas personales. Estamos sentados en el parque Juan Rulfo y a simple vista reconocemos una docena de ratas. Una, agresiva, pasa detrás de nosotros. Esta ciudad es horrible, dice ella. Sí que lo es, respondo, pero, ya en la mente, no recuerdo jamás haber sentido una rata tan cerca.

No puedo dejarla sola. Siento que a cada paso una rata pasará cada vez más cerca de ella. Quizá por eso a mí no me gusta Puebla, pues en cada cuadra que camino, proliferan pipopes y, ahora lo veo, quizá sólo lo imagino.

15 nov

Tengo que publicar de nuevo en el blog. Otra vez tendrá que ser un poste largo y pesado. Vengo recién llegado del reencuentro de Soda Stereo, así que tengo un sueño tremendo y no creo que sea buena idea comenzar desde aquí el nuevo juego.

18 nov

Ayer en la noche cociné. Tan sólo con ver los ojos que puso cuando le serví el platillo principal, todo valió la pena.

Hoy amanecí con ganas de escribir, pero algo estremecedor en serio, no como para un blog.

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Postes pasados. Parte 1

Como diario. Todo lo que a uno se le ocurre en el día, bosqueja en la mente, transcribe al cuaderno o al word o a la memoria, y luego no se atreve ­‑por alusiones personales, pena o nociones de control de calidad- a postear siquiera.

Advertencia: Hablo mucho de mí.

Deslinde: esto es un blog.

5 oct

Me explico a través de otros. El messenger. Mientras no dejo de confundirme en los pensamientos y las risas, mi amiga platica con entusiasmo el vuelco que ha dado su vida, vuelco impulsado por un, digamos, un nuevo conversador de messenger. La leo y leo a alguien más y comprendo cosas que no me tocaban comprobar.

Me hubiera gustado explicarme a través de otros hace un año, en cambio, intentaba explicarlos a través de mí, como si yo fuera la ventana por donde todos teníamos que mirar.

6 oct

Quizá sea porque no tengo ni un centavo y debo pedir y pedir prestado, pero me costó mucho trabajo despertar esta mañana. Quiero echarle la culpa de mi tristeza al dinero, al departamento que me mira y levanta los hombros mugrientos, quiero echarle la culpa a mi almohada, a la toalla, a la escalera, a la distancia, pero ni siquiera me alcanza para un taxi. Ni siquiera podría darle rumbo al taxi.

Quizá sea porque no hemos podido cobrar ese cheque pero no tengo ánimo de nada; ni de dar vueltas por la colonia ni de correr ni de comerme un pollo rostizado.

Es porque no tengo dinero, pero el domingo pienso muchas cosas. Y tenía que ser sábado. Siento que mi teléfono celular suena y suena a cada momento, y cuando suena me espanta horrores, me pone nervioso.

Extraño tanto a nadie que disfruto del café en la mesa con los ojos al techo clavados; comprar el periódico o releer la novela que tengo que reseñar o dormir la tarde entera o timbiriche la nueva era. Hoy es un día para subir la escalera.

Quizá sea por eso, por el dinero o mi teléfono, pero de donde necesito mudarme, creo, es de mí.

7 oct

Ayer, a pesar de no tener un centavo, pasé una noche genial. Vi a Olinka después de mucho tiempo y, sabedora de mi situación financiera, cumplió mis deseos de cerveza. Le debo.

Sus amigas, el antro y la conversación. Poco aire; nada de vista chingona a pesar de la ubicación y de la altura. Pienso en canciones de navidad, y en mujeres, y de inmediato, mientras me seco el sudor de la frente y escucho mi respiración agitada, noto que mi pantalón me aprieta en la cintura. He subido de peso. Tortas, tacos, tamales, cervezas en el refri, envases de cerveza en donde sea, tristeza, condones en la nevera.

Pero bailo. Tengo el poder de pasármela bien a pesar de mis reflexiones autodestructivas. Soy un agente secreto que esconde sus armas en la maquinaria de un cronómetro.

Llegan Lanza y Osvaldo al lugar. La fiesta tiene que seguir, eso es un hecho.

¿Nos vamos o nos quedamos? Los bolsillos vacíos me provocan inseguridad. No puedo decidir, ni tengo el poder de inclinar ninguna balanza, pienso, ni siquiera puedo inclinar mi panza, siento que debería dejar de sonreír. Subimos a los coches y pasamos al Oxxo por más cerveza.

Bajamos. Caminamos una cuadra, dos, tres. Osvaldo y Lanza se adelantan. Nos acercamos y sólo alcanzo a escuchar.

Osvaldo: ¿Aquí es la fiesta de Brrbrbrbr (indescifrable)?

Tipo de la entrada: ¿cdoaje (indescifrable)? Sí, pásele.

Entramos. Música terrible. ¿Seremos los más feos de la fiesta? Al menos sí quienes gastamos menos en el atuendo. Cervezas gratis. Meseros que las destapan. En la fila para el baño uno es capaz de entablar amistad e incluso perpetuarla. No importa en donde estés, recuerdo que se dice, sino con quienes. Así que estamos juntos en donde sea, el mejor lugar en donde podríamos estar.

Me entero que somos los más colados del universo. No entiendo exactamente cómo hemos entrado, no nos une ningún lazo con nadie ni nada, no era esa nuestra dirección pero en la entrada nos vieron cara de invitados, o al de la puerta no le interesa nada. Nos carcajeamos. Ganas de aprovecharlo todo. Incluso la música se torna fascinante. El baile se enciende y la noche se esconde en las cervezas.

9 oct

El viernes fui al departamento de Vania y me sugirió vivir ahí mismo, ya que ella paga demasiado por casi no estar y yo pido a gritos compañía. Parece que es justo lo que esperaba, que de la nada surgiera esa posibilidad.

Hasta pasó por mi mente comer saludablemente. Como si fuera magia o un punto de partida. Una especie de limpia o cambio de piel. O un símbolo.

En ese momento le respondí con entusiasmo que lo pensaría, pero tenía mis dudas.

Así que lo he estado pensando y me he decidido: lo haré, me gustan los cambios de la noche a la mañana.

Hoy nos invitó Xochitl a cenar en su casa. Le voy a llamar a Vania para decirle que me lleve las llaves. Para cambiarme cuanto antes a su casa. Sin querer vuelvo a un círculo que sentía desmoronado. Las vueltas de la vida.

Y todo porque me la encontré la noche de mi cumpleaños en Oaxaca. Tenía años de no verla y ahora pienso en vivir con ella. Quizá la alejé porque conoce mi lado menos humano, y quizá por eso, justo ahora que puedo verlo, la quiero cerca.

11 oct

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Oscar, a mí y a Peñuelas, nos utilizó para actuar en su video. La primera locación fue en mi casa, la que será mi antigua casa. Mientras grabábamos me despedía. La escalera, los botes de agua apilados, la barda taggeada, la cama, la mesa del comedor, la puerta sin chapa. Iluminaban algún rincón y, sin querer ellos, coloreaban la memoria.

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12 oct

Son los subproductos los que importan.

Este año me propuse escribir una novela. Redacté y redacté, pero mientras no daba con lo que buscaba, paralelamente, escribí cuentos que ahora entiendo.

La novela ha entrado a las tinieblas de la hueva, pero su ausencia es el hilo secreto de los cuentos.

La felicidad es un subproducto. Mientras uno la busca, su ausencia, ese hilo conductor de los días, de pronto aparece y se saborea. A veces en forma de nostalgia.

13 oct

Quedé con Ira de ir juntos a una lectura de poesía. Yo que había prometido no volver a ese tipo de eventos. En el camino imaginé que cada pose dejaría caer sobre nosotros versos apelmazados, ritmos entrecortados, metáforas aburridas. En el camino pensé que ningún poeta de mi edad podría sorprenderme, que ya estaban muertos. Ira sólo llegó al final y yo me tuve que soplar a todos los poetas, tragarme mis palabras y reconocer que todavía se me puedo asombrar sólo con versos. Omar Pimienta es duro como la libertad y tiene tantas cosas que decir que evita decirlas mientras uno escucha su poema. Karen Á. Villeda es audaz y corre el riesgo de tropezarse con su ritmo, mientras uno queda atrapado en su atmósfera. Y eso que no escuché a Balam ni a Carlos. Esa lectura de poesía se convirtió en comida y luego en conversaciones tranquilas y entretenidas.

14 oct

Vengo de ver Luz Silenciosa con Lulú, y me he puesto a pensar si algún día filmaré. Los domingos como hoy uno amanece con ganas de serlo todo: escritor, cineasta, videoasta, poeta, el mejor diseñador, tener mucho dinero. No he podido mudarme todavía. Tengo que esperar a que mi papá me preste su camioneta. Vania estará en Oaxaca como mes y medio más, justo el tiempo para adaptarme; por eso ya me urge entrar y comenzar la nueva etapa.

Me he puesto a pensar si en realidad estaré encaminado. Para hacer una película como Luz Silenciosa, de plano no, por más nombre ruso que tenga no creo que pueda salir algo así de mí, ¿pero estaré encaminado para algo? Y entonces me pregunto, ¿seré ególatra al confesarlo?, entonces me pregunto: ¿qué es lo que yo tengo que decir? Y, si en realidad tengo algo desde el fondo para decir, ¿a través de qué? ¿Los cuentos enlazados por una novela ausente? ¿Los postes que hablan sobre mí?

De hecho ayer en la noche fui a tomarme unas cervezas con Omar Pimienta y lo agobié con mi conversación vocacional y todo esto. Todo esto de escribir sin sentido para poder escribir la esencia, esa obsesión por publicar y saber que se anda por el buen camino y obtener reconocimiento. ¿Filmaré? Lo curioso es que la mitad de la madrugada nos la pasamos buscando un bar que no encontrábamos, y, cuando lo encontramos, estaba cerrado. Ahí me di cuenta de algo. Quizá por eso hoy amanecí con ganas de escribir. Caminamos de regreso y nos metimos a un bar que al menos nos permitió conversar.

Ahora me doy cuenta que quizá Omar no llegue a filmar una película como Luz Silenciosa, pero me alegra adivinar que no le importa. Él camina hacia los bares, aunque estén cerrados.

15 oct

Mucho trabajo en Se Hacen Rótulos. El otro día alguien me dijo que si algún talento tengo al escribir, está en mi capacidad de darle tantas vueltas a las cosas más simples. No supe si era en serio, pero pregunté que entendía por simple. Lo cotidiano. ¿Pero qué es cotidiano?, pensé. No pregunté más.

Yo pensaba que mi talento era hablar de mi miedo a la muerte sin nombrarla. Y entonces, me dije hoy mientras cargaba los cajones llenos de libros hacia mi nueva casa, todas las cosas cotidianas son eso, son tapaderas de nuestro miedo a la muerte, lo simple es la capa que oculta el abismo. Ahora vivo en un cuarto piso.

Se suponía que mi papá me ayudaría en la mudanza, pero el sábado se cayó en el aeropuerto y no puede ni siquiera inclinarse. Así que yo, desesperado por cambiarme de casa, decidí hacerlo solo. Puse mi ropa en bolsas, llené los cajones de la cómoda con libros y revistas y, junto al colchón y la computadora, subí todo a la camioneta a manera de primer viaje.

No puedo más, estoy exhausto. Pondré un poco de música para hacerme compañía y dejaré de escribir. Me gusta la vista del departamento, una mancha de luces sobre fondo negro. Una nueva soledad.

Mañana saldré a dar una vuelta a la colonia, a buscar mi nueva cotidianidad, y luego continuaré con la mudanza. Pero esta vez pediré ayuda

17 oct

1am. Después de contener mi enojo, subo a un taxi.

Yo (con 4 cervezas encima): Todo Tlalpan porfa, hasta el metro portales.

Taxista: Tienes cara de mujer.

Yo (aterrado): ¿Eh?

Taxista: Te encabronaste con una, con una vieja, ¿no?

yo (aliviado): ¿Eh?

Taxista: Ni todo el amor ni todo el dinero, mano. Como diría mi abuelo.

Yo (sin saber si tiene ganas de hablar o de callar): ¿Tengo cara de qué?

Taxista: Te aguantaste un coraje, ¿no? Te enojaste por una vieja.

Yo: ¿Se me nota?

Taxista: ¿Era tu chica?, o nomás te encabronas solo.

Y que me suelto.

Taxista (después de escuchar mi berrinche): ¿Sabes cuál es tu problema? Que imaginas ahí donde no hay nada, se me hace. Te gusta mucho.

Yo: ¿Si verdad?

Taxista: Mientras más lo imaginas, menos sale.

Yo: Chale.

Taxista: Pero chingá, si llegan solas. Tú no te muevas, llegan solas. ¿Sabes que diría mi abuelo?

Yo: Dime, porfa.

Y que se suelta.

Yo (después de sabios consejos): En esta a la derecha, luego en la otra y en la otra.

Taxista: ¿Cómo ves?

Yo: Pues sí, tienes razón. Chale, pensé que me la iba a pasar bien hoy.

Taxista: ¿Aquí?

Yo: Sí, gracias.

Taxista (mientras se para): ¿Ya ves? Así son las cosas.

Yo: ¿Cuánto te debo?

Taxista: Te iba a cobrar 100. Pero dame 50. No vale la pena que gastes tanto.

Pago. Cierro la puerta.

Yo: Gracias carnal. Salúdame a tu abuelo.

El taxi arranca.

Abro. Subo cuatro pisos. Entro a la nueva casa.

19 oct

Estaba bien triste y tenía muchas ganas de salir. A Peñuelas le aprobaron su proyecto y estaba feliz, tenía muchas ganas de salir.

Salimos.

Tuvimos una vista espectacular del centro histórico.

Cambié mi rutina y pedí té.

Como en Messenger, mientras yo aventaba una línea que explicaba mi tristeza, ella soltaba una que irradiaba su felicidad. Nos comprendimos a la perfección. Pedimos la cuenta.

Bajamos por el elevador y decidimos tomar una foto mental.

20 oct

Mucho trabajo. Me preocupa la presión, parece que aumentará tamaños insospechados. ¿Y si todo se sale de control? ¿Y si no encuentro a quien llevar a la inauguración?

 

 

21 oct
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Se acaban de ir Osvaldo y Lanza. La fiesta de Olinka que también fue la bienvenida a mi nueva casa, que también fue el cumpleaños de Osvaldo y el de Gaby ausente, duró dos días. Ahora debería ir la cama. La frase: Qué capacidad tenemos para divertirnos en cualquier parte.

26 oct

Por fin terminamos con esa chamba. No sé cómo lo logramos. Abusamos de la suerte, supongo. Para colmo se me juntó con la entrega de las reseñas. En el starbucks, mientras planeábamos la resolución de cada nuevo contratiempo, Oscar terminaba los diseños y yo leía lo que podía. Hasta que sonaba de nuevo el celular.

Pero ya ayer nos vestimos de traje. Me puse corbata. Concluimos. Resolvimos lo que teníamos que resolver. Todo terminó. El centro comercial se inauguró. Marcela nos tomó una foto, bebimos vino, comimos fresas y huimos hacia unos tacos de cabeza.

28 oct

Hoy cambió de nuevo el horario y no me di cuenta, prendí la televisión y los pumas seguían corriendo por la cancha.

Estuvo apunto de acabarse octubre sin que yo volteara a ver su luna. Ayer en la noche, supuestamente, tenía una fiesta de disfraces. Fui al mercado a ver qué había. Me compré una playera de Freddy, y maquillaje y sangre ficticia.

Toda la semana estuve lleno de presiones.

Tal vez por eso ayer en la noche después de los disfraces y la cumbia, el frío era encantador. La noche había terminado. Estábamos en la esquina de siempre, las gotas de aguanieve estallaban en mi rostro y la luna estaba enorme. Las noches de octubre son las mejores, dije, y ella respondió que sí. Una noche antes me había sentido desdichado, fuera de lugar, justo en esa misma esquina; y en ese momento, mientras ella respondía, sabía que era el lugar indicado, la temperatura idónea, aunque el amanecer era inminente.

Desperté alegre. La tranquilidad me hizo disfrutar las horas. Decidí dar un paseo y me dije que no hay nada como caminar abrigado por la calma.

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Foto del Lanza: El Andrei, en los últimos días en su antigua casa, graba un video y recuerda cuando llegó ahí.

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123pormí project: colectivo de creación audiovisual que pasea.

Oscar, Lulífera, Marcela, Andrei, Osvaldo, Lanza. Cada domingo, un año.

¿Que qué hacemos? Tomamos café mientras preproducimos videos.

Arriba la era del youtubeclub. Abajo la televisón; abajo las programaciones y sus horarios. ¡Son la edad media!, ¡el retroceso! ¡Guerra a la televisón! Al menos hasta que nosotros aparezcamos en ella.


Blog de Andrei Vásquez
[La imagen de arriba es provisional. No conozco al autor]

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