Postes pasados. Parte 2
Misma introducción. Misma advertencia. Mismo deslinde.
1 nov
Mientras atravieso de nuevo los 570 km, pienso que el blog es una carretera, camino también lleno de retenes, de curvas, de tramos en reparación y tráfico irritante; y los posts, ahora lo escribo, son los postes de teléfono que dejas atrás, uno tras otro, y que pasan tan rápido como la velocidad de tu vehículo lo permite. A veces uno es ciego. Leo pero no leo. En mis pantorrillas me encuentro moretones, mi garganta no dice nada.
Una noche antes, en un bar de la Roma, junto con Luza, Karime y yo revivimos viejas aventuras de quinceañeros. Somos una foto fija distorsionada por el tiempo. Seguimos con una cerveza en la mano. Me platican cosas que yo ignoraba de mí; recuerdan otras, y yo invento algunas. Duermo por momentos, ellas continúan con las carcajadas y, al final de la noche, sin querer me salgo sin pagar.
Horas antes: Karime habla por su teléfono celular antes de salir del palacio de los deportes. De las cuatro personas agrupadas a su alrededor, una me reconoce. Lo veo reconocerme y lo saludo mientras Karime grita. Yo grito y la abrazo. Todos gritamos. Las coincidencias, siempre lo he dicho, chingá, las coincidencias.
Minutos antes: Contagiado por la euforia colectiva, pero insatisfecho por el lapso de tiempo, salgo del concierto de Daft Punk con una sonrisa en la cara. No me había dado cuenta de lo fan que era hasta ahora, no dejé de brincar, de gritar al ritmo y la intensidad de sus sube y baja. Me emocioné como si fuera 1998, me sentí de nuevo en una etapa de la perpa. Volteo y abrazo a las dos mujeres a mi lado. Compartimos la misma euforia-insatisfacción. Me entra nostalgia. Salimos y antes de bajar por las escaleras: Karime, de lejos, hablando por su celular.
2 nov
Hay ausencias que completan. Que ayudan a rellenar el vacío.
1992. En ese entonces tenía un amigo que me llevaba a todas partes. Sus papás le habían prometido una mascota y ahí estaba yo, en casa de quien sabe quien, ayudándole a escoger, de entre media docena de cachorros, al que habría de ser su nuevo perro. Tal vez porque la madre era una chihuahueña llamó mi atención una borla blanca que, apartada a dos metros de los demás, panza arriba, mostraba con orgullo su diferencia. Atravesé la puerta del patio y caminé hacia la pelusa blanca, su panza rosa llena de pecas se estremeció al percatarse de mi sombra, se incorporó de inmediato y, viéndome con indiferencia, desvió la mirada hacia la nada. Cuando vi la mancha de su oreja izquierda, le dije a mi amigo: éste. Ah, pero esa es hembrita, dijo la dueña. Entonces no, dijo la mamá de mi amigo, luego es un relajo, ¿verdad?, además vinimos por un chihuahueño. Esa tarde, cuando volví a casa, sentí lo que después llamaría frustración. En ese entonces era berrinche y me sentía culpable. Llegué con la firme intención de pedirle a mi mamá ese perro. Pero no sabía cómo decirle, qué pretextos ponerle, que justificaciones darle. Nunca antes me había atrevido a pedir una mascota. Era algo imposible; mis alergias, la enfermedad, la higiene. Y para colmo era hembrita, como había dicho la dueña. Entré, pues, a mi casa, prendí la televisión y me quedé callado.
Hace un mes que estuve acá en Oaxaca, una noche, abrí el refrigerador y me preparé un sándwich. Al cerrar la puerta del refri, la Peke estaba ahí, viéndome con indiferencia. En su oreja izquierda, aquella mancha oscura, noté, parecía mugre. Me acordé tanto de la primera vez que la vi, que dije: ¿será la última vez que te veo, Peke? Ella me sostuvo la mirada, le ofrecí un poco de jamón y se dio la vuelta. Alcé los hombros y le di una mordidota desenfadada a mi sándwich.
Callado pues, seguí con la mirada en la televisión toda esa tarde. Al atardecer sonó el timbre. Abrí la puerta. Era mi amigo. Ven, me dijo. Enfrente, estacionada al lado del camellón, alcancé a vislumbrar la sonrisa confidente de su madre. Cruzamos la calle y, para no ser atropellados, nos paramos sobre el camellón de arbolitos recién sembrados. Mira, dijo la mamá, mientras su hijo caminaba hacia otra casa. Sacó una caja naranja. La tomé. Adentro: una perrita chihuahueña y la borlita blanca que me había mirado con indiferencia. ¡La pecosa!, dije yo. ¿La quieres? Sí, pero no me van a dejar. Dile a tu mamá que sólo son 50 mil pesos, que si no la van a dejar en la calle. No sabía qué hacer. Mi amigo volvió con mi vecino: mira, le dijo. Quizá del temor de ver a la pecosa en el patio de otro fue que saqué el valor de pedírselo a mi mamá. Tomé a la borlita blanca y le dije a mi vecino que la suya era la otra. Corrí a mi casa a pedir 50 mil pesos y, creo, quizá por la convicción con que pedí a mi pecosa, nunca nadie de mi familia, a pesar de mis alergias, puso ninguna objeción.
En febrero de este año cumplió quince años. No me dolió tanto su muerte como no haberme dado cuenta de ello. Ayer en la noche no me percaté de que no había una borla blanca rodeándome los pasos. En la madrugada escuché tanto ladrido de perro que al despertar le dije a mi mamá: ¿será que los perros saben que es día de muertos?, ¿por qué chingá ladran tanto? Hablando de eso, dijo, ¿no te hace falta nada? Pensé que insinuaba que los muertos habían bajado a robarse algo. ¿No te hace falta nada?, repitió. Su mirada estaba tan abierta que temí en serio. Imaginé que alguno de sus muertos se había materializado.
Sobra decir que la pecosa se convirtió en parte de la familia. Comenzamos a llamarle Peke y en algunas reuniones, cuando nos referíamos a ella, la gente pensaba que hablábamos de una persona. No quiero aquí explicar por qué para nosotros sí era un ser humano, pero puedo decir que era alérgico al pelo de perro, menos al de ella. Mientras viví en Oaxaca, durmió conmigo todas las noches. La primera vez que hablé por teléfono con una novia, ella estuvo en mis pies durante las seis horas seguidas. La primera vez que llegué borracho a casa, ella fue la que tardó en reconocerme. Y la inmensa mayoría de mis amigos entrañables la conocen, es decir, la conocieron.
Después de que mi mamá confesó la muerte de la Peke, la comida se convirtió en periódico. No pude creer mi terrible olvido. No me había dado cuenta de su ausencia, me sentía el más despreciable de los seres. Cómo podía decir que la quería; cómo podía, en mi imaginación, afirmar que extrañaba a mi mascota. Abrí la puerta y miré hacia el camellón. Al lado de ese árbol, señaló mi mamá, ahí la enterró tu hermano. Caminé hacia ella, hacia el montón de tierra. Guardé silencio. Miré hacia abajo. No supe qué hacer, ni qué decir, ni qué pensar; cualquier movimiento era terrible, no me había percatado de su ausencia, cualquier manifestación de dolor hería lo que de ella había en mi memoria. Decidí callar con sinceridad. Y, como patadas al estómago, me azotaron los recuerdos.
También fui niño, y alguna vez esa ausencia llenó mi mundo, pensé, tuve que llorar.
4 nov
Pumas ocho, Veracruz cero, alcanzo a escuchar desde el fondo de mi cama. La noche empezó con la tamaliza en casa de Karime. Me llamó la atención la mezcla extraña que hacemos sus amigos. De alguna manera, gracias a que Oaxaca es una ciudad pequeña, los he conocido por separado, en diversas circunstancias del tiempo y del espacio. La conversación era fluida, llena de recuerdos suculentos, pero escasa de ánimo por construir nuevos. Una noche antes la fiesta fue pesada para todos y, mientras degustábamos la masa del tamal, sentíamos el estómago crujiente y cansado. Uno que otro, de plano, bostezaba. Por ahí alguien se encontró un mezcal que nos sacó a la calle con las mejillas enrojecidas. A mí hasta ganas de bailar me dieron. Éramos todo ánimo y amistad.
Medio abro los ojos. ¿Pumas ocho? No he dormido lo suficiente, llegué apenas a las 8 de la mañana. Salimos de casa de Karime, toda la banda diversa, y tuvimos que ir al café central, que cumplía años y había anunciado salsa en vivo. Demasiado lleno y reticente para mi sensibilidad antrera. De plano a veces hasta nos azotaban la puerta. No sé cómo, después de media hora, logramos entrar, la mayoría se quejaron del precio y de que estaban los mismos de siempre. A mí me pareció bien la idea, pues a los mismos de siempre casi nunca los veo. Parecía la fiesta de alguien, una vez al año no hace daño conocer a todos en un bar, con ese fui a la primaria, ella es mi ex, ella también, él es amigo de mi prima. Las cervezas oscuras, los abrazos, los besos, casi nada de luz y casi todos expuestos. Yo, la compañía ideal, y el momento era perfecto.
¿Pumas ocho? Sudo, la cabeza me punza ligeramente. Después del bar regresamos a casa de Karime al recalentado. Platicamos sobre la noche, los anteriores cumpleaños, el graffiti, nuestras obsesiones tenuemente soslayadas por el paso del tiempo. Alejandro me contó una anécdota sin recordar que yo iba esa misma noche en la misma camioneta con la misma ambición de pintar el mismo muro de contención. Un sentido contrario en una autopista federal que nadie quería recordar. Curiosamente, a pesar de que en ese entonces ni siquiera nos dirigíamos la palabra, varios de los que estamos en el recalentado estuvimos esa noche, sin saber que nueve años después compartiríamos un amanecer tan extraño. Nadie quiso imaginar que es lo que pudo haber pasado. El mismo conductor de esa madrugada lejana, me llevó de nuevo a mi casa.
¿Pumas ocho cero al Veracruz? Aunque sólo haya dormido cuatro horas, eso tengo que verlo. Y me despierto.
6 nov
De regreso en el de efe. Ayer, todavía en Oaxaca, fui por mi sobrina a la escuela. Me dijo tío al verme, le sonreí y al verla tan tierna en su uniforme, a sus escasos tres años de edad, no pude evitar confesarle que le quedan, por lo menos, veinte años más de rutina escolar. La abracé, le di la mano. Vi la tarea para la próxima semana y no pude dejar de imaginar las toneladas de papel que le esperan. Cómo quiero a mi sobrina. Debo regar las plantas de la casa, ya están medio secas.
7 nov
Desde hace un buen rato que no publico nada en el blog. Y hay tantas cosas que he querido decir.
Se me ocurre escribir un post que enumere los días. Un exhaustivo ejercicio de memoria, pero crear la apariencia de haber sido escritos con el paso del tiempo y no en una sola sesión. Al paso de los días coserle una preocupación interior. Al impacto de los cambios, envolverle un sutil crecimiento.
Un post que haga olvidar la ausencia. Imágenes que oculten mi escondite. Palabras, sonidos que opaquen el verdadero silencio. Ideas que justifiquen mi pereza, mi torpeza, mi conformismo y la tristeza.
8 nov
Ayer terminé a las seis de la mañana el post-mes, le puse postes pasados parte 1 porque ya no pude más y todavía hay tantas cosas qué decir. Ya después escribiré la segunda parte. Al releerlo veo que me quedó muy cursi, pero es tarde para cambiarlo. Me parece que el blog es un género basado en la inmediatez, y sería cobarde corregirlo y repensarlo. Es como el presente, es el presente y en primera persona. Para eso están las fechas, si uno siente eso en ese momento, por muy idiota que parezca al otro día, creo, así debe quedarse, como testimonio del crecimiento o decrecimiento. Algo debe darle forma a las reflexiones. De algo debe estar hecho el tiempo.
9 nov
Mastico una torta de tres jamones diferentes. Me limpio la mayonesa en un cachete con una servilleta. Enfrente de mí, también mordiendo una torta, está Oscar. Hoy es uno de esos días extraños en que atravesamos la ciudad. Parecemos cansados. De la portales a la roma, luego a las lomas y de nuevo a la portales. El nuevo horario nos fatiga con su fugacidad. Pedimos la cuenta y, a lo lejos, Olinka camina con su sonrisa hacia nosotros. Parece contenta.
Seis y media. Metro portales hacia metro chabacano. Transborde a línea café hasta Pantitlán. Transborde a línea A hasta Santa Martha Acatitla. Odio decirlo, se me sale el fresa y me quejo. Caminamos hacia el microbús que nos deja en la ex cárcel de mujeres. Estamos hasta aquí por mí. Bajamos, atravesamos como podemos la avenida y entramos a una preparatoria. Llegamos tarde. Quizá sin saberlo, Oscar y Olinka son los testigos de mi primera lectura en público. Leen otros, me siento y luego viene mi turno. Tomo el micrófono y me transformo en el personaje de mi cuento.
Por primera vez dedico libros a gente que no conozco. No sé exactamente qué decirles, no puedo con tanto poder, ¿cuál debe ser el mensaje? Cree en Dios, se me ocurre, sigue el camino de tu corazón, sólo se vive una vez, consume drogas, gracias por venir a mi primera vez, viaja sin moverte de lugar, no dejes tu lugar, no dejes que Dios crea en ti, no dejes que las drogas entren a tu casa, lee para que yo también lea, algunas de las frases que, a quemarropa, alcancé a redactar. Tendré que pensarlo mejor para la próxima.
Después de la lectura, asimilo algo extraño. No sé si he comenzado o terminado. Siento que estoy muy abajo, y todo el peso arriba me apachurra y me empequeñece. A la salida nos confunden con maestros. Dentro del camión, y dentro de mi egocentrismo exacerbado, me imagino en una mesa relatando esto.
Llegamos al centro de Coyoacán a la despedida de Osvaldo, despedida que al mismo tiempo se pospone, y entonces se convierte en el festejo post primera lectura.
Ayer en la noche presumí los años que llevaba sin sufrir una cruda. Y hoy amanecí con la peor de todas. Como no tomé demasiado, sospeché del trago que le di a mi nueva botella de mezcal. La cabeza me dolía como nunca y las náuseas me perturbaban. En la noche Lulú nos prestó su coche para llegar tranquilos a casa y, como se nos hizo tarde, en él nos fuimos a nuestras juntas. En el camino, en la calle de Mérida, de la nada, después de años de no hacerlo, quizá diez, me puse una botella de Gatorade en la boca y vomité. El tino que tuve fue sorprendente. Ni una gota derramada. Cuando Oscar pudo detenerse, bajé de inmediato y, a pesar de sentirme el ser más vil del universo, y frente a gente con la mirada aguzada, descargué todo el malestar sobre una inocente pared de la colonia Roma.
No obstante, o gracias a ello, el día se desenvolvió con normalidad.
Al desocuparnos, teníamos que llevarle el coche a Lulú hasta el estacionamiento del Colmex. Al entrar a insurgentes supimos que no sería fácil. Cuatro mil semáforos, millones de coches y tan sólo dos carriles, además del desconocimiento de rutas alternativas.
Oscar, Lulú y yo, cerca de la ENAH, tomamos un taxi. Hacia la refaccionaria Continental de la Joya, por favor, dice alguno de nosotros. Antes, después de pasar Churubusco, el coche de Lulú comenzó a entorpecer el cambio de velocidad, a sonar como carcacha, a calentarse por dentro y a apestar a gasolina. Nuestro conocimiento en mecánica, casi nulo, nos hizo pensar lo peor y, sin embargo, jamás nos detuvimos.
Compramos la bovina de encendido y entramos a una rifa prometedora: auto y viaje para todos en caso de ganar. Echamos los boletitos y volvemos al taller mecánico. Antes, en el momento de más preocupación, Lulú nos envió mensaje de mejor vernos en la ENAH, porque ya se le había hecho tarde. Pudimos habernos detenido y hablarle y confesarle la verdad, decirle que su auto jamás volvería a caminar, pero, entre pros, contras y nervios e indecisiones, llegamos a la ENAH con todo y cochecito, asustados, pero con todo y cochecito. Le platicamos, minimizamos el asunto, la acompañamos a sus pendientes e incluso nos tragamos unos tacos. Cuando volvimos al auto, al arrancar, el olor a gasolina era tan intenso como el calor adentro y tan tosco como el avance.
Un día largo. Teníamos que encontrar un mecánico cuanto antes. Dimos con uno dándole vueltas a las calles. Ya ahora volvemos con la bovina de encendido previamente diagnosticada, se la colocan y como si nada el auto vuelve a la vida.
11 nov
Fin de semana de tranquilidad, películas, lectura y televisión.
12 nov
Ya empezó la muestra y yo ni en cuenta y sin dinero. Esta vez, todo parece indicarlo, no veré tantas como quisiera. Seguramente el cheque saldrá hasta la semana que viene y además se avecinan todo tipo de gastos. Sólo dos no puedo perderme: de nuevo espero sorprenderme con Roy Andersson, y Wes Anderson es una garantía.
14 nov
Karla, en visita relámpago, me platica sus problemas personales. Estamos sentados en el parque Juan Rulfo y a simple vista reconocemos una docena de ratas. Una, agresiva, pasa detrás de nosotros. Esta ciudad es horrible, dice ella. Sí que lo es, respondo, pero, ya en la mente, no recuerdo jamás haber sentido una rata tan cerca.
No puedo dejarla sola. Siento que a cada paso una rata pasará cada vez más cerca de ella. Quizá por eso a mí no me gusta Puebla, pues en cada cuadra que camino, proliferan pipopes y, ahora lo veo, quizá sólo lo imagino.
15 nov
Tengo que publicar de nuevo en el blog. Otra vez tendrá que ser un poste largo y pesado. Vengo recién llegado del reencuentro de Soda Stereo, así que tengo un sueño tremendo y no creo que sea buena idea comenzar desde aquí el nuevo juego.
18 nov
Ayer en la noche cociné. Tan sólo con ver los ojos que puso cuando le serví el platillo principal, todo valió la pena.
Hoy amanecí con ganas de escribir, pero algo estremecedor en serio, no como para un blog.









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