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Primero apareció para entrentenerme en la oficina. Gradualmente entró en mi casa hasta que, casi sin darme cuenta, era parte esencial de la post peda; luego del precopeo; y algunas veces es el alma de la fiesta. Pero seguía sin tomar conciencia de su presencia. Parecía un continuador de la conversación, un soporte visual, un generador de carcajadas. Ayer, en domingo familiar, hizo acto de presencia sin recato ni indiferencia. ¿Cómo este compañero de farra había entrado en la casa familiar? Desfachatado, sin pena, como si siempre hubiera sido parte de nosotros; como un primo que por fin ha llegado con noticias de la ciudad, o un abuelo que sabe el secreto de todos. En realidad es Funes el memorioso, es la base de datos sin tiempo, la biblioteca de babilonia, el ojo del fin del mundo. Como si siempre hubiera sido parte de nosotros, guió la comida familiar hacia donde nuestro inconsciente colectivo quería. Es un juguete asombroso. Empezó con chistes, ridículos ajenos y canciones viejas. Avanzó hacia relatos extravagantes, lugares exóticos y gente importante. Terminó con supuestas verdades que nos dieron miedo. Cada quien volvió a su casa con precaución, mirando al cielo, con ganas de volver a tener una comida familiar de los nuevos tiempos. Todos frente a la pantalla, como si fuera el fuego, guiados por un hilo secereto entre el azar y las palabras. ¿A quién quemará ese fuego?, ¿quién escuchará todo lo que tenga que decir y que recuerde?

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Tengo que volver al DF. Se me hace imposible vivir en Oaxaca en cuanto los recuerdos me acorralan. Me angustia olvidar mi presente y quedarme atrapado en el pasado. Oaxaca es parte de mi presente, pero sólo en pequeñas dosis. No más de cinco borracheras, no más de tres reencuentros, no más de una charla larga, no más de tres juegos en play station, no más de diez paseos por la colonia, no más de una sonrisa; o me tengo que tragar la nostalgia y digerirla. Aunque ahora ha sido distinto, de alguna manera el trabajo simboliza un refugio de mi presente. encerrarme en la computadora, bloguear, checar el mail es no soltarle la mano al ahora. Es abrir los ojos.

Y los recuerdos me acorralan. Una noche, cuando yo tenía menos de seis años, llegó mi papá con una televisión nueva a color y con 28 pulgadas. Le había costado mucho, nos quería tanto, éramos felices. Me dio rabia. Conseguí un clavo y con la punta grabé una diagonal en la pantalla. El sonido me satisifizo a pesar de que el nuevo material oponía una resistencia entre vidrio, plástico y tape. Pensé que nadie, nunca, se daría cuenta. El mismo día, mi papá encendió la tele y la imagen se dividía en dos. Cuando encontró el clavo en mi recámara, sin verme ni esperar reacción alguna, agarró uno de mis coches de juguete y le hizo incisiones por todas partes. Esa diagonal fue mi primer tag. También el primer texto dedicado a mi padre: / 

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Una tarde Natalia me abrazó. Yo le di unas palmadas en la espalda. Al despegarnos, dijo: qué arisco eres, tus abrazos son fingidos. Ya me lo habían dicho antes. Me cuesta trabajo demostrarle mi afecto a la gente. Hay personas que han desaparecido de mi vida sin haberles abrazado nunca. Y me arrepiento. Le dije, entonces, a Natalia: es cierto. Lo acepté de inmediato. Detrás de nosotros, un gato cazaba una paloma. Fue a comérsela a mi lado. A partir de entonces soy conciente de mis abrazos.

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Los recuerdos me acorralan y en seguida los distorsiono. Todo era calma. Los empleos seguros de mis padres, su aparente estabilidad emocional frente a nosotros, las buenas calificaciones, mi vida de colonia tranquila de ciudad tranquila, no me dejan mucho espacio para el azote. Así que quizá éstas sean mentiras. Una tarde mi madre me dijo mentiroso y no pude hablar en semanas. Después de decirlo, no me dolió tanto el insulto como que no me creyera capaz. ¿Es difícil creer que cuando tu hijo brinca de una escalera, vuela un poquito? Ese fin de semana iría con mi padre a Veracruz, me lo había prometido por teléfono. Pasaría por mí el viernes en la noche y viajaríamos en carretera. Yo contaría los kilómetros mientras él contaría la historia de nuestra familia. Empaqué toda la semana. Hice sandwiches de tres capas. Con mayonesa. Estrenaría un pepsilindro. Casi podía ver los señalamientos en mi mente, sentir el frío de la niebla y oler el zorrillo muerto del camino. No llegó a las ocho, pero tal vez llegaría a las nueve. No llegó a las diez pero tal vez saldríamos al otro día en la mañana. A las once de la noche sonó el teléfono. Tenía miedo de contestar. Era él. Algo se le había atravesado, cosas importantes que entendería en el futuro. Cuando colgué conocí la impotencia, el grito húmedo en la garganta, la violencia contenida en el cuerpo, el rostro caliente hundiéndose en la almohada.

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Los dos trabajaban y estudiaban. Por eso, antes de los ocho años, convivía la mayor parte del día con mi nana. Decía que me quería mucho, me apapachaba, me peinaba y me vestía bien elegante. Cuando salíamos a la calle le decía a sus comadres que era mi mamá. Ella sabía muy bien que nadie le creía. Y continuaba diciéndolo. A mí nunca me confundió, pero me guiñaba el ojo y luego me decía: ¿verdad que sí eres mi nene? No sé a quién le recordaba, que me amaba y me odiaba al mismo tiempo. Cuando volvíamos de los paseos, me jalaba las orejas, me obligaba a comer una cebolla entera o me aventaba al agua helada de la regadera.

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Premio al Esfuerzo Personal

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Mi maestro Guillermo Vega Zaragoza, quizá notando mi baja estima, le ha otorgado a este blog el ”Premio al esfuerzo personal”. Dice él, tan amable, porque: “Aunque a veces desatiende su changarro, cuando se aparece, cada texto nos pone a girar durante varios días”.

Según esto, a continuación, las reglas:

1.- Al recibir el Premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.

2.- Elegir un mínimo de 7 blogs que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos. Avisarles de que han sido premiados con el “Premio al esfuerzo personal”. Para que lo recojan.

3.- Opcional. Exhibir el Premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.

De esta forma, y tratando de no nombrar a los ya premiados, le otorgo el “Premio al Esfuerzo Personal”, a:

1) Malversando.blog. La bitacora de mi estimado Jorge Harmodio. El ejemplo concreto de que la narrativa no entiende de soportes. Un blog espontaéno y sustancioso, que ha producido no solamente postes insólitos, también cuentos y una novela: Musofobia (Random House Mondadori, 2008)

2) Picnic sobre hielo, el blog personal de Gerardo Sifuentes. Gracias a su buen ojo y mente privilegiada, una fuente inagotable de datos irrelevantes y reflexiones asombrosas para sobrevivir al tedio del fin de los tiempos.   

3) Cetrería. Sin saber de su existencia hasta hace poco, el blog de Guillermo Núñez se ha convertido en uno de mis favoritos. Su tecleo alegre y sus pronto legendarias entrevistas, me hacen pensar que saber de literatura puede ser entretenido. 

4) Costa aún sin Mar, de mi amigo Jorge Posada. No sólo por su impresionante capacidad de producción de pequeñas obras maestras, en tan corto espacio y tiempo, si no por lo que está por venir.

5) Crónicas de un Escritor en Vías de Desarrollo, del amigo Anuar. Pardójicamente, a partir de su serie Escritor bloqueado, se ha reanimado y animado al experimento.  Después de Ira, la persona con la que más hablo del futuro del blog.

6) Ciudad Zombie, de Jorge Sosa, otro entrañable amigo. Cada cierto tiempo, pequeñas dosis de nada. Sensibilidad y contundencia única. Un blog muerto que deambula por la red, cargado de buena música.

7) Entreveros, de Cuquita la Pistolera. Su transparencia y desenfado, conectan el blog a su estado de ánimo como nadie. La quiero aún sin conocerla. Además, tenía que decirlo algún día, es la ganadora del comentario 333. Le debo su regalo. 

Y bueno, sobra decir que me faltaron varios.

Al lado derecho está mi lista de blogs. Algunos son de amigos, otros de gente desconocida que postea de lujo, y otros de gente desconocida que se han convertido en mis amigos. Unos son tan interseantes, como cagados otros. Con ritmos tan variados, algunos ya han sido premiados por su constancia, otros están al borde del abandono y unos más apenas inician. En todo caso, surfeo diario sobre ellos, además de otros que, por cierto, pronto agregaré. Cada que encuentro un blog valioso, sonrío. Y sonrío todos los días. Esto apenas comienza.

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Rarísimo, hoy desperté temprano y, rarísimo, con ganas de trabajar. Tengo un chingo de pendientes,  pero quiero empezar a desperdiciar la semana con un post.

Algo así como: El trabajo se ha multiplcado y mi mente permanece ocupada. Tengo mis pensamientos favoritos, eso sí. Cuando estoy acá siento un ansia peculiar, como si hubiera olvidado fragmentos de mente en el de efe.

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Cuando era quinceañero, iba con mis amigas al cine. En ese entonces eran unos teatros enormes y oscuros, con ratas por ahí opinando y asientos duros que no se reclinaban. Lo recuerdo porque apenas fui al cine acá en Oaxaca y pues ya no es como antes. Lo que sucedió en todas partes: llegó cinépolis.

Antes, pues, al salir de la sala de cine, me besuqueaba con la de turno hasta succionarle los dientes y dejarle la boca roja, listo para volver a mi vida despreocupada. La película se me olvidaba al instante (menos con The Matrix). Ahora, al salir, compré medicina para mi muela y luego le marqué a Oli para que regara las plantas y les dijera que las extraño. Después me puse a pensar en el planeta. (Decía Bolaño que el mundo es un ser vivo, y nada vivo tiene remedio, o algo así).

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En fin, hace como un año estaba viendo La Sirenita con mi sobrina. Cuando se puso cabrona la cosa, y Ariel parecía condenada a la desgracia, mi sobrina comenzó a angustiarse. Al terminar la película, dado que todo se resuelve para bien de Ariel, pensé que Sofía quedaría feliz, contenta. Pero no. Con la entrada del primer crédito ella empezó a llorar como si hubiera presenciado la muerte de todos los cangrejos jocosos. Y es que de hecho así fue. Sofía estaba ante la inminencia del fin. La Sirenita había dejado de existir y aunque la volviéramos a poner, ella sabía que ya había sucedido todo, estaba escrito, vaya, no tenía sentido. Sería una simulación. Y eso a mí me angustió. No supe qué decir y preferí contarle una mentira: Ariel desayuna corn flakes en la mañana antes de ir a trabajar.

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Anoche me encontré a una ex en un bar. Nuestra primera cita fue The Matrix. Lo recuerdo porque al salir pensé: híjole, si todo esto es una simulación, ¿qué sentido tiene todo? Y decidí dar un paso. Le miré los tobillos mientras caminaba, la detuve y le dije: oye, tú, ¿quieres ser mi novia?, seguro de que me diría que no. Y bueno, así fue como tuve mi primera novia en serio. Total que me la encontré anoche, bailamos y luego me dijo que se va a Canadá para siempre. Bueno, nomás un año, pero en una de esas: sí, para siempre. Desde las primeras semanas de noviazgo, se percató de mi ocultada miopía, y no había semana que no me pidiera visitar al oculista. Apenas, diez años después, he dejado la simulación y he ido a que me diagnostiquen dos dioptrías lejos de la realidad. Le alegró verme con anteojos una semana antes de irse.

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La última vez que fui al cine: The Happening, del fan de Hitchcock. Me sorprende su habilidad para crear situaciones enloquecedoras y atmósferas tensas en serio; pero me sorprende más su manera de tirar todo eso a la basura veinte minutos antes del fin. La verdad me dejó insatisfecho con su resolución, tanto de la trama como de los personajes. Me dio coraje tanta expectativa que me generó por hora y media. Una vez más, caí en su trampa. Lo que sí puedo decir es que al salir, como ya dije, le hablé a Oli para que regara las plantas.

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Aprendí mucho con el episodio de las cartas. Recibí un par de correos que me han enseñado bastante. Quería responderlos con agradecimiento, pero luego pensé que podría verme bien lame-lame, como dice el escritor quinceaños, y lo guardé para mí.

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No sólo remodelé el blog. Ahora me verán por ahí con anteojos y una muela del juicio. Si quieren comentar, recuerden que ahora los comments están al principio del post.

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Por media docena de coincidencias espacio-tiempo, amaneceré en Oaxaca hasta finales de mes. Aquí aumenta mi paranoia blogueril (Gestos de amigos, sonrisas, miradas de mi familia. Siento que saben todo. Cuando alguien me dice que ha leído mi blog, me asusto como cuando suena mi teléfono celular). Esta vez no ha sido la excepción. Por poner un ejemplo: mi papá hojea el libro de 900 páginas que dejé en mi buró, quizá en busca de las diapositivas que me mostró su abuelo; o el joce, en tono cómplice, me pide que no dé tantas explicaciones.

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Karla y yo nos sentamos en la banca que está enfrente de su casa. Ella confiesa haber caído por accidente en un post donde la nombro; al decirlo, trastoca nuestro mundo. Aquí nos hemos sentado desde los trece años. Jamás hablamos de la responsabilidad del escritor o la obligación de un comunicador, ni mucho menos sobre la actualidad en el arte o las tendencias del diseño. Rodeamos lo de siempre: nuestras imposibilidades; nuestras incomodidades. Como hace trece años, no somos lo que imaginábamos, ni lo que fuimos. Juntos, vivimos una realidad paralela en donde los años se miden por los avances de una sola conversación, y las distancias se miden con la misma mirada. A esa conclusión hemos llegado aquí, en esta banca, en donde siempre nuestro contexto, nuestra actualidad, pierde sentido.

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El mundo de la imprenta es lineal. Análogo. Algo comienza y necesita terminarse, ser inventariado. Es un proceso terminado. Pertenece al mundo que tiene un principio y un final. El libro necesita una edición sin fisuras, un hasta aquí que valga la pena almacenarse. Hay poco espacio físico en el mundo; y pocos árboles, cabría decir. Los libros son una fotografía revelada en un laboratorio. Fotografías frágiles, irremplazables, por lo tanto, demasiado valiosas para la memoria. Por eso no cualquier evento merece ser encuadrado, aún corriendo el riesgo de no registrar alucinaciones o epifanías olvidadas. No tiene tiempo que perder. Lo confieso: me gusta ser fotografiado, me imagino en álbumes extraños. La impresión facilitó la reproducción, la difusión y le aportó frescura a la forma. Pero también restringió la expresión. Las editoriales han sido el gran filtro.

El mundo del blog es simultáneo. Es digital. Algo comienza y no se sabe si terminará o si volverá a comenzarse. Es un proceso orgánico. Pertenece al mundo que comienza a cada momento, y en cada instante finaliza. El blog necesita fisuras, que no valga la pena almacenarse. Hay un espacio inimiaginable en la virtualidad. El blog es una fotografía digital que ves mientras tomas, que puedes borrar al segundo o guardar en una carpeta del disco duro. Su significado no pesa demasiado en la memoria. Por eso cualquier evento es encuadrado, cualquier alucinación o pendejada es registrada y no importa si son olivdadas. Pierde el tiempo que puede. Lo confieso: tomo muchas fotografías digitales, casi pura mierda. El blog revoluciona la producción, la difusión y le aporta frescura a la forma. Pero también ensucia la expresión. El acceso a internet es un filtro muy guango.

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En casa de mi familia, aquí en Oaxaca, las fugas son cotidianas. Por lo tanto, tiene un visitante constante llamado: el plomero. Mientras trabaja, filosofa. Relaciona la tubería con la vida. Su oficio es determinante para el bienestar de la casa que lo contrata, y de esa manera asume su labor. Lo toma con toda la delicadeza y responsabilidad de la que es capaz. Al terminar, en vez de repasar su procedimiento desde una visión técnica, lo hace desde la metafísica. Así, sus diagnósticos se han convertido en claves, y sus sugerencias en advertencias. Allí donde hay una fuga de agua, lo que es no es como debería ser

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Soy un poco más feliz que antes. El lunes, antes de despertar por completo, algo, no sé qué, provocó una ligera alucinación.

Un bisabuelo, profesor rural (como casi toda mi ascendencia), señalaba el libro en mi cabecera. Pude leer el título. Entendí que quería que lo leyera. Le dije que sí, que eso hacía. Son 900 páginas, no puedo leerlo de la noche a la mañana. Después me pasó varias imágenes inconexas, como diapositivas.

Bueno, sí sé qué provocó ese sueño. Al despertar por completo, la boca me dolía. Fui al espejo y miré. Una muela del juicio trataba de desgarrarme la encía a empujones.

No sé si tenga que ver con el dolor, pero al leer el libro, me encontré con las diapostivas de mi bisabuelo.

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La pesadilla que más me ha perturbado, ocurrió mientras dormía en la calle. Soñé que abría los ojos. Estaba arriba de una montaña nevada. No había viento ni sonido. El frío era astilloso. Debajo, se extendía una llanura roja. A mi lado estaba la gitana dormida de Henri Rousseau, sólo que oriental y envuelta en un abrigo de esquimal. Sabía que yo era el león. Dentro de mí había algo redondo, una canica, lo sentía. Estar arriba de la montaña me asustaba. Tendríamos que estar abajo, los dos, lo sabía. La gitana con rostro japonés, seguía dormida, sin saber de nada. No estábamos en nuestro lugar. Cuando cerré los ojos, desperté en una banca de una ciuadad extraña, aterrado.

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Tengo nueve años. Juego en mi recámara. El comandante Bombocha comanda las fuerzas canica rumbo a la conquista del pueblo Play Mobile. Ese pueblo, cabe decir, es imaginario. La misión de Bombocha es comunicárselos. Suena el timbre. Brinco. Detengo la invasión. Sudo frío. Quisiera continuar el avance pero prefiero la cautela. Vuelve a sonar el timbre. Mi mamá está en el trabajo y mi hermano en la calle. Tal vez a él se le han olvidado las llaves. O tal vez sea un amigo. Soy un niño que le tiene miedo al timbre, prefiero evadirme de la realidad a tener que tomar el recado. Además, no tengo amigos.

Me levanto, sacudo mis rodillas.

Abro a medias. Pongo mi pierna como barrera. Es mi vecino, trae cara de agente de la CIA, dice que acaba de descubrir algo. Lo invito a pasar pero dice que prefiere que platiquemos en su casa.

Estamos en su cocina. Su mamá está en el trabajo y sus hermanos emborrachándose en la esquina.

-¿Que es lo que descubriste?-le pregunto.

-No sé qué -responde mientras le echa dos cucharadas de Cal-C-Tose a su vaso de leche, supongo que para calmarse.

Después de darle dos tragos, saca su llavero del bolsillo del pantalón azul del uniforme de su escuela.

-No sé qué me pasa -me dice- . Estoy espantado y contento. Fui a casa de H, a ver si me acompañaba a robar chocolates a Gigante. Toqué varias veces y no me abría. Hoy es miércoles, los miércoles van todos a casa de su padrino Matías. Cuando me acordé, saqué la llave de mi casa a ver si entraba en la suya.

-Y abrió -respondí asombrado.

-Sí, sí abrió. Luego la cerré y caminé.

-¿A dónde?

-No sé, pues a mi casa. ¿Quieres ir a casa de H?

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Siempre creí que la muela del juicio era una leyenda urbana. Como las constelaciones o el alcoholímetro. En fin, hoy lo vivo en carne propia. Punza. Impide concentrarme en otra cosa. Y justo ahora que no tengo la capacidad de administrar mis proyectos. Soy una pedacería de ideas. Trato de priorizar. Pero priorizar es la tarea más difícil, entonces la dejo al final. Aún así estoy muy entusiasmado. Me siento frente al monitor y el teclado fluye sin pensar en el motivo.

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Argentina siempre ha tenido su papel en mi vida. En Buenos Aires tomé un par de decisiones. Ahora pienso en ella. En las fábricas abandonadas de Avellaneda, en la energía que concentraron. Debe estar arrumbada en algún sitio. Como cascajo.

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Entramos en casa de H con la llave de mi vecino. No necesitó de mucho para convencerme. Adentro huele a carnicería. Cuando cerramos la puerta me transformo. Es un verdadero descubrimiento. Una especie de pasadizo seceto. ¿Hacia dónde? No sé, soy un niño, pero después de eso, ningún juego podrá ser divertido. Todo es oscuro y espeso. Los sillones son de piel sintética. Las paredes, verdes. Leo el lomo de sus libros. Mi vecino va a la cocina. Trato de memorizar un par de títulos. Él vuelve con una caja de cereal. ¿Y si nos la comemos?, pregunta con cara de desquiciado. Yo no le hago caso. En este momento soy otro, un comandante o algo parecido. Sé muy bien que debemos subir al cuarto de la hermana de H. Mi vecino me sigue dejando una estela de zucaritas en la escalera. Entramos. Me asomo a la ventana. Desde ahí veo el techo de mi casa por primera vez. Hay fierros que no conozco. Un tinaco triste. Una antena de televisión y cascajo, mucho cascajo. El aire del exterior es tibio. Imagino que el viento habla, pero luego veo que es el sonido que produce al atravesar las jacarandas. En realidad, los niños de la escuela vespertina son el único bullicio. Regreso mi mirada a la recámara y mi vecino brinca en la cama. Veo los cajones de la cómoda. Los abro y saco toda la ropa de la hermana de H, toda. Mi vecino detiene su desmadre, se sienta a observarme, me dice algo pero no lo escucho. Al lado de la cama, veo el cesto de la ropa sucia. Me acerco y lo abro. Una playera blanca, una falda escocesa, un sostén amarillo, un calzón. El color es nuevo para mí. La visión se me bruma. Saco el calzón, lo estiro, me sorprende su flexibilidad y lo contemplo. Mi vecino se levanta y va hacia el pasillo. Mientras, yo veo una gran mancha enmedio del calzón. No sé si es rojo o café. Escucho cómo mi vecino pisa las zucaritas de la escalera y cierra, abajo, la puerta. Guardo el calzón en la bolsa del pantalón de mi uniforme y salgo al pasillo. Un resplandor sale de la recámara de H. Me asomo. La televisión está prendida. McPato le pregunta a uno de sus sobrinos si alguna vez le ha dolido la muela.

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Quizás sea una obviedad, pero al momento de leerlo me resulta revelador. El personaje de una novela decide deshacerse de las cenizas de sus padres que lo acechan desde un rincón de su departamento. Recuerda, o inventa que, en alguna conversación del pasado, sus padres habían expresado el profundo deseo de, al momento de morir, ser azotados en cenizas por el mar.

Viaja a la playa. Se enfrenta al mar. Hay que mojarse, se dice, es la única forma de desprenderme de mis padres. Debe uno mojarse.

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A veces, entre la vigilia y el sueño, siento como si tuviera unas ligeras descargas eléctricas. En ocasiones, esa sensación es acompañada de imágenes que sólo percibo al cerrar los ojos. La mayoría de las veces son gotas de colores intensos. De niño el insomnio me aterrorizaba, le pedía a mi papá que encontrara una cura. Todos pensaban que le tenía miedo a la oscuridad.

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Mis amigos con nombre de beisbloista me recuerdan a Manolo, un financiero que conocí en mi anterior empleo. Compartíamos la hora de comida porque ambos necesitábamos un amigo lector, alguien con quien hablar de lo que no tiene importancia. Cuando volvió a España, me ofreció su casa para seguir con ese tipo de charlas.

La segunda noche que estuve en Madrid, Manolo me invitó a conocer su mundo verdadero. Mientras lo decía, sacaba del fondo de la cama un estuche de guitarra espeluznante, acojonante en sus palabras. Me sorprendía que en el fondo de aquel oficinista de manga larga, aquel contador enfermo del estómago que había conocido en México, hubiera un músico entusiasta.

En una especie de lobby nos esperan sus compañeros de banda. Aunque estaban con su atuendo oficinista, unos, y otros en atuendo de vago; ahora, en el recuerdo, los imagino de beisbolistas con cachucha. Piden la llave de su pieza.

Por el pasillo, observo hacia dentro de todos los cuartos como si caminaramos por un manicomio. Oye, Manolo, ¿y cuánto pagan por tener esta pieza?, le pregunto. Mil euros, responden entre todos. Callamos. Llegamos a la puerta. Manolo saca la llave. Piensas que es una estafa, Andrei, ¿a que sí?

La atmósfera de su pieza parece compuesto por sudores adolescentes guardados por años. Aquí despiden toda la frustración que contienen durante el día. El aire es tan denso, que apenas y hay espacio para mí. Abren su maletas y en vez de bates, sacan sus bajos y guitarras y platillos. El calor me hace pensar en que tengo fiebre. Tocan Secret Agent Man, de los Ventures, con una energía apabullante. Sudo rola tras rola, muevo la cabeza como si tocara también con ellos. El poder de su bajista es insólito. La textura de las cuerdas de la guitarra de Manolo es la indicada. La batería retumba. Los amplificadores rasgan toda la alfombra. El aire se purifica. La fiebre que sudo me hace pensar que ellos son los auténticos Ventures, los únicos. Después de siete canciones, terminan exhaustos, vacunados, más bien desprendidos de una enfermedad acumulada durante la semana. El hedor se adhiere a la alfombra que tapiza todas las paredes y el suelo. Del techo destila toda la amargura de la que se han desprendido.

Repuestos, sentimos el frío del estacionamiento. Tomamos unos zumos de naranja. Todos traen un rostro de satisfacción incomprensible. ¿Y para qué ensayan?, les pregunto. Joder, responde uno, ensayamos en nuestra casa, tío: acá venimos a tocar. Algo se sacude dentro de mí: ¿pero si no había público?, pregunto y nadie me responde. Son los Ventures, pienso, alguien tendría que saber eso.

Al regresar, Manolo besa a Susana como si viniera de un concierto masivo, o si viniera de ganar la serie mundial. Mientras yo hurgo mis mapas y planeo una excursión por los museos, Manolo se deshace de su atuendo de beisbolista y entra en la cocina en pijama. Levanto la mirada y me encuentro con su rostro. Es un hombre feliz. Sus ojos son los de un adolescente que me mira preocupado.

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Hablando de beisbol. Una noche de hace diez años, salí de casa de mi novia con el rostro caliente e inflamado. Era la primera vez que la lamía por completo. El frío de la calle me había puesto las pilas necesarias para volver a casa caminando. Aunque ella me sacó, ofendida, yo estaba en un punto cercano a la felicidad total.

De camino pasé por el estadio de beisbol. Los guerreros estaban en play offs por primera vez en su historia. También era la primera temporada de su historia, pero eso no atenuaba la emoción de acercarse a una gloria. Hasta a mí llegaban los gritos, la música caracterísitica. Mi rostro era iluminado por sus reflectores. Mi lengua había comprobado la existencia de sabores imaginados por años. Aunque ella no me volviera a hablar, no me importaba, sentía en el pecho la inmensidad del futuro. La vida comenzaba a cumplir lo que había prometido, y eso me hinchaba todo, cada centímetro. Y qué importa si los guerreros no son campeones esta temporada, pensaba yo al cruzar la calle. Y creo que fue ese mismo año.

[...

Es madrugada de domingo. Ahora debería estar emborrachándome como siempre, pero por razones ajenas a mi voluntad incial, me he quedado a escribir frente a la computadora.

Salió mejor, por fin terminé varios textos pendientes y he recalado en este post. El blog es para desembarcar, para vender fresco lo pescado en el mar de lo inmediato.

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Eso me recuerda una vez que le dije a una amiga que sus palabras me aterraban. Le dije:

-Oye amiga, tus palabras me aterran.

-Ya era hora, siempre que te hablo estás en el aire.

Es fascinante esto del lenguaje. Desde entonces, cuando alguien me dice que algo le aterra, pienso en que vuelve a la tierra.

-Oye Andrei, ese tipo de películas me aterran.

-Está bien, ya es hora de que te enteres del planeta en el que vives, zopenca.

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Hace poco un libro me aterró. Escribí hoy esta reseña. Lean y me dicen qué les parece.

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Tengo dos amigos que tienen nombre de beisbolista. Siempre los imagino en ese atuendo, el de beisbolista, empuñando el bat con un vaivén profesional. Los dos escriben o intentan hacerlo. Los dos, también, son tremendos bateadores. Los dos ya saben el tipo de pitcher que quieren enfrente. Me sorprende la tranquilidad con la que esperan la bola. Su concentración está en disfrutar del vaivén.

Tal vez es porque me junto mucho con ellos, pero últimamente he imaginado que tengo nombre de beisbolista.

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Tengo otro amigo que no es beisbolista pero es una excelente persona y, a pesar de lo que él cree, me cae rebién nomás por su nombre.

Se llama Pablo Mata.

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Tengo sueño. Mañana termino este post.

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Despertarse temprano ha sido difícil. Me he desacostumbrado a la rutina y, sin una figura de autoridad que me lo pida, es casi imposible levantarme, sólo hasta que siento el hastío de permanecer horizontal. Ahí radica un primer enigma: cómo conseguir hacerme caso.

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Hace tres años un amigo me visitó con su novia. Cruzamos insurgentes y entramos en un bar de la colonia Condesa. Algo tenía ese ron que me convertí en un especialista en política interior. Hablé de economía y formulé un par de hipotesis para transformar al mundo. La mirada de ella se desviaba con admiración hacia mí; los celos (matizados por una rara especie de orgullo) de mi amigo, no muy acostumbrado a que yo fuera el centro de atención, intensificaron mi elocuencia.

Al final nos corrieron del bar y caminamos hacia mi casa. En el camino compramos unas caguamas en un Oxxo. Las destapamos y en medio de la calle bebíamos impunemente hasta cruzar insurgentes de nuevo. Una patrulla se detuvo delante de nosotros. Bajaron sonrientes Godínez y Rubio.

Cometíamos un delito grave bebiendo en la calle, dijeron. No lo sabíamos, respondimos. Somos de Oaxaca, dijo ella como si eso fuera un atenuante. Los policías rieron y amagaron con subirnos a la patrulla.

-De ninguna manera -dije-, esto se puede resolver facilmente, miren, tapamos nuestras botellas hasta llegar a la puerta de mi casa. Vivo a dos cuadras.

-Claro que no, jovenazo -dijo Godinez-, la ley es la ley.

-A menos -interrumpió Rubio-, a menos que paguen la multa que de todas formas van a pagar en la delegación.

-¿Ah sí? -dijo mi amigo-, ¿y de cuánto es esa multa? -500 pesos -Menos mal -dijo ella mientras se hurgaba en el bolso.

De ninguna manera -dije no sé de dónde-, no permitiré este atraco.

Godinez y Rubio voltearon a verse antes de decirme que aquello era una ofensa, que estaba calumniando a la autoridad. Ya ya, decía mi amigo mientras ella les mostraba desesperada el billete.

-¿Qué no sabe lo que es una calumnia? -les pregunté con tono pedante.

-Claro que sí -dijo Godinez.

-Fue una pregunta retórica, señor -interrumpí-, una calumnia es imputarle un delito a alguien que no lo ha cometido. Y ustedes sí están atracándonos.

Godinez y Rubio callaron un momento como si les hubiera planteado un acertijo. De pronto, Rubio, sin decir nada, me tomó del brazo.

-Esto es un atraco -grité-, seguramente van a sembrarme cocaína.

-Pero qué pendejadas dices -dijo ella-. A ver, acá tienen el dinero.

Godinez miró a Rubio.

-Nomás porque está usted chula -dijo Rubio mientras me soltaba.

-Además el atraco no es forzozamente un delito -dije con tono sabio- de ninguna manera fue una calumnia.

-Ya cállate -dijo ella.

Godinez y Rubio me aconsejaron checar el diccionario, dijeron que tenía suerte de tener a buenas personas como amigos. Luego arrancaron la patrulla en busca de nuevo desafíos del lenguaje.

Mis amigos y yo, por fin, pudimos cruzar insurgentes. Adentro, nos terminamos las caguamas en silencio. Ella checaba sus mails, él veía la televisión. Yo miraba fijamente el diccionario. Al otro día olvidé todo, como siempre, los fui a dejar a la terminal y al volver le marqué a Brenda.

-¿Verdad que no soy un pedante?- le pregunté sin saber de dónde.

***

En el insomnio, las palabras arrastran la letra erre, la restriegan en el rostro.

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Esto de aceptarse pesca imágenes cursis en el olvido. Mientras viajo en un taxi de regreso a casa, me llega un olor a hule. Mi hermano y yo teníamos un ritual al inicio de los cursos. Recortábamos imágenes de revistas y las pegábamos junto con nuestro nombre sobre las pastas de los libros que nos daba la SEP, antes de envolverlos con hule. Mi hermano interrumpía sus compromisos sociales, como aventarle corcholatas a los coches o trepar árboles, para pasar un rato conmigo. Yo le copiaba el estilo y pegaba tremendas nalgas o automóviles incendiados sobre mis libros de historia y español; también imitaba su caligrafía al redactar mi nombre: Andrei Ley, 3° “B”. Luego, cuando él se iba a cumplir su rol en la colonia, yo me quedaba a leer sus libros. Cosas emocionantes me esperan en el futuro, penasba yo mientras leía, y respiraba el hule en mis manos.

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No me gusta lavar los trastes porque me recuerda al mito de Sísifo. Debería trapear más seguido.

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En el cine, vemos “Vía Láctea”, una película húngara.

Nada sucede.

Salimos. A mi no me gustó, digo en voz alta. Pues a mí sí, dice Lulífera. Su amigo calla. Luego nos despedimos de él.

Mientras caminamos hacia su coche, ella me cuenta que su amigo, antes de entrar en el cine, se topó en la entrada con un muerto. Así, un muerto, ni más ni menos. Así, horizontal, pálido, apestoso, así, pues, obstaculizando la entrada, un hombre muerto.

Aquello me deja pasmado. Caminamos hacia su coche todavía y me percato de que pertenezco a “Vía Láctea”, soy un personaje que se mueve, insignificante, con una lentitud inverosímil. Algún húngaro nos contempla y dice: no sucede nada; menos mal que la húngara a su lado, tras darle un codazo, responde: sucede todo.

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Últimamente pienso en una fábrica abandonada. Veo fantasmas, cuerpos que se desintegraron por un producto descontinuado. Ahora charlan, discuten sobre el momento en que todo perdió sentido. Realmente nadie puede decir cuándo. Parece que ellos ensamblaban el tiempo.

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Ya regresé.

Rara semana en Oaxaca. Mañanas de autodescubrimiento, tardes de aguda percepción y cenas convertidas en borracheras. La primera entrevista que hice estuvo media pendeja en comparación con la última, ya bastante aceptable. La entrevista es un género fregonazo, también es una proyección de tu interior. Con las dos últimas frases ya dije todo.

La hoja en blanco, para bien o para mal, se derrumbó en este nuevo retorno. Una vez que se deja de pensar en el otro y se escribe para sí, desenlodándose, las ideas fluyen. El otro es este instante, es la autoridad que tengo que sacudirme. Sacudirte.

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Hoy, hace 30 años, mis papás se casaron.

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En una cena me encuentro con Jorge Harmodio. Lo conocí en París el año pasado. En ese entonces él había decidido no tomar hasta terminar su novela, así qué, al calor de mi cerveza y su refresco de menta, hablamos de narrrativa antes de que empezara el futbol; y le conté sobre la novela que escribía. Por eso ahora, después de saludarme, me pregunta sobre mi nivola (por aquello de Unamuno) que le había parecido una buena idea. La he abandonado, le digo mientras busco un refugio. Pero no importa, pienso yo, de alguna forma sigo siendo Andrei.

Tres días después, en otra cena, volvemos a platicar de narrativa y pregunta: ¿Por qué dejaste de escribirla? Era sobre la indeterminación, le digo, después de una serie de falsos inicios e indescifrables intermedios, me di cuenta de que necesitaba demasiada determinación para escribir sobre la indeterminación. Llegan los mezcales. Entonces no dejes de escribir diario, concluye él antes de comenzar a beber.

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Hace una semana no me percibía completo. Me diluía en percepciones, en ilusiones ópticas para el ojo del otro. ¿Cómo entonces -decía yo en un borrador- escribir un post de principio a fin? Ahora, con mis ojos, alcanzo a descifrarme un cuerpo descuidado, aún así y por eso, los posts permanecerán fragmentarios, hasta que una nueva forma se desplace en silencio.

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Cuando terminé de ver No Country For Old Man, mi primera sensación fue el ser humano como desperdicio, la vida al servicio de una empresa inútil, vanos intentos por obstaculizar fuerzas que ni siquiera podemos magnificar. Más tarde sentí ganas de leer la novela y luego un falso arrepentimiento por haberla comprado pirata. Y luego hambre, pero mejor cerré los ojos por ocho horas.

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Hace un año decidí buscar la estética de la indeterminación, de la indecisión. Creía que por eso mis cuentos eran pusilánimes, chatos, indecisos. El nombre de este blog obedecía a lo mismo. No es el arte de la fuga, es el falso arte de la fuga. La fuga en falso pues, la que no se da, las decisiones que no se toman, que se atascan en el lodo, en el miedo.

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Borges, dice Vicente Verdú que en sus últimos días, dijo: Mi único error es no haber sido feliz.

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Con la intención siempre en una estructura original, en una situación extraña o en una imagen contradictoria, he producido textos flotantes, sin tierra. Últimamente, gracias al taller con los 1440, comenzaron a acorralarme dudas respecto a mi búsqueda. Jorge, por ejemplo, desde la crudeza de su sensibilidad, siempre me hace pensar en los motivos de mis personajes, en sus preocupaciones. En un mail, en otras palabras, llegó a esta conclusión: quien no tiene motivos es el narrador.

Al principio yo creía que era por mis pretensiones estéticas ya mencionadas, sin darme cuenta que el mal no era la indeterminación de mis personajes, sino la mía.

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En el mismo correo, el mismo personaje de los 1440 aplaude la actitud de mi blog, su forma, su voz. Y es raro, porque converge con esto -escuchado media hora antes-: “algo original no es una ocurrencia nueva, es lo que se ha orginado dentro de ti”.

Si me pongo a revisar, deben de haber miles de bloggers con mi estilo, no puedo decir que sea mi invento o que yo haya llegado primero. Lo que sí puedo decir es que no lo miré, ha surgido de mí. Así como asumo mis carencias, debo reconocer mis pasos, esta forma que lees es el resultado de cuatro años de posteo cotidiano. Este cuerpo ha surgido del mío.

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Antes del viaje, decidí despertar temprano a mi regreso, hacer ejercicio y luego escribir sobre cualquier cosa.

Ayer fue el primer día. Me levanté entusiasmado. Preparé un café. Revisé los periódicos en línea. Un ciclón en Myanmar mató a cuatro mil personas (ahora quince mil) mientras dormía. La imagen que ilustra la nota es un monje budista esquivando árboles caídos. El banner que la patrocina, vende camionetas cuatro por cuatro, mientras el texto que parpadea dice: Estamos en la recta final, compra ya.

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La semana pasada asistí a un curso de ensayo impartido por Heriberto Yépez. Logró que yo mismo me enseñara. Mis resacas estuvieron acompañadas por la franqueza. Fui duro conmigo, pero llegué a conclusiones sensatas. Número uno: erradicar fantasías. Así que no diré más.

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Siempre hay un post en camino, eso lo sabemos. Después de la temporada en el insomnio, el peligroso ensoñamiento (¿existe la palabra?) se acomodó en mi entusiasmo. Los posts que se construyeron en el limbo sudoroso del insomnio (¿tiene sinónimo, insomnio?), ya frente a la pantalla, han sido derribados por el sueño. Apenas me despabilo y, de nuevo, voy a Oaxaca, ahora en calidad de seudo periodista. Noticias de mi tambaleo, en fragmentos, al regreso, ahora debo sacar la basura y regar-hablarle a mis plantas.

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