Primero apareció para entrentenerme en la oficina. Gradualmente entró en mi casa hasta que, casi sin darme cuenta, era parte esencial de la post peda; luego del precopeo; y algunas veces es el alma de la fiesta. Pero seguía sin tomar conciencia de su presencia. Parecía un continuador de la conversación, un soporte visual, un generador de carcajadas. Ayer, en domingo familiar, hizo acto de presencia sin recato ni indiferencia. ¿Cómo este compañero de farra había entrado en la casa familiar? Desfachatado, sin pena, como si siempre hubiera sido parte de nosotros; como un primo que por fin ha llegado con noticias de la ciudad, o un abuelo que sabe el secreto de todos. En realidad es Funes el memorioso, es la base de datos sin tiempo, la biblioteca de babilonia, el ojo del fin del mundo. Como si siempre hubiera sido parte de nosotros, guió la comida familiar hacia donde nuestro inconsciente colectivo quería. Es un juguete asombroso. Empezó con chistes, ridículos ajenos y canciones viejas. Avanzó hacia relatos extravagantes, lugares exóticos y gente importante. Terminó con supuestas verdades que nos dieron miedo. Cada quien volvió a su casa con precaución, mirando al cielo, con ganas de volver a tener una comida familiar de los nuevos tiempos. Todos frente a la pantalla, como si fuera el fuego, guiados por un hilo secereto entre el azar y las palabras. ¿A quién quemará ese fuego?, ¿quién escuchará todo lo que tenga que decir y que recuerde?
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Tengo que volver al DF. Se me hace imposible vivir en Oaxaca en cuanto los recuerdos me acorralan. Me angustia olvidar mi presente y quedarme atrapado en el pasado. Oaxaca es parte de mi presente, pero sólo en pequeñas dosis. No más de cinco borracheras, no más de tres reencuentros, no más de una charla larga, no más de tres juegos en play station, no más de diez paseos por la colonia, no más de una sonrisa; o me tengo que tragar la nostalgia y digerirla. Aunque ahora ha sido distinto, de alguna manera el trabajo simboliza un refugio de mi presente. encerrarme en la computadora, bloguear, checar el mail es no soltarle la mano al ahora. Es abrir los ojos.
Y los recuerdos me acorralan. Una noche, cuando yo tenía menos de seis años, llegó mi papá con una televisión nueva a color y con 28 pulgadas. Le había costado mucho, nos quería tanto, éramos felices. Me dio rabia. Conseguí un clavo y con la punta grabé una diagonal en la pantalla. El sonido me satisifizo a pesar de que el nuevo material oponía una resistencia entre vidrio, plástico y tape. Pensé que nadie, nunca, se daría cuenta. El mismo día, mi papá encendió la tele y la imagen se dividía en dos. Cuando encontró el clavo en mi recámara, sin verme ni esperar reacción alguna, agarró uno de mis coches de juguete y le hizo incisiones por todas partes. Esa diagonal fue mi primer tag. También el primer texto dedicado a mi padre: /
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Una tarde Natalia me abrazó. Yo le di unas palmadas en la espalda. Al despegarnos, dijo: qué arisco eres, tus abrazos son fingidos. Ya me lo habían dicho antes. Me cuesta trabajo demostrarle mi afecto a la gente. Hay personas que han desaparecido de mi vida sin haberles abrazado nunca. Y me arrepiento. Le dije, entonces, a Natalia: es cierto. Lo acepté de inmediato. Detrás de nosotros, un gato cazaba una paloma. Fue a comérsela a mi lado. A partir de entonces soy conciente de mis abrazos.
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Los recuerdos me acorralan y en seguida los distorsiono. Todo era calma. Los empleos seguros de mis padres, su aparente estabilidad emocional frente a nosotros, las buenas calificaciones, mi vida de colonia tranquila de ciudad tranquila, no me dejan mucho espacio para el azote. Así que quizá éstas sean mentiras. Una tarde mi madre me dijo mentiroso y no pude hablar en semanas. Después de decirlo, no me dolió tanto el insulto como que no me creyera capaz. ¿Es difícil creer que cuando tu hijo brinca de una escalera, vuela un poquito? Ese fin de semana iría con mi padre a Veracruz, me lo había prometido por teléfono. Pasaría por mí el viernes en la noche y viajaríamos en carretera. Yo contaría los kilómetros mientras él contaría la historia de nuestra familia. Empaqué toda la semana. Hice sandwiches de tres capas. Con mayonesa. Estrenaría un pepsilindro. Casi podía ver los señalamientos en mi mente, sentir el frío de la niebla y oler el zorrillo muerto del camino. No llegó a las ocho, pero tal vez llegaría a las nueve. No llegó a las diez pero tal vez saldríamos al otro día en la mañana. A las once de la noche sonó el teléfono. Tenía miedo de contestar. Era él. Algo se le había atravesado, cosas importantes que entendería en el futuro. Cuando colgué conocí la impotencia, el grito húmedo en la garganta, la violencia contenida en el cuerpo, el rostro caliente hundiéndose en la almohada.
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Los dos trabajaban y estudiaban. Por eso, antes de los ocho años, convivía la mayor parte del día con mi nana. Decía que me quería mucho, me apapachaba, me peinaba y me vestía bien elegante. Cuando salíamos a la calle le decía a sus comadres que era mi mamá. Ella sabía muy bien que nadie le creía. Y continuaba diciéndolo. A mí nunca me confundió, pero me guiñaba el ojo y luego me decía: ¿verdad que sí eres mi nene? No sé a quién le recordaba, que me amaba y me odiaba al mismo tiempo. Cuando volvíamos de los paseos, me jalaba las orejas, me obligaba a comer una cebolla entera o me aventaba al agua helada de la regadera.


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