Odio los “casi”. Entonces digamos que fue hace dos meses cuando bajé del metrobús una estación antes de casa. ¿Se entendió esa frase? Más de un año sin escribir en el blog. Tengo los dedos un poco fríos. O siempre los tuve. En fin. Crucé Insurgentes para llegar a casa después de un largo día en la oficina. Caminé un par de cuadras, miré una mujer en un saco rojo, un buzón rojo y, de pronto, una peluquería. Roja, claro.

Estaba abierta. No es que fuera muy tarde, las 8 de la noche tal vez, pero resultó muy raro así sobre la marcha. Escuchaban a The postal service pero eso qué importa. Lo que importa es que me detuve. No es cierto. Lo que menos importa es que me detuve frente a la peluquería, lo más importante es que adentro sonaba The postal service. ¿Por qué me bajé antes del metrobús? Sentí ganas de andar por la calle antes de que fuera inevitable. Antes de que “tuviera” que hacerlo. La gente baja siempre en su estación de metrobús, de metro, de micro, incluso de taxi. Esa noche yo no.

Frente a la peluquería recordé las tardes que caminaba con mi madre a cortarme el pelo. Era a unos cien metros de casa, en la misma colonia. Cruzábamos un par de andadores y listo. Ella siempre trataba de influir sobre mi decisión. La aprecio mucho porque conocía mis obsesiones, es decir, nunca se atrevió a sugerirme el look de una estrella pop o un cantante de rancheras. No, ella buscaba futbolistas con cortes decentes y trataba de recordármelos mientras bajábamos los andadores. ¿Qué tal como Nicola Berti?, el de Italia, decía ella. Bueno, respondía yo. Por ejemplo. Y me hacían el corte. De regreso a casa comprábamos helado de crema. Yo detestaba el de agua. Lo genial de esos cortes de cabello de la infancia es que al otro día, ya sin gel y menjurjes de peluqueros, el pelo era el mismo de siempre.

Este recuerdo de mi madre fue fugaz mientras miraba el interior de la peluquería roja que encontré al bajarme antes del metrobús. Entré y pensé que nunca he sido pelón. En serio lo pensé al entrar. Nunca he sido pelón. Al menos no desde que era un bebé. Cuando la chica me sentó en la silla, le pedí que no dejara un solo cabello en mi cabeza. ¿De veras? Ni uno solo, pelón. ¿A cero? A cero. ¿Seguro? Seguro. Tengo que preguntar otra vez, la gente suele arrepentirse con cosas tan pequeñas como esta, ¿ok? Sale, pregúntame de nuevo. ¿Seguro?, ¿a cero?, ¿pelón? Seguro. La chica agarró la máquina y pasó sus navajas por en medio de mi cabeza, mostrándome, por primera vez, mi cuero cabelludo. Lunares que jamás había imaginado. Raspones. Una cicatriz. Un paisaje que no veía desde que era un bebé y por lo tanto no recordaba. En fin, la sesión fue muy breve, quince minutos quizá. Dije gracias, pagué cien pesos y en su iPod sonaba Santería de Sublime. Un evento curioso.

Un día después compré dos pares de tenis. El fin de semana posterior, I. habló conmigo. Estaba cansada. Ella merece mucho más, y estoy totalmente de acuerdo, así que terminamos. Miré a su gato y  me quebró, sentí que una familia se desvanecía en alguna playera. Tengo un serio problema para llegar a los aeropuertos.

Dos meses después cumplí 29 años y comencé a hacerme algunas preguntas. La mayoría estúpidas como, ¿quiénes somos los seres humanos?, ¿qué había antes del Big Bang?, ¿cómo es que fabricamos luz artificial? Las otras son más personales y tienen que ver con el paso de este sujeto por el mundo, este sujeto que se baja antes del metrobús y se rapa la cabeza. Este que camina por la ciudad hacia la oficina, hacia la casa, hacia la nada y no entiende como estos animales se toman todo tan en serio. Este que mueve estos dedos, frente a esta pantalla. Este sujeto extraño que escribe en mi nombre. Olvidemos todo. Empecemos desde cero.